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Derechos del niño, ¿para qué niños?

Me parece razonable el rechazo social ante un padre que asesina a sus hijos, pero cuando es la madre la que termina con sus criaturas mediante el aborto, la sociedad mira para otro lado
Francisco Rodríguez
martes, 16 de abril de 2013, 11:50 h (CET)
Me parece razonable el rechazo social ante un padre que asesina a sus hijos, pero cuando es la madre la que termina con sus criaturas mediante el aborto, la sociedad mira para otro lado, no se inmuta. El caso del abortista carnicero americano que clava las tijeras en la médula espinal de los niños que sobreviven al aborto, apenas si tiene repercusión mediática y el doctor Morín en España sale absuelto por no sé qué argucias legales.

En el año 1959 la Asamblea de la ONU formuló su declaración de los derechos de los niños, derechos de los que no podrán gozar nunca los millones de niños eliminados antes de nacer por las iniciativas de la misma ONU, impulsora de políticas antinatalistas, de legalización de la anticoncepción y del aborto, de aplicación de normas eugenésicas para la eliminación de los concebidos que puedan tener alguna minusvalía. Todo ello envuelto en los términos hipócritas y eufemísticos de promoción de la salud sexual y reproductiva.

El informe del Instituto de Política Familiar pone de manifiesto el crecimiento imparable del aborto en España con más de 118.000 abortos en el 2011, es decir, un aborto cada 4 minutos, 14 cada hora, 324 cada día. Desde 1985 se han producido casi un millón setecientos mil abortos, lo cual está incidiendo en la estructura poblacional, convirtiéndonos en un país envejecido que hará inviable, por ejemplo, nuestro sistema de seguridad social a muy corto plazo.

Más grave que la crisis económica es la crisis de valores que padecemos. Es alucinante que, para gran parte de la población, matar a una criatura inocente en el vientre de su madre, haya pasado de ser un delito a ser un derecho, según las nefastas leyes del gobierno anterior, que el actual no deroga ni modifica, a pesar de su mayoría absoluta.

Según el informe antes citado, uno de cada tres abortos ha sido precedido de otros abortos anteriores. Una sexualidad irresponsable lleva a considerar el aborto como un método anticonceptivo más. Si una ley autoriza esta conducta, todo parece legal y permitido. Los niños en gestación son eliminados con la misma tranquilidad que es ahogada una camada de gatitos.

La declaración de la ONU decía que el niño debe ser protegido contra toda forma de abandono, crueldad y explotación y que para el pleno y armonioso desarrollo de su personalidad necesita de amor y comprensión. Pero tales cosas parecen reservadas a los niños que sus madres deciden tener, quizás a una edad inadecuada, pero no a los niños que engendraron en momentos de placer, de los que había que deshacerse para que no les complicaran la vida.

Pero el negocio de la contracepción y el aborto es poderoso, mueve millones y cuenta con medios para convencer a la población de cualquier cosa, apelando a la “necesidad de reducir la población para salvar el planeta,” a la emancipación de la mujer, cuya igualdad queda en entredicho con la molestia del embarazo, la salud sexual y reproductiva y el grito aquel de “nosotras parimos, nosotras decidimos.” El varón se va desdibujando: en el placer le parece estupenda su irresponsabilidad y en la generación resulta a menudo innecesario, ya que puede suplirse con cualquier donante de esperma.

¿Este es el mundo que deseamos? Hay dos caminos: uno lleva a la destrucción y la muerte, el otro a la vida, quizás estemos aún a tiempo de reaccionar, si queremos.
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