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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Iñaki Urdangarín, ¿tierra de por medio?

"Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena", Mahatma Gandhi
Miguel Massanet
miércoles, 10 de abril de 2013, 08:16 h (CET)
Qué duda cabe de que, para muchos, en este país la imputación del señor Urdargarín y de la posible complicidad de la infanta Cristina, aunque sólo, en este caso, fuera pasiva o por omisión, constituye una gran preocupación, un asunto cuanto menos engorroso y del que estarían muy satisfechos de poderle dar carpetazo, para evitar tenerse que enfrentar a un molesto, incómodo, incierto y quién sabe si insospechado e imprevisto desenlace, que pudiera salpicar a muchos otros que ahora contemplan con verdadero terror el desenlace de tan espinoso tema.

Nadie en su sano juicio pudiera pensar que, a la Casa Real no le trae a mal traer el que uno de sus miembros, aunque sea político, esté metido en semejante pantanal y que una de las hijas del Rey esté en cuestión por culpa de su marido; tampoco creemos que sea plato de gusto para un Gobierno asaeteado por los problemas de la crisis, de corrupción y de evidente desgaste ante la opinión pública española. Y entrando en más detalles creo que este proceso se ha llegado a complicar tanto que hasta el fiscal y juez del caso, estarían encantados de encontrar un camino fácil, dentro de la legalidad, por supuesto, que les permitiera desembarazarse de semejante “marrón”, utilizando un término coloquial corriente.

Por ello, señores, cuando han aparecido en los medios de comunicación noticias acerca de la amistad de Urdangarín con el entrenador de balón mano, señor Valero Rivera y de la “oportuna” oferta que este señor la ha hecho al yerno del Rey, de formar parte del equipo que va a entrenar a una posible selección de balón mano en Catar; lo que le obligará a trasladarse a aquel país durante un tiempo indeterminado; a algunos se nos encienden las alarmas y empezamos a atar hilos, algo que, por otra parte, por evidente y descarado que resulta ser, no tiene ningún mérito. Lo curioso es que esto ocurra cuando desde los medios adictos a la corona se han hartado de hablar de que “la Justicia es igual para todos” y que, en España, no hay diferencias entre las personas de más alto rango y los simples ciudadanos. Pues no me queda más remedio que estar en desacuerdo con tales manifestaciones, haciéndome la siguiente pregunta retórica: ¿alguien puede imaginarse que, algún ciudadanos que estuviera acusado de los delitos de los que está imputado el señor Iñaki Urdangarín, se le permitiría conservar el pasaporte para poderse trasladar a un a nación con la que, al parecer, no tenemos tratado alguno de reciprocidad en cuanto al procedimiento de extradición?.

No obstante ni al juez, señor Castro ni al fiscal del caso, parece preocuparles este viaje del imputado, aunque saben que, si el sujeto fuera requerido para comparecer ante la Justicia española, podría negarse y seguir permaneciendo en el emirato sin que la magistratura española pudiera reclamar su extradición. Cuesta mucho, al españolito de a pie, evitar sacar conclusiones que le lleven a contemplar como, la mano negra de la influencia interesada, ha intervenido subrepticiamente para buscarle una salida, aparentemente oportuna, quizá demasiado oportuna y acomodaticia, para sacarse de encima un asunto que parece que está afectando, más de lo que se quisieran determinados estamentos de la política y del sector adicto a la corona, a la figura de la monarquía. ¡La Constitución, señores, establece la monarquía parlamentaria como figura señera del Estado, y los procedimientos sucesorios, pero no habla del supuesto de abdicación del Rey! Un hueco que no facilita que, el único que, por el momento, se salva del evidente descrédito de la Casa Real, el príncipe Felipe, pueda tomar el lugar de don Juan Carlos. En todo caso, no sabemos lo que verdaderamente se cuece en la propia casa de don Felipe, en cuanto a sus verdaderas relaciones con doña Leticia y los problemas que se están produciendo con la propia familia Rocasolano, de la que, últimamente, se está hablando demasiado para que le resulte cómodo y fácil, al heredero de la corona, tener que soportarlo o asumirlo sin que ello influya en su vida familiar.

Sabemos que el monarca español habla con frecuencia con el emirato de Catar. Se dice que, de lo que han tratado, es de una operación comercial que favorecería a la sociedad Navantia lo que, evidentemente, sería mano de santo para dicha empresa que está, desde hace tiempo, en la cuerda floja. Muy bien pero ¿quién nos dice que, entre tema y tema, entre transacción y transacción y entre negocio y negocio, no haya habido un paréntesis para que el Rey le haya pedido al emir que se ocupe de su yerno y lo saque, por unos años, de en medio, para evitar que el efecto de los negocios de su yerno hiera a la monarquía de una forma fatal para su pervivencia en España? Son meras elucubraciones, pero son muchas coincidencias para que no tengamos la mosca consabida detrás de la oreja.

Resulta infantil, yo diría que contraproducente y evidentemente un parche político, el que, desde la prensa y TV, se esté haciendo una campaña intensiva de lavado de cara de la monarquía; algo que no viene a cuento en unos momentos en que no es la principal preocupación del Ejecutivo el sostener la imagen de la familia real, si no es debido a que existe el convencimiento de que, en España, se está cuestionando, seriamente, si es necesario mantener el sistema monárquico hereditario o es preferible optar por otros sistemas parecidos a los que muchas naciones europeas y de otros continentes mantienen, basándose en principios más democráticos. Y que nadie piense que lo que escribo sale desde la izquierda ni desde posturas separatistas, porque quien lo hiciera estaría equivocado de medio a medio. Al contrario, lo hago desde posturas de derecha, de defensa a ultranza de las instituciones y defensor de los principios democráticos y, como no, con un profundo respeto hacia una institución que ha tenido su utilidad durante la transición, pero que, como sucede en muchos casos, ha llegado un momento en el que ha quedado obsoleta, quizá porque no han sabido mantenerse en la caja de cristal, la urna de oro, en la que se conservan la pocas monarquías vigentes. Hay reglas, existen condiciones y también, como no, límites que se deben aceptar y, cuando se vulneran, entonces el encanto, la admiración, el respeto y las tradiciones se desploman como un castillo de naipes para quedar en nada. Eso es, en nada.

No se trata de que se le priven de sus derechos a la infanta Elena ni de que el príncipe Felipe se esfuerce en aparentar que puede ser un digno heredero de la corona de su padre ni de que se quieran resaltar los logros, que los ha tenido, de SM el Rey; no señores, porque no es el momento de intentar remozar un sistema que, hoy en día, no tiene vigencia. En realidad, en estos momentos, está haciendo más mal que bien al país porque, para muchos ciudadanos, el ejemplo que están dando, el comportamiento de algunos de los miembros de la realeza y el esfuerzo que se hace contratando a abogados caros y de gran renombre, como es el caso del defensor de la infanta Cristina, el señor Roca Junyent; lo único que consigue es confirmar al ciudadano de a pie de que, los poderosos, siempre tienen el medio de eludir sus errores al disponer de medios, herramientas o primeras figuras de la abogacía que los defiendan, para evitar el que caiga sobre ellos el peso inexorable de la Ley. O esta es, señores, mi visón de este grave problema, que afecta a todos los ciudadanos españoles.
Comentarios
Santaklaus 10/abr/13    11:27 h.
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