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Etiquetas:   ARTÍCULO   -   Sección:   Libros

Sobre libros y melones

Herme Cerezo
Herme Cerezo
martes, 3 de octubre de 2006, 00:49 h (CET)
Llegas al centro cultural de turno. Luces, aire acondicionado o calefacción, según la estación, música ambiental, kiosco, aroma de café proveniente del bar y murmullo de consumidores.

Humo no, eso no.

‘No smoking’, no.

Ya no se fuma, no.

Después de otear el horizonte durante unos minutos, cometes tu primer y único error. Es único pero muy grave: decides preguntar por el libro que te interesa. Para ello abordas a un dependiente. Es un tipo joven, con cara interesada y sonrisa oriental, beatífica, zen, amable e insufrible. Un ‘todooídos’. Acabas tu perorata y, entonces, te la clava al rogarte:

- Acompáñeme, por favor.

Le sigues a un par de metros de distancia, un respeto, guardándole la espalda, imaginando su sonrisa interminable, mientras se encamina hacia uno de esos puntos de consulta infalible. Atraviesas montones de libros de fantasía, de bolsillo, de terror, policiacos, de ciencia ficción, históricos, del boom sudamericano y del post-boom, ediciones de lujo, ediciones baratas. Dejas atrás las montañas provocativas de los ‘Códigos da ...’ y de ‘Las sombras del ...’, el último Vargas Llosa, el último Pérez Reverte, la última novedad sobre templarios y merovingios... El joven se detiene, aunque no su sonrisa zen, y es entonces cuando escuchas de nuevo su voz:

- Aquí es, señor.

Y tú pones cara de gilipollas, de ‘tontolhaba’, porque el tipo del gesto amable e insufrible te ha llevado al huerto: estás delante de un ordenador. Es indudable que para eso tiene arte, oficio. El mismo oficio que un torero para revolotear con el toro hasta encararlo con el picador.

- Mi compañera, que sabe mucho más que yo de esto, le atenderá en seguida, señor. Y muchas gracias.

Cuando quieres dar marcha atrás, cuando eres consciente de que no estás donde querías estar, o sea delante de un ordenador que lo sabe todo, ya es tarde. Y allí la chica, “la compañera que sabe mucho más de esto”, mona, con pecas y coleta, también con cara interesada y sonrisa oriental, beatífica, zen, amable e insufrible. te pregunta el título, el autor o la editorial. Cuantas más pistas le suministres mucho mejor porque el ordenador, aunque sabe todos los libros del mundo, no se los ha leído y los conoce sólo “de vista”. ¡Faltaría plus! Enseguida empieza una historia sin historia, que acaba con el libro en tus manos, envuelto en una bolsa de plástico y con la boleta de compra recién pagada en caja.

Y ahora es cuando intervienen los melones, esa fruta pulposa que nos deleita el paladar durante el verano. Con todo el respeto que me merece esta cucurbitácea, un libro no es un melón y, sin embargo, últimamente los tratan como si lo fueran.

¡Y hasta ahí podíamos llegar!

Los libreros de oficio, los de toda la vida, simplemente con el principio del título o unos breves rasgos del argumento, sabían de qué obra hablabas. Era algo así como si al vendedor de una tienda de discos le tarareabas o silbabas – hay virtuosos para todo – una melodía y, al instante, te proporcionaba el disco que querías y cuyo título no sabías o, simplemente, no recordabas. Claro, aquellos eran libreros vocacionales. Y de esos no quedan. Ahora existen dependientes de uso común, polifuncionales, incluso licenciados en las carreras más variopintas, con el uniforme de ‘vendelibros’.

Pero como diría Lluis Llach, “no és això, companys, no és això”.

Hoy el trabajador de una de esas expendedurías culturales no tiene por qué entender de libros. Con saber leer y conocer el alfabeto de carrerilla tiene suficiente, porque para eso está el ordenador que lo almacena todo, que lo sabe todo, que no olvida nada. El vendedor de libros de 2006 no se diferencia en nada de un melonero. Para él todos son iguales, más o menos dulces, pero iguales. Sólo necesita cuatro palabras y, con la opción de búsqueda, ya saben el icono de la lupa mágica, te lo solucionan rápido. Pero eso sí, que sean las palabras exactas porque si no...

Conozco un tipo que enterró lo mejor de su vida durante más de treinta años en una librería. Hace más de quince que dejó el oficio y, cuando le veo, le pregunto por tal o cuál obra y él me responde sin titubeos:

- Ese libro lo publicó la editorial equis en el año zeta.

Y así es, exactamente: “ese libro lo publicó la editorial equis en el año zeta”. El tipo no falla, oigan. Durante su vida de librero, jamás llegó a utilizar el ordenador para vender, aunque sí para reponer títulos, porque para eso el artilugio merece todos los parabienes. Pero para atender a un cliente resulta analfabeto, frío, artificial, estúpido. Claro que para el hombre de quien les hablo, un libro jamás fue un melón. En una ocasión una señora le pidió tres metros de libros rojos.

- Es que me hacen juego con las cortinas del salón.

Y ni perezoso, ni corto, la mandó a hacer puñetas.

Los libros y los melones no pueden ser iguales nunca, por mucho empeño que el agricultor haya puesto en su producto. Detrás de un libro hay muchas horas de vigilia, de trabajo, muchos sueños traducidos a palabras impresas, muchas ilusiones por agradar, por entretener, por comunicar, por llegar a los lectores y hacerles disfrutar.

Un libro es una obra de arte.

Un melón, no.

Un melón es un melón.

Y si a pesar de todo esto, la chica de coleta rubia y cara pecosa, “que sabe mucho más de esto”, amable e insufrible, no encuentra tu libro en el ordenador, pone cara de imbécil, imbécil oriental, beatífica y zen. Pero lo peor viene luego, porque esa misma cara, ese mismo rictus, se apodera de ti y lo sacas a la calle cuando te vas sin el libro, sin la bolsa de plástico y sin la boleta de la caja. Y mientras doblas la primera esquina, la de la coleta y las pecas ya ha perdido su aspecto imbécil, ha recuperado otra sonrisa, tan oriental, beatífica y zen como la del otro vendedor, y ya teclea en el ordenador el título que le acaba de preguntar el comprador que venía detrás de ti.

Hace años los lectores teníamos nuestros libreros de cabecera. Sí, sí, no se rían, como si fuese un médico, una persona que sabía de tus gustos y que te encaminaba directamente a lo que buscabas. Los pocos que quedan hoy, los resistentes de la aldea global, auténticos guerrilleros culturales, habitan las librerías de lance, de segunda mano. Y allí viven con los libros, sueñan y discuten con ellos, los cuidan, les quitan el polvo y los restauran si se tercia. Son LIBREROS con mayúsculas. Pero claro, en estas librerías los libros no son melones.

Sólo son libros, que no es poco.


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