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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

Razón versus religión

Francisco Rodríguez
Francisco Rodríguez
jueves, 20 de julio de 2006, 03:36 h (CET)
A la vista está que lo religioso es hoy objeto de un fuerte ataque para reducirlo al interior de las conciencias, y si es posible, que las conciencias lo rechacen como mercancía averiada. No es nada nuevo. Los ilustrados del siglo XVIII pretendieron sustituir la universalidad de la religión por la universalidad de la razón. Con una confianza absoluta en la razón del hombre proclamaron a la Razón como señora y maestra que iba a liberar al mundo de tiranías y que la persona humana no estaría sometida a otras leyes que las que ella se diera a sí misma. Las Iglesias como representación de lo religioso eran los enemigos a abatir y a ello se dedicaron con fruición. Nuestros “modernos ilustrados” tratan de continuar la obra de aquellos sin tener en cuenta que los sueños de la razón resultaron en buena parte desmentidos y crearon monstruos espantosos. Hijos de aquella razón fueron los totalitarismos y los socialismos, como formas racionales de organización social, cuyas trayectorias de muerte y servidumbre no pueden ser silenciados.

La razón, no obstante, se ha mostrado útil y eficaz en el conocimiento científico y en la teoría económica, pero tanto la ciencia como la economía no han dejado de estar en manos de intereses que a menudo los utilizan como formas de manipulación y dominación. La razón sujeta a intereses pierde su carácter liberador de la persona. La racionalidad no parece ser un patrimonio en manos de todo ser humano que nos lleve, como la mano oculta del liberalismo económico, a una organización social eficiente pero también justa. Pero ¿quién decide lo que es justo?

Excluido de principio el recurso a cualquier instancia trascendente se ha buscado en el consenso la fundamentación de una moral, aunque sea mínima, para organizar la convivencia. Pero entiendo que el consenso no es suficiente para obligar a todos. Los que no se han sumado al mismo nunca se sentirán concernidos. Incluso los que pueden haber aceptado una norma moral adoptada por consenso, la dejarán incumplida si va contra sus intereses y no les representa una desventaja social. Las normas morales fundadas en la decisión de cualquier parlamento necesitan un aparato penal y coercitivo para hacerlas efectivas. ¿Qué parlamento puede obligarme a amar al prójimo? ¿Qué norma puede obligarme a socorrerlo voluntariamente?

Habermas en su obra La acción comunicativa hace un meritorio esfuerzo en seguir creyendo que el diálogo puede llevar al consenso, aunque no está nada claro que el consenso lleve a la verdad ni a la justicia.

Otros defienden la razón indicando que todos los fallos que se han detectado y puesto de manifiesto, ha sido la razón misma la que los ha mostrado. Por tanto quieren seguir por el mismo camino, quizás interminable de ensayo y error. Si unas organizaciones racionales han salido mal, ensayemos otras a ver si salen mejor. Pero las victimas de tales experimentos no dejan de mostrarnos su situación y Horkeimer hablará del anhelo de que el verdugo no triunfe sobre la victima inocente, el anhelo de que este mundo horrible en el que millones de personas mueren de hambre o a manos de otros no sea lo último. Anhelo que comparto pero que no encaja con una razón que se ha cerrado a sí misma el camino de la trascendencia.

Perseguir el arrinconamiento de lo religioso no es nada “moderno”. Hasta el momento no se ha logrado traducir a un lenguaje profano y laico los contenidos esenciales de lo religioso, por lo que habrá de volver a ellos una y otra vez, depurándolos de toda manipulación, si queremos construir un mundo más humano. No hay que oponer la razón a la religión sino preguntarnos humildemente qué puede aportar religión a la razón para conseguir un mundo vivible, en el que el anhelo de justicia y de lo absolutamente Otro sean posibles.

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