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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El catarro de verano

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 10 de julio de 2006, 21:52 h (CET)
“¡Playa de Sanlúcar,
noche de verano,
copla solitaria
junto al mar amargo!”


Antonio Machado.

¿Ha padecido usted un catarro en verano?... En invierno cuando está acatarrado, se arropa usted bien, se sienta al lado del calefactor y se pone a tomar calditos calientes. No existe voluptuosidad comparable a la de un buen catarro de invierno. La familia se interesa por usted y le pregunta si siente opresión en el pecho o si le duele el costado. Viene el médico, y si tiene tiempo, le mide a usted la temperatura, y desde esa instante queda reconocida su beligerancia de enfermo. El jefe de la oficina le dice a usted que permanezca en casa que hay mucha gripe “por ahí” y que no conviene hacer imprudencias. Todo el mundo, en fin, le compadece a usted, y hasta usted mismo acaba por enternecerse ante el quebranto de su propia salud.

¡Qué diferencia con los catarros de verano!... La cabeza le zumba a usted como una olla de ebullición. Parece que está cociéndosele a usted el cerebro. Se suena usted, y es horrible. La cabeza se le queda a usted completamente vacía, y aunque esto constituya una ventaja, ya que es la mejor garantía posible de imparcialidad, como sensación física resulta altamente desagradable. Luego hay lloriqueo, el estúpido lloriqueo de los catarros de verano. Llora usted por los ojos, por las narices, por la boca. Llora usted de un modo repulsivo, y, de pronto, ¡zas!, se dispara usted en uno, en cinco, en diez ridículos estornudos, que revelan una falta absoluta de autocontrol.

Con un catarro de verano sufre usted infinitamente más que con un catarro de invierno; pero es inútil. El catarro de verano no conmueve a los amigos ni a los familiares, y, menos aún a los jefes. Es un catarro antiartístico que no compone como los catarros de invierno, con las pantuflas ni con la calefacción, con las mantas ni con las tisanas. No tiene decoración posible. No tiene cuadro tradicional. No tiene ambiente. Cuando menos se le considera extemporáneo, y al oírle estornudar a uno, las gentes le miran con una sorpresa burlona, como el representante de una época o de una especie ya enteramente extinguida.

¡Rutinaria humanidad!... Entre todas las injusticias sociales habrá pocas tan despiadadas como la que se comete con las víctimas de los catarros de verano; pero ¿para qué vamos hablar más del asunto? Ni esta injusticia ni otras menos inhumanas creo que puedan remediarse de momento sólo por hablar de ellas. Y es que, como dijo el poeta: “En el aire y por el aire / van y vienen las palabras / sin ir a ninguna parte”.

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