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Etiquetas:   Literatura por entregas   -   Sección:   Libros

El Principado de la Fortuna/ Capítulo II

Quai D’Orsay, 30 de marzo de 2012
Carlos Ortiz de Zárate
miércoles, 10 de abril de 2013, 06:53 h (CET)
El Principado de la Fortuna / Capítulo I

Sophie

Nunca lo hemos intentado; probablemente por no haber coincidido en los periodos que hemos tenido ambos sin pareja Es una jefa de gabinete excelente. Sabe lo que quiero y cómo hacer su trabajo. Tiene mi total confianza y hoy me he enterado de las consecuencias.

Es difícil explicar mi puesto o funciones. Dependo del Quai D’Orsay, del Elysée, de Matignon y de yo que sé. Soy un “enarque”, pertenezco, por oposición, a la casta de “los mandarines de la sociedad burguesa”, como nos definía Jean-Pierre Chevènement, en su libro, publicado en 1967. No me identifico en lo que describe el libro y me consta que su autor no dudó en recurrir a la Escuela Nacional de Administración Francesa (ENA), cuando Jospin le nombró ministro de Interior, en 1997. Tengo mis sospechas de que lo hiciera, asimismo, en sus anteriores ejercicios ministeriales Es cierto que, para entonces, el centro de formación había dejado de ser la joya de la corona, Chévenèment abrió la veda y cuando yo accedí, a mediados de los 80, aunque era un destino privilegiado, ya no lo era tanto. Formo parte de la promoción de 1989, “Liberté-égatité-fraternité” y mi pasión por los entornos del Sahara me ha servido para tener voz y cada vez menos voto, en las estrategias en la región.

Las cosas no van bien. La última insurrección tuareg avanza, peligrosamente, en la conquista del territorio que revindica el MLNA en el norte de Mali y esto no es del agrado del subdirector encargado del África occidental, Laurent Bigot. Mi trabajo, como he explicado, depende de muchos amos y la voz del último pesa mucho en mi tarea, en tanto que interlocutor con los tuaregs, que insisten en su reivindicación de crear el nuevo Estado de Azawad. Estoy entre dos rocas que me aplastan y en esas condiciones, sufro el acoso del Elysée, que urge liberaciones de rehenes. Estoy “de los nervios”, como dice, con sus aires de papesa, Sophie.

. Todo parecía normal a mi llegada; un desayuno siempre diferente y exquisito, los recortes de las últimas declaraciones de los candidatos a la presidencia, de una precampaña ya cansina, la selección de artículos del día que nos afectan, las prioridades del gobierno y de la presidencia. Lo que necesitaba saber. Nada extraño. Pura rutina, incluidos los chismes.

- Luc ha presentado esta mañana petición de cambio de sus vacaciones que tenía solicitadas para la semana del 23 de abril. Tendrás que iniciar las tuyas, que habías programado para esa fecha, la próxima semana.

- ¿Qué?

La expresión del horror que pretendía presentar no ha funcionado con la adorable Sophie. Se ha limitado a indicarme que llevaba días tomándola como muro de lamentaciones y flagelándola con mis pánicos a estallar antes del 21 de abril, porque esta precampaña destroza mis nervios. No ha sido necesario que lo vocalizara, ha bastado con una mirada de las suyas. Todo rigurosamente cierto, pero ahora me había hecho mis planes.

Apenas ha mostrado impresión alguna por mis quejas.

- Verás, eres un solterón y Luc alega el cuidado de sus hijos menores en el periodo de vacaciones escolares. Sabemos que es un pretexto, pero en la reunión de esta mañana todas las miradas parecían recordarme que eres el único liberado de esas cargas familiares y me ha parecido prudente llegar a un pacto en el que quedas como un héroe y tomas 10 días de descanso en un maravilloso palacete que se ha apropiado de uno de los oasis más frondosos del Sahara. Estarás en misión y por tanto tienes dietas y gastos pagados y… lo más importante, te habrás olvidado de tus neuras y tendré el placer de verte de otra forma que el alma en pena que representas ahora.

No soporto sentirme atrapado. Desde hace meses, recibo invitaciones de Ahmed Lakkhoua para ser su huésped en el palacete del Sahara mencionado por Sophie. En todas ellas reitera su voluntad de devolverme algo que me pertenece, por ser el único superviviente de la familia Sevilla, que es una rama de los Lakkhoua. El remitente es uno de nuestros agentes más activos. Felizmente, esta correspondencia me es dirigida a mi domicilio y nunca hay mención alguna a la misma en nuestras relaciones de trabajo, harto complicadas ya. Me encantaría pasar 10 días en un exclusivo oasis del Sahara. El temor a una situación que me irrita es potente freno. No soporto mi propia familia y aún menos unos extraños que me hubieran dejado un legado, en el siglo XV.

Soy Yves de la Hay. Era de Pisdoe hasta que fui adoptado por el actual marido de mi madre. Mi apellido biológico fue el de los banqueros de los reyes de Francia, en los siglos XIII y XIV. Poco queda de aquello, aunque los que cambiaron el apellido por Piédoüe d'Héritôt parecen conservar algún poder. No me interesa para nada el tema; no ocurre así con mi futuro anfitrión, puesto que el destinatario del legado que se dispone a entregar, es un Pisdoe descendiente de los Sevilla. Me siento incapaz de resolver el presente de mi familia y carezco de interés por los trapos sucios del pasado. Una propuesta de ofrecérmelo me repugna tanto como el individuo que se obstina en hacerlo.

Sophie me deja hacer mis elucubraciones y cuando lo ha estima conveniente, retoma la conversación.
- Ahmed es un cielo, dejará los documentos en la biblioteca de tu habitación; tendrás libertad absoluta para leerlos o no; llevártelos o no y promete no aludir al tema a menos que se lo pidas. Lo tengo todo controlado. No hace falta que te recuerde la necesidad que tenemos actualmente de nuestro interlocutor privilegiado en las negociaciones para la liberación de rehenes

En efecto, no es necesario. Lo que sí quiero saber es lo que ella sabe de mi correspondencia privada o lacorrespondencia que ella pudiera mantener con mi futuro anfitrión. Me sorprende que esté tan al día

-No puedo decir que las intromisiones de mi jefa de gabinete sean de mi agrado; pero hasta ahora me han sido útiles. Ahmed Lakkhoua y yo tenemos una intermediaria que, por lo que puedo ver, ha hecho su trabajo. Siempre surgen peros. No me gusta la idea de que Sophie pudiera meter las narices en mi intimidad y tengo la impresión de que lleva tiempo haciéndolo. Incluso se ha permitido etiquetarme como pusilánime y profetizar que no lograré librarme de mis “neuras” mientras continúe siendo un estrecho.

A Sophie le obsesiona la psicoterapia. A mi me molestan esos juegos y sobre todo que tenga tan buenas relaciones con algunas de mis ex. Me parece muy promiscua, pero tampoco puedo meterme en su vida privada. Ella sigue explicando como si no notara mi malestar.

-Tienes garantizada la terapia. No te lo había comentado, pero ya he disfrutado de tu futuro huésped cuando estaba como tú y anuncié mi viaje al Essalen Institute. No he vuelto a California desde los 80 y cuando no me interesa que se sepa dónde voy, lo uso como destino. Disponemos de poco tiempo, colega. Tienes ahí la lista de rehenes preferentes y los detalles de los mismos, las estimaciones de los disponibles para el rescate y todo lo que necesitas para informarte sobre el caso y lo dejes todo tan bien hilado como tú sabes, antes de tu entrevista con el gran jefe, a las 11. Ya se están ocupando de tus billetes, para que aterrices en El Aaiún a finales de la tarde. Tenemos que recurrir a un avión taxi para el último tramo. Con los vuelos regulares te perderías el anochecer….

-¿Por qué?

- Para que te penetres del Sahara desde tu llegada. En el aeropuerto te esperará Ali; un joven encantador que trabaja como guía en Travel. Ya se habrá ocupado de que tengas una entrada noble, como cliente rico de su empresa. Puedes ir tal como estás en tu estilo de pijo hippy, que ayuda y me quita trabajo. Te pondré todo lo necesario en una maleta. Obviamente, tu seguridad está garantizada y tu anfitrión está muy equipado para que tengamos comunicaciones fluidas. Alí te llevará a la playa y esperarás hasta que Ahmed acuda a tu encuentro. Ya te estás poniendo con esos tochos si quieres tenerlo todo claro en tu reunión con el gran jefe. Vete.

-¿Por qué El Aaiún?

No merezco la mínima respuesta que, por otra parte, es fácil adivinar.. Solo esbozo un gesto de contrariedad que a mí mismo me parece pataleta.

-¿Está al corriente Bigot?

-Supongo. No es asunto nuestro.

-No me valen las suposiciones.

Mejor me callo. Su mirada me recuerda lo que sabemos ambos de sobra. En estos momentos otras políticas tienen prioridad a las del Director General para África occidental

Ciertamente había sabido sacar tajo a mi solidario sacrificio, que hubiera sido impuesto, de otro modo. Me rescata de mi desquicio y me permite adecentar una cuenta crónicamente en precario. Es un excelente trato que además, me puede conseguir algunos laureles.

Es, sin duda, una chica muy rápida y calculadora. No me parece fría sino cálida. Me obliga a encontrarme con los antepasados que menciona Ahmed. Tengo que concentrarme en la preparación de una entrevista cuyosobjetivos únicos son los de conseguir un gran margen de decisión y sólidas redes para protegerme en un abismo en el que se me antoja lanzarme en caída libre

Todo ha salido a pedir de boca y he aterrizado en el aeropuerto de El Aaiún profundamente dormido. Alí se ha preocupado de que mi despertar fuera agradable. En efecto, es discreto, ocurrente y alegre, pero muestra un gran respeto por los silencios de los otros. Así, nos hemos limitado a la cortesía habitual en una parte del trayecto a la playa. Mi mente está aún en Paris y de pronto he recordado que había prometido liberar tensiones para dejar entrar el anochecer de Sahara.

Veo masas de agua lejanas que me inducen a pensar que llegamos a nuestro destino. No es así. Ante mi expresión de sorpresa, Alí me recuerda que los espejismos son frecuentes en la zona. Tras un silencio que se me antoja eterno, mi guía me ofrece otra información:

-Le aconsejo que mantenga su mirada en ese punto; muy pronto podrá observar algo especial.

Se trata de un trozo tranquilo de costa que está muy lejos, pero no tanto como para no divisar el vuelo de los flamencos rosas que se funde en profunda e intensa rojez. Lástima que no podamos acercarnos sino entre barrancos, porque necesito, ardientemente, hacerlo.

No hemos vuelto a hablar; aún estoy impresionado cuando llegamos a nuestro destino. Con una sonrisa de amistad, mi guía me indica que debía avanzar hacia el mar y esperar hasta que acudiera mi anfitrión, que tardaría unos 10 minutos. Se me había advertido que Ahmed tenía que tomar medidas de seguridad durante ese tiempo.

Continúo poseído por la visión de hace unos minutos y sin tomar consciencia de la tormenta de arena, he avanzado hacia la mar para volver a ver ese inicio de vuelo que anhelo. En su lugar, me he encontrado envuelto, paralizado y golpeado. No sé cuanto tiempo he permanecido atrapado por la arena: lo he pasado fatal. He sido rescatado por Ahmed, quien ha hecho gala de hospitalidad exquisita y protectora. Me ha levantado, ha entregado mi maleta a su criado para que la llevara al helicóptero, me ha investido de la túnica de los hombres azules y me ha llevado a un socaire donde había hecho instalar una tienda para mi recepción. A la entrada, me ha pedido que me descalce y que me despoje de las vestimentas preñadas de arena. Hay un vestuario dispuesto para cada uno de nosotros y mientras él entra en el más cercano me invita a hacer lo mismo en el mío. Todo está previsto en el interior para que me vista de una cómoda túnica de interior. A mi salida me ha conducido a un asiento repleto de suaves cojines. Se ha sentado frente a mí y ambos hemos sido “purificados” por doncellas portadoras de palanganas que contienen ligeras toallas humedecidas por vapor, perfume y bálsamo. Estas habilidades, en París, ganarían fortunas. Me siento muy limpio, ya no quedan restos de arena, de sudores, de agobios. Me apetece sumergirme en el Sahara. Ahmed me arrastra al presente. Lo tengo en pie, junto a mí. Me ofrece un trozo de sal pura y suelta unas letanías que se me han antojado interminables y en las que no he comprendido nada.
Se ha vuelto a sentar frente a mí y han vuelto las ninfas para servirnos té, dátiles, pastas, leche de camella y una pipa de kif. Mi anfitrión ha realizado un ceremonial con la última, como si quisiera emular el ritual que espesa el té y cuando ha considerado que estaba preparada, me la ha pasado.

Todo ha jugado un papel y todo junto me ha inspirado la necesidad del oasis: Veo el vuelo del flamenco rosa en un anochecer rojo, azul oscuro, marrón, gris. Casi me estallan las pupilas con tantos colores y tan intensos. Como cuando estaba en la playa, he sentido la mano salvadora de Ahmed.

- No, hermano. Al Sahara no se entra así, has estado mucho tiempo fuera; tienes que ir poco a poco, para hacerle sitio. Si quieres podemos descansar aquí o podemos hacerlo en el helicóptero que nos conducirá a nuestro destino.

-Necesito, ante todo, dormir, pero, siento urgencia en aclararme un poco. ¿Por qué había decidido Ahmed que yo era el dueño de los documentos que él ofrecía?. Casi sin pensar, le dirijo la pregunta y la respuesta es tan simple como puede comprobarse.

-En los documentos que me propongo entregarte apenas se alude a la primera esposa de Ángel Sevilla III, Anne Pisdoe. Se afirma que murió en las masacres parisinas de junio de 1358. Mi interés por el tema me ha llevado a la familia Pisdoe. He descubierto que Anne había huido para refugiarse en el destierro de su familia, en Normandía. Llevó con ella su primogénito, que tomó el nombre de Jean-Pierre Pisdoe y tú eres su descendiente directo. Los Sevilla regresaron a Sevilla. No hay pistas de ellos más allá de los relatos que me propongo entregarte, que llegan a 1510. Por una razón que intuyo, pero no sé con certeza, alguien hizo llegar estos documentos, en 1515, a mi familia, rama primitiva de los Sevilla. Tú eres el destinatario. Tienes algo pendiente; los autores de las dos primeras memorias murieron en circunstancias que evocan el asesinato. El resto es muy interesante.

Me parece no haber oído sino la palabra violencia y ya me siento tanto en la historia como en el Sahara. Ahmed me pone la mano en el hombro.

- Somos tuaregs, hermano. Siempre hemos sido señores del desierto, aunque Ángel Sevilla I se pasara al bando cristiano y mi familia regresara al Sahara.

Guardo silencio y me dejo llevar al helicóptero que nos trasladará al oasis. Es mucho más confortable que la tienda; disponíamos de esos fabulosos sillones cama de los orientales, de baño, cocina y de las ninfas, para asegurar nuestro bienestar. He aceptado la pipa de kif y he anunciado mi decisión de acostarme. Mis palabras han sido órdenes y en unos segundos se me ha preparado una confortable alcoba. No puedo dormir, pero no quiero estar despierto. Mi cerebro amenaza reventar. Me repito que no soy tuareg, pero cuando evoco a Ahmed me parece ver rasgos míos. No soy más que un visitante del Sahara. Me duele la cabeza… Una de las ninfas ha entrado en mi habitáculo, ha levantado, con mucha suavidad, mi cabeza y ha acercado a mis labios una taza que contiene una bebida agria y amarga. Ha vuelto a recostar mi cabeza en la almohada y ha limpiado mi cara con las toallas humedecidas en vapor, bálsamos y frescos olores. Al irse ha dejados encendidos sutiles inciensos.

He despertado como si hubiera dormido en el paraíso de Alá. El vehículo está vacío. Al asomarme tengo la impresión de continuar en mi sueño. Me he pellizcado para despertar, pero la naturaleza exuberante e impactante es una realidad que la construcción del palacete de Ahmed Lakkhoua había mimado. Al salir del vehículo me he sentido golpeado por un intenso sol que se extiende en espejismos. Han sido apenas unos segundos. Mi anfitrión, sin duda prevenido de que me había despertado, avanza en mi búsqueda.

-Tienes ya preparada la habitación con todo lo que necesitas. Si algo te falta, basta que se lo indiques a la persona que encontrarás siempre a tu puerta He dispuesto un mueble bar, con tus bebidas favoritas. Para los musulmanes es pecado tocar objetos que contengan alcohol. Dispón de tu tiempo como gustes, estaré a tu disposición cuando quieras verme. Estás en tu casa y puedes administrar tu tiempo.

Lo agradezco. Soy un solterón, como insiste Sophie y especialmente en este momento necesito mi espacio y mi intimidad. Me sumerjo en la bañera y pongo todos los potingues que encuentro a mi alcance, obtengo olores curiosos, probablemente porque he mezclado sin mesura. Estoy muy relajado, tanto que sin siquiera pensarlo me he vestido con la túnica hogareña de los hombres azules, que resulta tan cómoda. No he necesitado pedir nada, puesto que tenía a mi alcance una cafetera, jarras de zumos, frutas, leche, dátiles, pastas, pipas y kif. Hasta los cigarrillos que fumo. Continúo sintiendo la presencia de Sophie; esperará mi llamada; lo haga tras unas buenas caladas.

-Me tenías un poco preocupada

-¿Por qué?

-En realidad no; estoy al corriente de todo por Ahmed.

-¿Y?

-Ahora pregunto yo. ¿Me sigues odiando a muerte por la encerrona?

-No te voy a responder ahora. No estoy seguro.

-Tienes pruebas de que Ahmed no te acosará. Te propone un juego, si quieres juegas, en caso contrario pasarás unas vacaciones de película.

-Me estáis tratando como si fuera un “tarao”.

No sé por qué me dices eso; me has repetido hasta la saciedad que no querías lo que quiere darte o tratar temas familiares. Supongo que lo tienes ante tus narices ¿Lo vas a leer?.

A la primera ojeada descubro que en efecto. Lo tengo delante. Son tres tomos que me parecen enormes.

-No me daría tiempo en 10 días y te aseguro que me falta motivación.

-¡Qué poco eres, colega! ¿Nunca te ha gustado la novela negra? Pues ahí me parece que tienes charcos de sangre e intrigas como para escribir una ¿Sabías que tampoco falta material en tu rama? Tu antepasada, Anne de e Pisdoe, traicionó a la familia de su esposo y robó a tu antepasado, primogénito de Ángel Sevilla III.

-Emulas al Antiguo Testamento, querida. Lo peor es que quieres hacer de mí un redentor. No creo que tú o yo necesitemos bañarnos en ríos de sangre. Estamos en medio de ellos, aunque no nos consideremos salpicados. No veo interés en transformarme en Yves Sevilla, el único descendiente encontrado de la familia y recibir un legado que no quiero. Me basta con mi madre y el marido de ésta.

-¡Cuenta, cuenta! ¡Esto empieza a ponerse interesante! –calla y cambia de tono- ¿Por qué has esperado tanto para contármelo?.

-Porque tú tampoco me habías contado lo tuyo con tu familia ¿Qué hay que contar?.

-Si el que presentabas como tu padre no lo es, había algo que querías ocultar, ¿Por qué lo hacías conmigo? Yo te cuento todos mis rollos…

Respondo como un resorte.

-…amorosos y de aventuras. Nunca me has presentado a tu padre, aunque no lo fuera. ¿Qué pretendes que, en vez de hablarte de mí, te hablara de mi familia? Esa no es mi intención, el único rasgo de ellos que he recibido es la de ser un “enarque”, la joya de la administración francesa…

Sophie me impide continuar.

-¿Por qué le presentas como tu padre?.

Me he sorprendido a mi mismo.

- Para ocultar miserias que me gustaría olvidar. No quiero hablar de mi familia; para mi, en la práctica no existe. Nos contentamos con los ritos convencionales. No hay otra cosa que indiferencia, porque no compartimos prácticamente nada. Eso es todo lo que hubiera podido contarte. Tanto mi madre como su marido, son cada vez más ricos y poderosos; yo necesito de tus astucias para blanquear, periódicamente mi cuenta. Para mi santa madre, soy un desastre y me paso la vida pagando intereses. Cada cual sus intereses. ¿Te divertiría esta historia?.

-Sabes perfectamente que preferiría que me contaras qué pasó con tu padre.

-Es un pobre tipo. Anda perdido por el mundo después de haber sido destrozado y despojado por mi madre. Ella siempre dice que terminaré como él. En cierta manera él vive un poco mejor que yo, pero también de los créditos cuyos intereses tiene que pagar.

-Vale de lloriqueos, quiero algo más concreto.

-Mi madre se casó con una familia y unos negocios concretos y después del uso, tiró a mi padre y contrajo nuevas nupcias con el heredero de una a familia, aún más rica y poderosa…

-No tienen hijos sino tú. Te puede tocar un buen pellizco cuando casquen.

Me ha parecido de mal gusto y no tengo la menor intención de dejarme llevar por esas derivas. Prefería parar la comunicación aquí. No tenemos razón alguna para continuar la conversación, pero ninguno queremos ser el primero en colgar.

-No has respondido a mi pregunta.

-No la recuerdo.

-Si me seguías odiando por mandarte…

-No sé qué contestar.

-¿Te arrepientes de haber ido?.

-No.

La respuesta me ha sido prácticamente arrebatada. Me he sorprendido a mi mismo. Es un chollo. Tengo al alcance un esplendor de oasis, rebaños, aves, incluidos los flamencos rosas, frutas y verduras frescas, piscinas, paseos. Estoy estupendamente tratado por la ninfa de turno que está a la entrada de mi puerta y si no estoy motivado para leer los manuscritos sí me gustaría tener un encuentro con el anfitrión.

Sophie respeta mi concentración como si la interpretara y facilita la despedida.

-Te dejo con tus fantasmas. ¿Por qué no cenas esta noche con Ahmed? A él le gustaría que lo hicieras.

El Principio de la Fortuna / Capítulo I
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