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Opinión
Etiquetas:   La parte por el todo  

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Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 16 de julio de 2006, 04:35 h (CET)
Como dije en una de las anteriores semanas, somos muchos los que nos representamos, como Bourdieu, las categorías sociales como negación de otras. Cuando la elección se convierte en una tría entre dos posibilidades dicotómicas, la negación resulta todavía más evidente. Bourdieu describió en su “Dominación Masculina” el hábito viril en contraposición al hábito femenino, y viceversa.

Cuando esta situación se da, cuando me sorprendo a mí mismo o alguien de mi entorno pensando en las categorías como antagónicas por definición, intento reportarme al tiempo en que estudié de manera más o menos profunda las clasificaciones cosmológicas del antiguo Imperio Inca.

Me basta con recordar el nombre original del imperio: Tawantinsuyu. Tawantinsuyu puede traducirse como “las cuatro partes que, unidas, forman una unidad”. Es necesario remarcar esa segunda parte de la definición, esa insistencia en que la unión de esas cuatro partes da como resultado un todo.

La relación de la segunda parte con la primera resulta curiosa desde el punto de vista de Bourdieu. Cada una de las cuatro partes tendrían sentido (casi únicamente) por la relación que guardaría con cada una de las otras cuatro. Es decir, se daría el caso de la definición por eliminación, de la definición negativa: A es lo que no es ni B, ni C, ni D. Y, creo, que realmente nosotros, en nuestro espacio y nuestro tiempo concreto, nos inclinamos a pensar de la manera que Bourdieu describió.

En pocas, poquísimas ocasiones nos permitimos el lujo de pensar que quizás haya algo más allá de la apariencia ambivalente que separa a codazos a las medias naranjas. Las cuatro partes incas se definían porque todas ellas formaban parte de una estructura superior, de un organismo que las engloba dentro de un significado más general.

Lo que resultaba importante es que eran parte de algo. Podrían haber sido cuatro partes, seis o quince. Lo que carecía de importancia es qué era cada una de ellas, dónde empezaba y dónde acababa, o qué nombres tenían. Claro que eran algo, tenían límites en el espacio y nombres para denominarlas; pero, por encima de todo, eran una de las cuatro partes que, unidas, formaban una unidad. Su comportamiento era el de cuatro miembros de un mismo cuerpo inmenso.

Nosotros, vivimos en un microcosmos, peleados con otros mundos individuales, hombres y mujeres, gays y heteros, militares y civiles, pares y nones, zurdos y diestros…

Dos mil quinientos años después, el hombre vuelve a ser la medida de todas las cosas.

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