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Etiquetas:   Disyuntiva   -   Sección:   Opinión

Impertinencias consentidas

La República, la Corona, la misma Democracia, recogen las mencionadas malas artes
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 12 de abril de 2013, 07:47 h (CET)
Entre el FRAGOR de las tribulaciones cotidianas, ni ganas quedan para otros planteamientos en consonancia con unas mejores perspectivas. Por los sucesivos desengaños y la frustración consiguiente. Por la escasez de argumentos propios, dado que era más cómoda la espera de soluciones y guiños venidos de fuera, evitábamos así el esfuerzo personal para enlazar los buenos razonamientos. Por la acumulación de inconvenientes derivados de la crisis actual. Aunque pudiera parecerlo, los diversos factores inherentes a la situación actual, no llegaron todos a la vez y de forma brusca. A lo largo de los años, la dejadez de muchos y la perversa tenacidad de otros, cuajaron en una masa social recorrida por infinidad de agujeros, espacios vacíos que suelen estar ocupados por numerosas inmundicias que vamos descubriendo.

Como aquellos comandantes del submarino acosado, subimos el PERISCOPIO y contemplamos la multiplicación de los peligros. Vemos de todo. Dineros y cuentas de allegados a la casa real. La cesta de los panes y de los peces es una pequeñez en comparación con los repartos obtenidos por cierta gente bien posicionada. Las vetas de la desvergüenza discurren por territorios considerados antes como de buen predicamento. En torno al dinero destinado a determinadas ONG, hemos conocido mordidas de gran alcance. La honorabilidad sindicalista en Andalucía registra tormentas con rayos, truenos e icebergs considerables. Es indudable que la profusión de eventos llamativos apenas nos permite pausas breves; el ruido y las diferentes conexiones nos aturden. Implantada la duda ante semejante invasión, no atisbamos las maneras de una respuesta adecuada.

Ante la barahúnda organizada, atendemos a los encontronazos, escándalos y numerosas prácticas corruptas, es cierto; aunque, arrastrados por dicha vorágine, descuidamos otras señales informativas de tanto calado o aún mayor, los SILENCIOS. Una somera apreciación en ese sentido delata a no pocas intervenciones que trataban de pasar las oportunas informaciones a la recámara, cuando no interesaba que fueran conocidas por el público.

Los INDICIOS apuntan a que casi nadie se libra de la omisión de ciertos datos pertinentes para la sociedad. Los movimientos de la “ceja” quedaron mudos y paralíticos durante largas épocas. Habrán observado ustedes la escasez de manifestaciones sindicales ante la dirección que llevaba el dinero anotado para los trabajadores andaluces. Ni las esposas notaban los cuantiosos ingresos obtenidos por sus maridos, ni los múltiples directivos detectaron anomalías en los trabajos de los tesoreros. ¿Sirvieron para algo los indicios? Una gran parte de ellos perdieron su prestancia ante el conformismo general.

Contra las primeras declaraciones desde los diversos estamentos, queda patente la hipocresía de las pretendidas sorpresas cuando surgen tantos despropósitos y de tales magnitudes. Si nos fijamos, la COHERENCIA de los desmanes y sus promotores es absoluta. De una trama social raquítica, centrada en mil frivolidades y desdeñosa a la hora de trazar los mejores razonamientos en común; intuiremos cual será la ubicación de las grandezas, a lo sumo en el gran desván que no nos dignamos explorar. El orgullo prescinde de las posiciones investigadoras, no sea cosa que encontremos razonamientos superiores a los nuestros o actitudes universales que nos empequeñezcan. La mediocridad reinará a gusto en tales ambientes; en ellos, son coherentes las deficiencias y el lamento será una mera rutina.

Del grado de ALEJAMIENTO del ciudadano con respecto a los procedimientos y decisiones importantes, resulta una tabla muy clarificadora del desbarajuste que lamentamos. Las jornadas de puertas abiertas están limitadas a un solo día al año y apenas permiten el acceso a la observación de los decorados. Los restantes 364 días y los entresijos de funcionamiento son cotos inaccesibles. Los compartimentos estancos cuajaron sus estructuras bien aisladas del tumulto ciudadano; la tergiversación de los conceptos es evidente. La teoría de un servicio público, a cada ciudadano, derivó en el desdén hacia los sentimientos particulares. Estos son humillados y ofendidos detrás de los dictámenes de unas entidades, como si estas fueran neutras; mientras la realidad, reflejan la realidad de los camaradas dirigentes, quienes pergeñan sus elucubraciones sin demasiados filtros y sin dar cuenta de la orientación ventajista de sus proposiciones.

Otra de las actitudes impertinentes mantenida con alevosía, con pintas de un empeoramiento progresivo; apunta a los malos tratos dedicados a las instituciones sociales, la DESIDIA dominó en su modelación y en el uso posterior de las mismas. Con un enorme descuido y frecuentes malversaciones, desfiguramos las entidades pensadas para suavizar los engranajes de la sociedad. Como si no tuvieran nada que ver con nuestro bienestar.

Los efectos son perceptibles con claridad meridiana. La República, la Corona, la misma Democracia, recogen las mencionadas malas artes. La Banca en general y aquel concepto inicial de las Cajas de Ahorros en particular, los hemos visto desfilar en fechas recientes como un exponente manifiesto de procedimientos impropios. En el caso de la Moral o la Ética, tendríamos que crearlas de nuevo, dado el estado deplorable en que las deformamos. Descuidamos con descaro el cultivo de demasiados huertos.

Vivimos en constante diálogo con el ENIGMA; todavía más, lejos de entrar en la pugna por resolverlo de la mejor manera posible, parece que nos empeñamos en agrandarlo con aportaciones tendenciosas, caiga quien caiga y haciendo caso omiso de las consecuencias. Enfoquemos la atención a cualquiera de los aconteceres actuales. Infantas, derecho a la vida, valoración de la mentira, información adecuada al ciudadano, lealtades y miserias varias. Al fin y al cabo, el componente enigmático quizá no lo sea tanto.

Las evidencias brillan, todavía lo consiguen, a pesar de las tolerancias abyectas con que dejamos hacer a las conductas OSCURANTISTAS. ¿Acaso ven ustedes que predominen las buenas intenciones? La preocupación por el bien común, universal para todos; lo dejamos en Kant y ahora son despreciadas dichas valoraciones. ¿Cómo fue posible que nos convencieran y domesticaran en torno a las corruptelas que nos invaden? Las variadas respuestas están a la vista de todos, aunque no las miremos y pasemos de largo.

La conciencia es una buena vara de medir, como instrumento de calibración no tiene igual. Sin embargo, está sometida a las variadas circunstancias de la vida. Las dificultades de apreciación tropiezan con matices inverosímiles, errores y aciertos, que compiten sin reparos. A un sinnúmero de variables, añadiremos la correspondiente a cada persona; incluida la libertad de tener en cuenta o no la conciencia personal. La INTELIGENCIA estará obligada a la instauración de los filtros necesarios.
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