Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil
Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Vivir y dejar vivir

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 18 de julio de 2006, 21:58 h (CET)
"Pesa la carne y el alma,
o lo que sea, ya igual
todo, requetecansado
el hablar por no callar
de que ninguna vez veremos
entre nosotros la paz,
el diálogo, la ventura
de decir, y no pecar."


Ramón de Garciasol.

Aunque la palabra “tolerancia” tiene forma positiva, en rigor no se puede preguntar por ella sin tener en cuenta su contrario: la intolerancia. Se puede decir que la intolerancia es el fenómeno primario, y su supresión o corrección es precisamente la tolerancia.

Ahora bien, la intolerancia no consiste en una simple actitud hostil hacia posiciones, ideas, creencias que no se comparten. Se puede muy bien discrepar enérgicamente cualesquiera puntos de vista, sin ser por ello intolerante. La intolerancia surge cuando no se acepta la realidad , cuando se ejerce violencia sobre ella como tal realidad, en otras palabras cuando se la descalifica, cuando no se reconocen sus títulos, su derecho a existir. La intolerancia consiste en querer suprimir una realidad, no en dejarla ser lo que es y combatirla porque parece inconveniente. El partido político que está persuadido de ser el mejor y combate al adversario, y procura vencerlo y conseguir el poder, no es forzosamente intolerante; pero lo es si lo que quiere es eliminar al adversario, no dejarlo luchar, estorbar su existencia o su expresión, impedir que presente su programa, sus razones y sus argumentos.

Creo que el fenómeno de la tolerancia o intolerancia se confunde si se considera dentro de la esfera de lo individual. Es menester un planteamiento social, como un hecho de la vida colectiva. La sociedad incluye, como ingrediente esencial suyo, presiones y vigencias, que son absolutamente normales. La no admisión de lo que realmente no se acepta en una sociedad no parece intolerancia. Se podría decir, forzando la expresión, que lo que de hecho y de verdad no se tolera no aparece nunca como intolerancia expresa, y en rigor no es intolerancia. El juego normal de presiones en que la sociedad consiste lo elimina o reduce y acota, lo “pone en su lugar” . La intolerancia va más allá de lo auténtico, es un plus impuesto por un grupo (o una persona) que usurpa el papel de la sociedad entera. De ahí su intrínseca violencia, sean cualesquiera sus medios, en el sentido en que Aristóteles hablaba de “movimientos violentos” contrapuestos a los movimientos naturales.

En el fondo se trata de un problema del consensus o plena vigencia de algo dentro de una sociedad. A nadie se le ocurre que sea intolerancia la prohibición de vender públicamente cocaína, o de abandonar a los niños recién nacidos. El consensus de nuestras sociedades es suficientemente enérgico y compacto para que nadie sienta como intolerancia esas presiones.

Lo decisivo es la existencia o inexistencia de un consensus efectivo, que es la fuente real de la legitimidad, dicho sea de paso; pero este un tema demasiado importante para tocarlo marginalmente. Cuando ese consensus falta, o cuando se va más allá de él y abusivamente se lo extiende a contenidos a los que no alcanza, el resultado es intolerancia, y, cuando se trata del Poder en su conjunto, una situación de ilegitimidad, que hoy afecta a una considerable número de sociedades.

Cuando empleamos la palabra “sociedad” la usamos por lo pronto, en dos sentidos: uno plenamente saturado; como cuando hablamos de las naciones; otro más tenue, pero nada irreal, que es la significación del término Occidente. Pero la cosa no termina aquí, porque las otras sociedades están también presentes y forman parte del mundo histórico, que no es unitario, pero sí ya es un mundo. Por primera vez existe en realidad una historia universal, y en ese sentido nadie queda “fuera”. Esto es lo que justificaría hablar de “coexistencia, si no fuera porque ésta es una palabra impropia, buena para las cosas inertes, pero no para los hombres. Estos viven, y como viven “juntos” –de muy diversas maneras-, lo que les pertenece y les es necesario es la convivencia, que sería quizá un nombre mejor para la tolerancia. Ni una ni otra excluyen la pugna, la rivalidad, la discrepancia, la lucha; no tienen por qué ser “pacíficas”, como se apellida casi siempre con hipocresía, a la “coexistencia”, que puede en cambio muy bien ser inerte. Lo que tiene que haber es efectiva con-vivencia, y ésta requiere vivir y dejar vivir a los demás, a aquellos a quienes se puede combatir, sin negarlos, sin pretender suprimirlos, sin violentar la realidad. Y como dijo el poeta: “Todo se soporta, todo, / menos la brutalidad”.

Noticias relacionadas

Interior del Ministro de Interior

​Desayuno de Europa Press con el ministro de Interior Grande-Marlaska en el hotel Hesperia de Madrid. Llegué con adelanto y atendí el WhatsApp: “¡Vaya espectáculo!.

El acto del reconocimiento de gobiernos

Las principales doctrinas sobre reconocimiento de gobiernos

Alcoa y el abandono de Asturias

El presente y el futuro industrial y económico de Asturias están en el aire

Hacia la caverna

El oscurantismo sigue siendo demasiado moderno

Equidistancia

Entender la vida como una confrontación permanente es algo terrible. Supone enfrentarse a cada una de las facetas de la realidad con un pensamiento dicotómico
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris