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Las madres de Miguel Ángel Blanco

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
viernes, 14 de julio de 2006, 21:59 h (CET)
El pasado miércoles conmemoramos el noveno aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco, víctima brutal de ETA. Es el momento para recordar que toda España se echó a la calle. Las multitudinarias manifestaciones que se produjeron en todas las ciudades estuvieron frecuentemente protagonizadas y encabezadas por las madres, comunes amas de casa que se empeñaron en hacer salir a toda la familia y protestar contra la barbarie, contra la demostración palpable del homo homini lupus.

Miguel Ángel Blanco era el hijo de todas las madres de España, era ese hijo perfecto que todas ellas han tenido alguna vez, ese chaval joven y luchador que se esfuerza día a día en salir adelante, trabajando duramente contra las dificultades de la vida, que intenta abrirse paso luchando a brazo partido, quizá simultaneando dos o más empresas, disfrutando de las fiestas, pasándolo bien con su novia o sus amigos, tocando en un grupo musical, quizá para complementar sus ingresos, quizá sólo porque es joven y le gusta. Un chico de clase media, como cualquier otro, como millones de hijos de la clase media.

La sociedad se vio reflejada en él y en el dolor de su madre vio su propio dolor. Su injusticia fue la injusticia de todos, habían secuestrado a todos los hijos de todas las madres. Y a todos los iban a matar en el plazo señalado por la canallesca banda. Por nada, por querer contribuir a la mejora de su pueblo desde una concejalía, que ése era el delito de Miguel Ángel, el delito de todos los hijos de España. El crimen fue un crimen contra todos las madres y todos los hijos. Todas las madres se volvieron la madre de Miguel Ángel Blanco.

No era el mismo caso de otros asesinatos igualmente atroces. Todos los asesinatos son asesinatos, claro, y son igualmente viles, pero cuando ETA asesinaba a un militar o a un miembro significado de un partido político el dolor, igualmente intenso, era sectorial, más concreto y centrado en una parte de la sociedad, aquel asesinato, igualmente cobarde, no repercutía igualmente en todas las madres. Porque ahora hace nueve años fueron las madres de familia las que cerraron las casas y echaron a la calle a toda la familia: “Esta tarde no vengas a casa, te llevo un bocadillo y te espero con los niños en la manifestación” dijeron todas las esposas a sus maridos trabajadores. Y las ciudades, calles y metros quedaron colapsados. La sociedad entera se echó a la calle, algo con lo que ETA no contaba, el factor clave que los asesinos no habían valorado, actuando como un boomerang que se vuelve contra los autores del asesinato, los que lo habían lanzado.

La historia contará este momento como la revolución de las familias, la revolución del ama de casa, una revolución de lágrimas y dignidad que estuvo a punto de acabar con ETA, lo que el Estado no había logrado en treinta años de combate. Las mismas amas de casa que se manifestaban en el propio País Vasco “obligaban” a los ertzainas a quitarse el pasamontañas indigno que se veían forzados a llevar. Nadie en la banda terrorista podía esperarse semejante golpe, nadie podía imaginar su procedencia, imposible suponer que las amas de casa capitanearan lo que hubiera sido el final de ETA si algún político iluminado no les hubiera echado una mano muy oportunamente.

Hasta los comercios, desde la tienda de la esquina hasta el súper de toda la vida, tuvieron que cerrar sus puertas presionados por la dignidad de sus clientes. Fue todo un ejemplo de cordura y sensatez, sin ninguna disputa, sin ningún incidente, sin ningún altercado, prueba de que el ama de casa estaba detrás de él, cuidando de sus polluelos e inculcando sentido común a la masa popular.

ETA estuvo a punto de pagar un precio muy alto por no valorar la rebelión del ama de casa celtibérica.

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