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Sevilla galletera

Desde lo alto, Santa Cecilia se refleja en el Pisuerga y comprueba si tiene bien puesta la peineta; Santa María la Real se coloca un caracolillo sobre la frente y el castillo acompaña con palmas a los lugareños que afinan guitarras que han hecho enmudecer a rabeles y panderetas
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
viernes, 19 de abril de 2013, 07:36 h (CET)
La primavera ha estallado con fuerza y el aire huele a feria y a diversión. Cada día el calor es mayor y las tardes más largas. Las calles se adornan para disfrutar de la feria de abril; comercios y mostradores se embellecen con pañuelos rojos con lunares blancos y abanicos blancos con lunares rojos mientras los escaparates exhiben trajes de faralaes. Bancos y oficinas anuncian ya los horarios reducidos que regirán mientras haya juerga, ‘er cuerpo ahuante y hayan ganah de marsha seviyana’.

Bares y tabernas muestran también su ánimo y predisposición festiva con concursos populares de sevillanas. Cuando, al final de la dura jornada de trabajo, las gentes se cruzan por los soportales se intercambian muchos “Ozú, mi niño” y “Mi arma, quillo”. Andalucía en todos los pechos, Andalucía en todas las gargantas.

El ayuntamiento ha publicado ya el bando solicitando a la población encalar las paredes de las viviendas; así mayores y jóvenes, entre palmas y alegría, blanquean todas las fachadas sabiendo que en cada brochazo va la esencia andaluza que late en sus corazones. Incluso la plaza mayor empieza a cubrirse a lo largo y a lo ancho de banderas verdiblancas.

Los más previsores desempolvan los trajes camperos y el sombrero de ala ancha, soñando con recorrer sin cesar el real de la feria en coche de caballos, dejándose orgullosamente ver por los curiosos. Con la crisis habrá que hacer esfuerzos, sí, pero del traje campero, del mantón de Manila y del coche de caballos no se puede prescindir. “Toíto nos lo pue quitá este gobielno menoh lah ganah de divertinoh, ea”. Sevilla es así, crisis y paro nunca podrán con el alma andaluza.

Desde lo alto, Santa Cecilia se refleja en el Pisuerga y comprueba si tiene bien puesta la peineta; Santa María la Real se coloca un caracolillo sobre la frente y el castillo acompaña con palmas a los lugareños que afinan guitarras que han hecho enmudecer a rabeles y panderetas y ensayan las bulerías que han desterrado las campurrianas jotas a lo ‘pesau’. La ciudad andaluza, envuelta en ese maravilloso olor a vainilla que le proporcionaba su prestigiosa industria galletera, sigue siendo envidia de todo el que cruza la cercana autovía camino de los Picos de Europa.

Desde su tumba, entre risas y vergüenza ajena, García Berlanga lo filma todo y busca ya un nombre sonoro y comercial. Y cuando llegue noviembre, Halloween y Acción de Gracias
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