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Opinión
Etiquetas:   Reflexión   Política   Pedro Sánchez  

Johnson el empecinado v/s Sánchez el flautista de Hammelin

Johnson cierra su Parlamento cinco semanas, España lleva seis meses sin él
Miguel Massanet
viernes, 30 de agosto de 2019, 09:49 h (CET)

Es cierto que la vieja Gran Bretaña parece que ha perdido parte de su proverbial flema. No hay duda de que, aquella casta de políticos de la segunda Guerra Mundial, se puede decir que no ha tenido el relevo adecuado como se podía esperar de una nación que hubo un tiempo en el que llegó a ser la más poderosa de la tierra, con fama de tener la mejor diplomacia del mundo. Aquella pléyade de grandes estadistas de los años anteriores a la segunda contienda mundial, como como Ramsay MacDonald, Stanley Bladwin, Nevill Chamberlain, que precedieron a Wiston Churchill y los que le relevaron, concluida la contienda, como Clement Attlee, el propio Churchill o los también conservadores Anthony Eden, Harold MacMillan y Alec Douglas-Home, son el ejemplo de lo que por aquellos años constituida la flor y nata de la política británica, nada que ver con las nuevas generaciones que hoy ocupan sus escaños en el Parlamento británico, cuyos currículums y comportamientos seguramente levantarían ampollas en los ocupantes de las tumbas de aquellos grandes personajes que gobernaban la poderosa Gran Bretaña, hoy sumida en la mayor crisis de su larga historia.

El problema del “brexit”, uno delos fallos garrafales del señor David Cámeron, fue tratado por los ingleses con una frivolidad que extraña en un pueblo caracterizado por su mesura y su inteligencia política. Hubo un referendo y ganaron los que propugnaban la salida del Reino Unido de Europa. Puede que las autoridades que lo promovieron no lo esperaran, pero ello no impidió que el resultado de la consulta acabó por convertirse en un marrón en manos del gobierno británico, que les quemaba las manos. No habían valorado convenientemente las consecuencias que, para el país, iban a tener como consecuencia de abandonar Europa y los beneficios de un mercado común, simplemente para satisfacer su orgullo nacionalista, que les impulsaba a buscar una independencia falsa que les hacía pensar que ya no iban a depender de nadie y que la GB podría encauzar su destino sin las trabas de pertenecer a la UE ni depender del beneplácito de Bruselas. El nacionalismo exacerbado de los ingleses que, poco tiempo antes, tuvo que jugarse su propia unidad con la convocatoria del referéndum de Escocia, una apuesta que hubiera podido llevarlos a una división cuyas consecuencias, políticas y económicas, eran imprevisibles.


Ahora, pasados los años, después de un intento fracasado de la señora May de conseguir un acuerdo en el Parlamento, que les hubiera permitido alcanzar un brexit acordado con lo que, seguramente, se hubieran evitado muchos de los graves inconvenientes que anuncia una ruptura a la brava entre ambas partes; los parlamentarios británicos se han radicalizado entre los que desean un brexit rápido y sin concesiones a la UE, dirigidos por el señor Johnson y los que ven, en este tipo de separación, una verdadera catástrofe para la nación. Ya no se trata de toris o laboristas (whigs), derechas o izquierdas, porque el problema ya es otro ya que aquí se están enfrentando una parte de los ciudadanos partidarios del brexit con otra, tanto o más numerosa, que estiman que esta separación es una locura que va a llevar a GB al caos. Ahora, en un juego de astucia entre un bando y el otro, el señor Johnson ha conseguido ganar una importante baza que impide o, al menos, dificulta grandemente el margen de maniobra para que los partidarios de permanecer en Europa pudieran legislar para retrasar la toma de decisiones para acabar en un brexit sin acuerdo. Aunque quedaría la posibilidad de una moción de censura, los plazos ya no permiten muchas alegrías y tampoco es seguro que se ganara. El hecho de que la libra haya sufrido uno de los bajones más importantes de los últimos tiempos, demuestra el efecto que, la jugarreta de Johnson, ha causado en toda Europa. Parece ser que, salvo sorpresas poco probables, la suerte del brexit está echada a favor de los partidarios del mismo, sin acuerdo alguno.

Los británicos se han llevado las manos a la cabeza por la jugada del señor Johnson, recriminándole que se haya valido de la reina (la función de Isabel II no es más que firmar lo que el primer ministro le pone delante) para cerrar el Parlamento por cinco semanas, un plazo que parece corto pero que, en la situación actual, resulta fundamental para impedir las posibles acciones de los parlamentarios encaminadas a impedir la rotura sin acuerdo. Cinco semanas sin que el parlamento pueda desarrollar la función que le corresponde en la política inglesa ha hecho que toda Gran Bretaña se haya levantado indignada en contra del culpable de semejante indignidad.

Y, ante este comportamiento de los ingleses ¿qué podríamos decir en España del comportamiento de estos señores que siguen gobernando el país, pero que dicen que no pueden pagar a la autonomías, que siguen sin la financiación que les corresponde, precisamente a causa de que los que tienen en sus manos la llave para poder constituir un gobierno, se dedican a poner toda clase de obstáculos para impedir que esto suceda? No se sabe lo que tendrá en mente el señor Sánchez del PSOE, nada bueno si tenemos que fiarnos de otros comportamientos anteriores, pero sí sabemos que llevamos seis meses sin que el organismo encargado de vigilar al ejecutivo, para demandarle que se ajuste a la Constitución cuando no lo haga, el Congreso de Diputados, está inoperante; lo que no impide que se produzca otra de las sinrazones que suelen ser propias de las izquierdas, que abominan del dinero pero que, la única vez que votan igual que sus enemigos de siempre, las derechas, es cuando se tienen que aumentar los sueldos de los parlamentarios, ediles o demás miembros de las cámaras, ayuntamientos o autonomías. En efecto, no sólo se produce la curiosa circunstancia de que todos los parlamentarios cobran religiosamente sus correspondiente honorarios sin dar golpe, sino que, los muy listillos, se ocuparon de constituir las correspondiente comisiones dentro del Congreso, antes de que se convocaran las pasadas elecciones, con lo que, no solamente perciben sus sueldos, sino que reciben los complementos que, los que pertenezcan a alguna de las comisiones creadas, perciben por estar adscritos a alguna de ellas. Todo ello, claro, sin llevar a cabo tarea alguna debido a la incompetencia del gobierno en funciones, que utiliza esta facultad de ir alargando la toma de posesión, para poder llevar a cabo todas aquellas políticas encubiertas que les interesan, sin tener que dar cuenta a nadie de lo que están mangoneando bajo mano en las alcantarillas de la política secreta.

Si, como es lícito pensar, llegara a producirse un acuerdo entre el PSOE y Podemos, que permitiera al señor Pedro Sánchez hacerse con la presidencia del gobierno, tendríamos que preguntarle por qué, si esta era su intención, ha permitido que España estuviera sin gobierno seis meses si, en definitiva, todo estaba previsto y lo que hemos tenido que presenciar los sufridos ciudadanos no ha sido más que una función de teatro, perfectamente organizada para que, el señor Sánchez se saliera con la suya de formar gobierno y obtener la presidencia y el señor Iglesias, de Podemos, haya hecho el correspondiente paripé que le permita quedar bien con sus bases, a las que les dirá que no le ha quedado más remedio, para evitar unas elecciones que favorecerían a las derechas, que claudicar y quedarse de mero acompañante, desde fuera del gobierno, para apoyar todo lo que el PSOE decida llevar, para su aprobación, a las Cortes.

Puede que estos señores políticos que se han hecho con los votos de los ciudadanos o, al menos, con una mayoría de ellos, estén convencidos de que son muy listos y nos hacen comulgar con ruedas de molino, pero debieran de empezar a pensar cómo van a gobernar a partir de que logren el poder, para que Europa no se nos tire encima por el montante desorbitado de nuestra Deuda Pública o el incumplimiento del déficit público que se nos han fijado, después de que el señor Sánchez fuera a Europa a pedir árnica a causa de que no se ha cumplido con el tanto por ciento que se había prometido que se conseguiría. Ahora sabemos que su esperanza es la de acribillarnos a impuestos, aumentando los ya vigentes y creando nuevos, de modo que le permita, esquilmando a todos los españoles, colgarse medallas apoyando a sus amigos; utilizando la consabida cantinela de que sólo va a subir los impuestos a los ricos, algo que siempre se utiliza cuando la realidad no es otra que los que acaban pagando los platos rotos son los de la clase media, esta enorme y procelosa clase en la que estamos incluidos la mayoría de españoles que trabajamos. En cambio, tenemos a esta clase aparte de los funcionarios o, si se quiere de una parte de ellos, y todas estas empresas públicas que existen a millares, mediante las cuales los ayuntamientos consiguen delegar funciones que no les están encomendadas, pero siguen teniendo el control de las mismas y, de paso, les sirven para colocar a todos aquellos enchufados a los que se les deben favores políticos o de cualquier otra especie, una práctica que les proporciona un montón de votos asegurados cuando llegan las elecciones y les hacen falta apoyos. Y aquí entran, no se dejen engañar por falsos argumentos humanitarios o caritativos, todos estos inmigrantes que nos van llegando desde África con los que, al menos momentáneamente, se aseguran un montón de votos para las izquierdas.

Sigamos tragándonos los sapos que nos van dosificando en su ración diario de intoxicación de las masas. Mantengamos la boca cerrada para que no se fijen en nosotros y nos hagan pagar nuestro atrevimiento de osar criticar a quienes intentan gobernarnos y doblemos la cerviz una vez más ante aquellos que intentan ponernos la bota sobre el cuello para que España, nuestra patria, vuelva a situarse en la órbita del comunismo que, por raro que pueda parecer, nos lo han traído de nuevo desde fuera, en nuestro caso desde la Venezuela de Chaves y Maduro, demostrando aquello de que “la Historia se repite”, algo que, al principio, parece inofensivo y simplemente un populismo que intenta reparar injusticias pero que, a medida que van consiguiendo el control de la nación, las libertades se van restringiendo, los derechos desapareciendo y el empobrecimiento de la nación, abandonada por todos aquellos que han visto venir el estado totalitario, se va haciendo más generalizados hasta acabar, como lo ha hecho Venezuela, abandonada de todo el mundo, asesorada por el impresentable de Zapatero y condenada a la miseria más absoluta. Quien avisa no es traidor y, o cambiamos el chip o es muy probable que, en unos meses, ya tengamos la ocasión de comprobar cuál es de verdad el destino de nuestra nación.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, no nos queda más remedio que insistir en algo que parece que, para una parte importante de los españoles, no tiene importancia, quizá porque se alegran de que algunos ricos dejen de serlo, lo malo es que estos ricos son los que tiene las fábricas, los grandes almacenes, los astilleros, las compañías multinacionales que contratan a miles de trabajadores, algo que por mucho que lo prometa el señor Sánchez, no va a poder garantizar que siga igual si, como nos anuncia decide hacer una España “progresista” que es una manera suave de calificar a una España socialista o comunista, un sistema completamente caducado en todo el mundo y, en los países que sigue vigente, lo hace gracias a las dictaduras totalitarias que tienen sojuzgados a sus ciudadanos.

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