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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Aguirre, una mujer, la esperanza del neoliberalismo en España

Hace falta, urgentemente, un revulsivo que devuelva la ilusión a las derechas
Miguel Massanet
viernes, 12 de abril de 2013, 07:57 h (CET)
En estos días en los que se ha hablado de la señor Margaret Thatcher, la Dama de Hierro, se nos ha recordado como esta gran política inglesa fue capaz de luchar con las todopoderosas Trade Unions inglesas, a las que venció después de aguantar impasible una año de huelgas y disturbios que pusieron a prueba su temple indomable y consiguieron situarlo en sus más altos índices de popularidad. Esta señora fue una de las discípulas más fieles del economista Milton Friedman, el creador del neoliberalismo que, con sus teorías de reducción de la intervención del Estado en la economía nacional, de la supresión de las trabas burocráticas y la rebaja de los impuestos, se enfrento al Keynesianismo vigente, partidario de un Estado todopoderoso con tentáculos en todos los resortes del país.

Sin duda que, tanto Thatcher, como Nixon y Reagan en EE.UU, fervientes neoliberales todos ellos, fueron los grandes impulsores de la libertad de la economía de mercado, de la teoría de que los ciudadanos, si no se los agobia con trabas burocráticas y administrativas, se les deja poner en práctica su talento y creatividad y no se los ahoga con impuestos y cargas sociales excesivas, son los que mejor pueden levantar la economía de un país, crear puestos de trabajo y competir con los de otros países en posiciones de igualdad; todo lo contrario de lo que ocurre cuando la pesada maquinaria del Estado pretende suplir a la iniciativa ciudadana, como se demostró en el caso de la economía estatalizada de la Unión Soviética y los países que quedaron sometidos a ella detrás del llamado Telón de Acero, cuyo resultado fue el gran desmoronamiento del régimen soviético y su economía, a finales de los años ochenta del pasado siglo XX..

Evidentemente que, la llamada economía global, tiene muchos detractores, especialmente entre las izquierdas y de ahí su lucha constante para intentar desacreditar el régimen del mercado libre, la libre competencia, la fluidez de las transacciones y la defensa de la iniciativa privado por encima del mastodóntico peso del Estado, una maquinaria que por su burocracia siempre funciona con menos agilidad, toma decisiones más lentamente y tiene condicionamientos administrativos que le impiden manejarse con la soltura, presteza, libertad y efectividad de las empresas privadas. En España, en estos momentos de confusión, de descrédito de la política y de los políticos, de batallas sin cuartel para intentar destacar de entre una medianía mediocre de directivos y en la que, los partidos políticos, han demostrado ser incapaces de encontrar la salida a la crisis, cuando ellos mismos son los que se encuentran en dificultades; a los ciudadanos no nos queda otro remedio que buscar el salvavidas que sea capaz de impedir que, entre tanta confusión, acabemos naufragando definitivamente.

Sin duda, señores, a todos nos sorprendió cuando, doña Esperanza Aguirre, sin una aparente causa determinante, sin que nadie se lo esperara y de sopetón, dijo que dejaba la política activa para poder dedicarse más a su familia. Luego supimos que había sido contratada por una importante empresa privada. Muchos no nos creímos la pueril, yo creo que una, intencionadamente pueril excusa, de una política de tanto talento y lo relacionamos con las diferencias de la Presidenta de la Comunidad madrileña con sus compañeros de la calle Génova, que veían con poco disimulada preocupación el incremento de popularidad y la gran afección que suscitaba entre una gran parte de seguidores del PP, entre los cuales, no tengo inconveniente en decir, que me encuentro. Hasta he llegado a pensar que fue una hábil maniobra para evitar quemarse demasiado, ante las torpezas del señor Rajoy y sus adláteres, y seguir conservando el respeto y la admiración de todos aquellos que seguíamos su carrera política. Estaría dispuesto a afirmar que quiso convertirse en crisálida para, en el momento político que le fuera favorable, como ocurre con ciertas especies de lepidópteros, salir de su encierro convertida en deslumbrante mariposa. ¡Ojalá esté en lo cierto!.

Pues bien, es probable que el descrédito de la mayoría de partidos políticos (el PP y el PSOE parece que ya no alcanzan ni el 50% de la intención de voto de los españoles) de los que apenas se salvan, por su coherencia con sus ideas, por su sensatez y sentido común y por ser capaces de saber distinguir entre ideas de izquierdas y populismo desintegrador, partidos como el UPyD de Rosa Diez o Ciutatans de Albert Rivera; esa desafección que, en general, se ha abierto entre los españoles y sus dirigentes, que hoy, según las encuestas, viene alimentada por la sensación de que la corrupción generalizada se ha hecho común en las administraciones y que es el pueblo el que se ve obligado a sacrificarse para que los corruptos puedan seguir con sus corruptelas impunemente.

Hace falta, urgentemente, un revulsivo que a las derechas, sin pudores ni miedos a declararse como tales, les devuelva la ilusión de que existen personas capaces de devolver al país la esperanza que se han encargado de tirar por tierra, tanto una oposición rastrera, egoísta, embustera, hipócrita y desmemoriada como, sentimos tener que decirlo, un partido en el Gobierno que más parece que tiene que gobernar en minoría, cediendo a chantajes y temiendo por ser derrotado en las Cortes, cuando ha tenido todos los pronunciamientos a su favor para poder hacer las reformas y obligar a acatar las leyes que, una mayoría absoluta, como la que tiene, pueden respaldar en cualquier momento. La decepción de los que votamos al PP ante semejante pusilanimidad y falta de nervio político, nos hace volver la mirada hacia esta señora, Esperanza Aguirre, con la que estamos plenamente identificados y de la que esperamos, que, en bien de España, y de los españoles, salga de su retiro y se ponga al frente de esta mayoría de miembros y simpatizantes del PP, que hemos asistidos desilusionados al más flagrante incumplimiento de sus promesas electorales, sin que, aparentemente, hayan conseguido otra cosa que distanciarse de la ciudadanía, entregarse atados de pies y manos a la señora Merkel y, por si fuera poco, estar pasteleando con el separatismo catalán, en lugar de utilizar los medios que la Constitución le otorga al Gobierno para poner orden, cuando una autonomía se olvida de que no es más que una parte indivisible de la nación española.

Estamos convencidos de que, en el PP, hay una multitud de figuras que, por una razón u otra, han caído en desgracia de la actual dirección y que, sin embargo, atesoran las virtudes de buenos políticos, acreditadas durante los años que participaron de la condición de dirigentes del partido, entre los cuales podríamos citar, a título de ejemplo, el señor Vidal Cuadras, el señor Mayor Oreja, la señora María San Gil o los señores Zaplana y Acebes o la misma Regina Ortaola; todos ellos defenestrados por la actual Ejecutiva y que, sin duda, podrían ser recuperados por Aguirre. No obstante, ¡vaya vista, señores! en Génova no supieron detectar el cáncer que los llevaría a la pesadilla actual, encarnado por el señor Bárcenas.

Es preciso que doña Esperanza Aguirre de el paso adecuado y se apreste a sacar una formación política de derechas, que pueda ser capaz de presentarse a las elecciones del 2016 con posibilidades de éxito; para recuperar lo que fueron los principios de la antigua Alianza Popular y del PP del señor Aznar. O así es como, señores, haría falta que se actuase, sin dilación y con la valentía que caracteriza a doña Esperanza.
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