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La final que no terminó de ver Felipe

Pascual Falces
Pascual Falces
miércoles, 12 de julio de 2006, 22:14 h (CET)
Al concluir en Berlín la Final, este domingo pasado, no solo se había ido de este mundo pecador el Doctor Felipe Maldonado en México, sino que también se extinguió ese buen estar, y bien hacer, que ha ofrecido, mientras ha durado, la paz y concordia mundial... jugando al fútbol. Mi amigo el doctor, “aguantó” casi hasta el fin de la final, pero su Madre de Guadalupe le condujo de la mano hasta el Cielo antes de que concluyera. Este columnista quiere abundar en un anterior artículo –dedicado expresamente a él-, para reflexionar, un poco más, en lo que este deporte, y fenómeno de masas bien organizado, puede aportar a la paz y concordia de toda la Aldea.

Si Tomás Moro fuera contemporáneo, y quisiera abordar los problemas sociales de la humanidad –como hizo al escribir la “Utopía” a principios del s. XVI, y con la que se ganó el reconocimiento de los eruditos de Europa-, tendría la oportunidad de recurrir al fútbol, al menos como “metáfora continuada”, muy cercana a que la paz en el Mundo es posible sin recurrir a complicadas fórmulas. La utopía, hoy día, se llama Reglamento de la Federación Internacional de Fútbol Asociación, FIFA en siglas. Tal vez aquí reside el primer hecho prodigioso: un articulado, que, como la Constitución de EE.UU, es “quasi” (como) perfecta, y, todo el mundo que quiere participar en este juego, ha de comenzar por respetarlo de “pe a pa”; no caben interpretaciones, ni enmiendas, a menos que, con los años, vayan siendo introducidas por el organismo rector, y ante la conveniencia que aporta todo lo que bien está experimentado.

Lo más destacable de ese Reglamento, resulta ser, que sirve para “todo el mundo”. Es muy sencillo: ¿Ustedes quieren jugar al fútbol?... pues, aquí tienen las reglas que lo rigen, apréndanlas, y vuelvan. Es que... -podría decir alguno-, en mi tierra todos son bajitos -por ejemplo-; pero, no se admite la objeción. Es que... tenemos nuestro propio idioma. -Tampoco -sería la respuesta-, se trata de meter goles, no de convencer a nadie. Es que... nosotros, queremos jugar siempre en nuestro propio campo. Y tal vez esto último, les haría ser ignorados y dejados por imposibles.. Y, seguro que se pueden buscar muchos símiles de objeciones equivalentes, entendiendo algo de este deporte.

La única objeción de origen que se puede hacer, es que haya sido inventado por los ingleses, pero qué se va a hacer... es tanto lo que se les debe a causa del descubrimiento del “fair play”, que no queda más remedio que descubrirse ante ellos. Es así, les cabe ese mérito, como a los franceses el hecho de servirse del Derecho como norma suprema de convivencia ciudadana, y a los españoles, haber introducido el honor –“patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios” (Calderón de la Barca)- para seguir en honda controversia entre ellos, siglo tras siglo. ¿Cómo conciliar dos sentidos peculiares del honor, tan cercano como confuso del “amor propio”? Es evidente, que, el “fair play” gana.

Esta misma conversación, en parecidos términos, la mantenía este columnista con su amigo desaparecido, en un palco del Estadio Azteca recién inaugurado para las Olimpiadas de México´68. Ambos, aunque residentes en lado opuesto del Océano, “veíamos” crecer a nuestros hijos en un mayor conocimiento y disfrute de culturas, tan próximas por otra parte. Los años nos dieron razón, y la Aldea también ha crecido con una mayor aproximación y respeto mutuo. Aceptando, eso sí, que unos hábiles “penaltyes” diriman el Campeonato del mundo. Peor sería que, tras agotadoras prórrogas, una moneda el aire resolviera el encuentro. Tal vez muchos resolverán su vida, en el aire hasta el final, de ese mismo modo.

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