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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Debelión de la juventud

Francisco Arias Solis
Redacción
lunes, 17 de julio de 2006, 01:15 h (CET)
“Hoy en mitad de la vida
me he parado a meditar
¡Juventud nunca vivida
quién te volviera a soñar!”


Antonio Machado.

Uno comprende a menudo por qué hay (o, mejor, ha habido) la llamada rebelión de la juventud –una frase que no dice gran cosa, pero con la cual todos nos entendemos: es ese conglomerado de preferencias, repugnancias, gustos, maneras, móviles, modismos, atavíos, módulos visuales y sonoros que permite identificar a los jóvenes frente a los adultos-. Claro que después de entendernos hay todavía que entenderlo casi todo, lo que no se hace con ninguna frase. La susodicha rebelón de la juventud, es materia harto complicada.

Por lo pronto, y a despecho de lo mucho que todos los jóvenes parece que se parecen, corren por dentro diferencias muy considerables –económicas, sociales, históricas, culturales, y hasta cronológicas, ya que entre los catorce o los quince y los veinticinco o los treinta hay muchos años-. Es todo lo contrario de los mismos perros con distintos collares, porque aquí justamente los collares son idénticos, pero quienes los llevan difieren entre sí no poco. ¿Qué tiene que ver el que adquiere andrajos para ponérselos a fin de mostrar su desprecio de las convenciones adultas, con el que no necesita comprarlos porque no tiene otra cosa que ponerse? ¿O simplemente el que resuelve su problema andando perpetuamente a remolque con el que tiene un problema real que no sabe cómo resolver?

Pero supongamos que no haya más remedio que simplificar, y que hay, sin más, los jóvenes frente a los adultos. Uno comprende muy bien por qué con todos los distingos que se quieran, los jóvenes se rebelan, o , mejor que se rebelaron.

No tiene pies ni cabeza mantener que los adultos que, por lo demás, no están tan aglutinados como se les pinta –tienen las riendas del mando, porque tales riendas no suelen estar en manos de tan vasta masa de gente-. Pero es que cierto que algunos adultos viven usualmente asociados con tipos de corrupción que prosperan entre quienes mandan. No pocos adultos secretan, aunque sea con la mejor intención del mundo, rimeros de mentiras, silencios, alusiones y subentendidos que suelen impacientar a los jóvenes, los cuales muy justificadamente, acusan a los adultos de disimulo, artificio e hipocresía. Es difícil no simpatizar con los jóvenes en este respecto. Supongamos, para facilitar el argumento, que la sinceridad, espontaneidad y autenticidad de que los jóvenes presumen, son intachables: ¿no esta actitud ejemplar, y muy necesaria, en un mundo que ha acumulado gigantescos depósitos de inhibiciones de todas clases? Por si ello fuera poco, hay otras razones a favor de la oposición a los adultos por parte de los jóvenes; muchos de estos han marchado a la cabeza de causas que sería necio descartar por considerarlas confusas, ingenuas o pocos realistas, sobre todo cuando resulta que quienes se ponen tan sesudos o se jactan de ser muy realistas están, en el mejor de los casos, bastante fuera de la realidad y, en peor de ellos, defienden sus propios intereses, algunos confesables y otros no tanto.

Perfectamente. Saludemos a la nueva generación, como se le llama por falta de mejor nombre, y hasta retirémonos por el foro los que representamos un obstáculo a los ideales por los que tal generación lucha, o ha luchado, o en virtud de los cuales adopta, o ha adoptado, maneras de vivir que confunden chocan a muchos adultos. Y como dijo el poeta: “Juventud , divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver! / Cuando quiero llorar, no lloro... / Y a veces lloro sin querer...”

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