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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El G-8 hace balance de la Cumbre de San Petersburgo

Dmitri Kosyrev
Redacción
jueves, 20 de julio de 2006, 03:36 h (CET)
Los ocho miembros del club de los países más industrializados hicieron balance en las ruedas de prensa de la cumbre de San Petersburgo en la que por primera vez ejerció presidencia Rusia. Vladimir Putin comentó: “Quedaron alcanzados todos los objetivos fijados.” Importa señalar que se trata no únicamente de los objetivos de Rusia, pues el presidente ruso habló en nombre de todos los socios del club de líderes mundiales.

El G-8 es una plaza en la que los líderes practican el intercambio de opiniones, se esfuerzan por entenderse mejor, pero no toman decisiones de carácter vinculante. Al propio tiempo en las cumbres se emiten declaraciones sobre una multitud de temas, teniendo en cuenta el interés que despiertan en el mundo. La cumbre de San Petersburgo aprobó más de una decena de documentos que recogen la posición concordada de los ocho países sobre diversos problemas.
Destaca por su importancia la declaración sobre el Líbano que da luz verde al esfuerzo internacional por arreglar el problema. El presidente Bush anunció en la cumbre que “seguiría el ejemplo de Chirac”, y es un avance, dadas las diferencias en las posturas de EE UU y Francia sobre Oriente Próximo.
Resulta evidente que no coinciden las estrategias que los ocho países mantienen sobre los conflictos en el espacio postsoviético (Osetia del Sur, Transnistria, etc.) que también fueron objeto de debate en la cumbre.
Una importancia mucho mayor revisten aquellas decisiones del G-8 por medio de las que los ocho países elaboran una filosofía común y luego asumen determinados compromisos para ponerla en práctica. En este caso concreto, son las decisiones en materia de energía. Según expresó Vladimir Putin durante la rueda de prensa final, los ocho países asumieron a nivel de conciencia el futuro energético común de la humanidad. Correspondientemente, los ocho gobiernos diseñarán su política con arreglo a este objetivo. Lo mismo se refiere a la enseñanza como parte constitutiva de la formación del mercado global de trabajo.
Otra característica consiste en que las reuniones del G-8 cada vez menos semejan un club cerrado, dando la impresión de que se está configurando una nueva organización, no muy clara todavía para los propios participantes. No ha sido Rusia la que adelantó la idea de invitar a las reuniones en la cumbre a los mandatarios de los países que son no menos cuando más influyentes (China, India) que los propios miembros del G-8. Es muy lógica asimismo la asistencia a las reuniones del G-8 del secretario general de la ONU Kofi Annan, sobre todo a la luz de los debates sobre Irán, Líbano y Corea del Norte. Pero Annan no ha sido el único funcionario internacional de alto rango. Al lado suyo estaban los titulares de la UNESCO, la AIEA y otros importantes organismos internacionales.

¿En qué podría transformarse el G-8, aun cuando no se proceda a ampliar su composición actual? ¿Tal vez en un mecanismo de interacción de los ocho países más industrializados con otras naciones importantes (y no menos influyentes)? ¿O en el puente más seguro de los existentes en la actualidad entre el mundo industrializado y el emergente? Unos países desean que el G-8 contribuya al arreglo en Oriente Próximo; otros, un aporte más eficaz a la lucha contra la pobreza. Por lo que a la actitud de Moscú se refiere, esta capital no necesita de la cumbre pomposidad ni prestigio, y sí necesita desarrollar con los otros siete países acciones colectivas en los derroteros en que los intereses coinciden. Por lo visto, los otros siete necesitan a Rusia para estos mismos fines.

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Dmitri Kosyrev, para RIA Novosti.


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