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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los malos humos de las ciudades

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 14 de julio de 2006, 21:59 h (CET)
“Hoy amanecieron negros
los naranjos.
Los azahares tan blancos
ayer a la tarde, negros.”


Rafael Alberti.

Nos hacen la vida imposible pero dependemos de ellos. Son los amos de la calle: miles de vehículos invaden las vías urbanas, ejerciendo su tiranía sobre los sufridos ciudadanos.

Respirar en las ciudades empieza a ser un asunto peligroso. Monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno, dióxido de azufre, hidrocarburos... no cesan de recordarnos los males del progreso. En las grandes ciudades españolas, el tráfico rodado es el responsable del 80 por ciento de la contaminación. El resto de la emisión corre a cargo de las calderas de carbón y de las chimeneas industriales.

Si no despejamos el horizonte acabaremos todos en los servicios de urgencia. De hecho en el último año, más de 16 millones de españoles han acudido a consultas respiratorias, alergias, irritación en ojos y mucosas, debilitación del sistema inmunitario, disminución de la hemoglobina de la sangre, y un largo etcétera de trastornos asociados a la contaminación hacen que en los periodos críticos de contaminación se produzca un incremento del 20 por ciento de los ingresos en los hospitales. La cosa es seria en todas partes, y más aún en los países meridionales, como es el caso de España, sujeto a altas temperaturas y baja pluviometría que agravan aún más la situación, incrementando la concentración de contaminantes.

Ante el grado de saturación de las vías urbanas de la mayoría de los países europeos, la Unión Europea aconseja la promoción del tren de alta velocidad y la navegación fluvial o marítima, como alternativas más limpias para el transporte de mercancías, tráfico este que supone el 70 por ciento del total de los transportes. Por otro lado, en los últimos años, a medida que ha ido creciendo el tráfico más que las inversiones públicas en infraestructuras, ha ido aumentando la producción de estrangulamientos en los accesos de todas las áreas metropolitanas y la de atascos en los centros urbanos, lo que significa una absurda pérdida de tiempo y de energía que genera estrés y desarrolla comportamientos agresivos en los ciudadanos.

Las nuevas tecnologías también tienen mucho que aportar todavía al problema del transporte. Además de los catalizadores, cuyo uso hace ya varios años que es obligatorio en los nuevos vehículos, se ensaya con nuevos carburantes como el gas natural comprimido y el hidrógeno, cuya emisión se reduce simplemente a agua. O coches solares y, sobre todo, eléctricos, que aúnan la limpieza a una marcha silenciosa, y se configuran poco a poco como los coches del futuro inmediato. Mientras tanto, la regulación del tráfico, la creación de servicios locales y la reducción de la intensidad de circulación son los únicos recursos que nos quedan si no queremos perecer en el intento de transitar por las calles de nuestra ciudad.

Las lluvias ácidas, consecuencia de la contaminación ambiental, dañan los ecosistemas y corroen las fachadas de los edificios, produciendo pérdida de calidad en los materiales de construcción. El monóxido de carbono y sus aliados no respetan los años ni el valor histórico ni artístico de nuestro patrimonio arquitectónico. Las piedras de los monumentos se degradan aceleradamente al compás de los humos de los escapes, sin que nadie lo remedie. Este será un reproche más que tendrán en cartera las generaciones futuras, si es que aún se atreven a abrir la boca para respirar y gritar, al igual que el poeta: “Viendo los muros de la patria mía / inútiles y ya desmoronados / viéndolos por el suelo derribados / apenas sé si fueron algún día”.

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