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Etiquetas:   La tercera puerta   -   Sección:   Opinión

La Colombia de Escobar

Jabier López de Armentia
Opinión
lunes, 10 de julio de 2006, 21:52 h (CET)
Colombia, un país entre selvas todavía salvajes, una nación secuestrada de sus derechos, dirigida por los Carteles de la droga, la crónica de un estado corrupto. Los Carteles aparecen a finales de los años 70, diferenciados de la mafia italiana por no existir en ellos tradiciones, principios o códigos de honor, movidos única y exclusivamente por el beneficio económico. Beneficio que se multiplicaba cada vez más debido a la inagotable demanda norteamericana.

Los “señores de la droga” colombianos enseguida llegaron a proveer el 80% de la cocaína a nivel mundial, y para proteger semejante negocio no dudaron en comprar todas las esferas y niveles del gobierno colombiano. Derrochar el dinero con libertinajes estúpidos y corromper el gobierno con altas cantidades de dinero a cambio de mantener la boca cerrada eran dos de sus prioridades. Aunque no tardó en aparecer el terror y el miedo para aquellos que decidieron no ceder al chantaje, en forma de atentados indiscriminados de grandes magnitudes.

No hablamos de simples atentados, tomando como simple la naturaleza de un atentado. Hablamos de una crueldad insondable, de matanzas sin motivo ni razón. Los Carteles no establecían limites a la muerte, todos podían ser objetivos de sus atentados. Paso de ser terrorismo localizado a ser terrorismo de masas. Matar sin importar a quien, con tal de imponer su doctrina. Un ejemplo de ello fue la explosión de un avión comercial el 27 de noviembre de 1989, donde murieron una centena de personas simplemente por coincidir en el avión con la persona-objetivo del Cartel de Medellín. 99 personas inocentes murieron. Esta es la Colombia de Escobar.

A finales de los ochenta, Medellín, capital de la droga, sufría una media de 10 asesinatos al día. Los entierros eran la tónica habitual del día a día, a la par que las lágrimas el desayuno de muchas familias. Candidatos electorales que incluían en sus programas una lucha contra los Carteles eran barridos de esta tierra a golpe de pistola delante de cientos de personas. La impunidad caminaba a sus anchas por las calles colombianas.

Un pequeño sindicato del crimen rural llego a atemorizar y controlar a una nación de 38 millones de habitantes. Este no era otro que el Cartel de Medellín. Las razones de este fenómeno pueden resumirse en tres: una horrenda guerra civil durante los años 40 y 50 entre liberales y conservadores que dividió y debilitó al país; una planta oriunda con un increíble beneficio económico, la cocaína, y un joven y ambicioso matón que se convirtió en el hombre más peligroso del mundo, Pablo Escobar.

Nacido en Medellín en 1949, creció viendo la dureza y la violencia que asolaban las calles de su ciudad, no tardó en tomar ejemplo y convertirse en narcotraficante catapultando su carrera y subiendo como la espuma con una simple idea: cooperar y no competir, creando así el Cartel de Medellín. Gacha, los hermanos Ochoa, Leder... fueron algunos de sus socios que ayudaron a crear tal infraestructura.

Como las monedas, Escobar tenia dos caras. La otra cara de Escobar era muy diferente. Amparado en el populismo que inunda las mafias, Escobar no dudo en ayudar a su ciudad natal, generando empleo y viviendas para sus habitantes, regalando dinero en furgonetas, comprando clubes de fútbol... acciones que fueron vistas por sus habitantes como símbolo de gratitud, terminando estos últimos por adorar al líder de la droga. El Robin Hood colombiano para muchos. En 1984 los beneficios del Cartel de Medellín eran de 2.000 millones de dólares al año. No existía nadie en todo Colombia que tuviese más dinero que Pablo Escobar.

Pablo Escobar, nacido para atemorizar, logró lo que muy pocas personas han conseguido: amedrentar las conciencias de toda una nación, tener a todos sus habitantes de rodillas suplicando clemencia. Su paso por la “cárcel”, si se le puede llamar así a un chalet con piscina y campo de fútbol, fue fugaz y una verdadera farsa. Una farsa de la que termino fugándose. Sin embargo, el 2 de diciembre de 1993, Pablo Escobar cometió su mayor error. Por una llamada de teléfono fue localizado por las autoridades colombianas, poniendo fin a su vida en un tiroteo.

Pablo Escobar es una persona de esas que deja huella, una persona que tiene tantos detractores como admiradores, una persona que no pasa indiferente a la historia.

¿La muerte de Escobar acabó con la narco-democracia que asolaba Colombia? No y no lo hará nunca porque el problema no es quién dirija el país, sino que todos se basan en la cocaína para alcanzar el poder. Mientras la cocaína tenga tal demanda, jamás se podrá ganar esta guerra.

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