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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Un desierto de cenizas

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 20 de julio de 2006, 20:30 h (CET)
“El cielo es de ceniza.
Los árboles son blancos.
y son negros carbones
los rastrojos quemados.”


Federico García Lorca

Los incendios forestales vuelven a ser la noticia de este verano en toda España. Después de unos años relativamente tranquilos, este año la larga sequía y las condiciones climatológicas favorables para la propagación del fuego podrán convertir miles y miles de hectáreas de paisaje verde en auténticos desiertos de silencio y cenizas.

La vegetación de nuestros montes es hija del fuego. Durante miles de siglos, el fuego ha actuado como destacado factor selectivo y ha diseñado una vegetación preparada para alargar la existencia después de su acción utilizando como estrategias principales el rebrote de las partes subterráneas de la planta (encina, brezo... ) o con la producción de gran cantidad de semillas con capacidad para mantenerse y dispersarse posteriormente al incendio (pino, romero...).

Si bien es verdad, que desde nuestros primeros antepasados con vocación campesina y ganadera el hombre conoce los incendios forestales, no es menos cierto, que ahora los incendios forestales son más abundantes y frecuentes. Y es precisamente esta insistencia lo que dificulta la recuperación espontánea y natural de las zonas quemadas, lo que permite la constante erosión del suelo hasta llegar, en muchos casos, a procesos irreversibles, y la que configura la verdadera y grave dimensión del problema global del fuego. Un fenómeno que, a diferencia de tiempos pasados, puede provocar cambios definitivos en el paisaje e incluso en la climatología local, debido al proceso, ya iniciado, de una progresiva desertización.

El clima mediterráneo en general es poco lluvioso y nuestros suelos presentan un elevado grado de erosión, factores que dificultan la reconstrucción del monte potencial. Otro elemento determinante es el lento crecimiento de los árboles, lo que los ha hecho poco rentables respecto a otras actividades económicas como la agricultura y la ganadería. Estos factores, junto con otros relacionados con el devenir histórico en cada momento, explican lo que algunos ha interpretado como un desamor hacia los árboles.

En los últimos decenios se han dado una serie de circunstancias nuevas en la larga historia de relación entre el hombre y el monte. El proceso de industrialización ha comportado el progresivo abandono de las tradicionales formas de aprovechamiento y explotación del monte, a la vez que ha aumentado extraordinariamente la presencia humana en los espacios forestales. De esta manera, los antiguos montañeses, con una cultura formada a través de siglos y siglos de intima relación con el monte, cesan su actividad y su lugar es ocupado, los fines de semana y durante la época de vacaciones, por una ingente cantidad de ciudadanos sin cultura rural y cuya actividad constituye una agresión para el monte Una de las consecuencias de esta agresión son los insistentes incendios forestales.

Para satisfacer las necesidades de ocio de una sociedad fundamentalmente urbana se abren nuevas carreteras para facilitar el acceso a los lugares claves –pistas de esquí, zonas litorales...-, se urbanizan zonas de montaña, se promocionan los deportes llamados de aventura... Queremos naturaleza para disfrutarla, pero no estamos dispuestos a renunciar a nada. Somos ecologistas, pero hasta cierto punto.

Después de un verano desastroso en cuanto a incendios forestales surgen propósitos de enmienda. Más tarde las lluvias otoñales facilitan el olvido. En los años siguientes, la climatología benigna reduce espectacularmente la cifra de los superficie quemada, y este hecho permite las declaraciones triunfalistas y, progresivamente, se va bajando la guardia. Este año el fuego ha vuelto y ahora sí que se utiliza la climatología como explicación. Vuelven a aparecer propósitos de enmienda... Pero mientras no nos planteemos colectivamente nuestro grado de compromiso y de relación con el medio, el fuego volverá hacer de las suyas y lo hará hasta que el viento cambie o hasta que no se encuentre nada más por quemar, porque todos nuestros montes sean un montón de cenizas. Y como dijo el poeta: “En nombre de los bosques, yo maldigo / a quien toma venganza, árbol contigo”.

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