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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Hacer el bien

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 10 de julio de 2006, 01:08 h (CET)
“Mi madre, mi pobre madre,
me dijo más de una vez:
“No basta que no hagas mal
es preciso que hagas bien”.


Augusto Ferrán

Si nos dejamos influir por el desagradecimiento de las personas, echaremos por el mal camino, porque en estas vertientes del humano vivir no es decisiva la precaución y podríamos caer en la cicatería. Siempre es mejor que el bien se haga aunque no tengamos correspondencia.

Si hubiera que abandonar todo lo que molesta, muy pronto la vida languidecería en inerte ocio. Pero hay otra razón de mayor importancia para que las circunstancias y las ingratitudes no nos hagan sufrir demasiado y es la de que tanto los favores como los prejuicios cuentan por la intención con que se hacen.

El hombre bueno hace sus cálculos de manera tal que siempre sale perdiendo y engrandece el favor adelgazando el agravio. El juez más justo sería aquel que, sin dejar de sancionar, encomendara al olvido la injuria y a la memoria el favor. Y porque aunque no deje de ser cierto que conviene a la justicia dar cada uno lo suyo –al beneficio, la gratitud-, ello es sólo verdad cuando es uno quien hizo el beneficio y otro el beneficiado. Sin embargo, todos, sin excepción, al favorecer a otro nos favorecemos a nosotros mismos y no porque el hombre socorrido nos querrá socorrer y auxiliar el auxiliado, sino porque el precio de todas las virtudes está en ellas mismas y el premio de la obra buena, en haberla practicado. Hay ocasiones en que no es posible ser agradecido más que pareciendo lo contrario y, quizá, nadie estime más la virtud que quien no vacila en perder la reputación antes que perder la tranquilidad de su conciencia. Pero esto, que es cierto, que teóricamente no es discutible, ¿se le puede pedir a nadie en la práctica y en nuestros días, en los que la deshumanización alcanzó a todas las clases sociales, días en los que nadie se sonroja por negar hoy al que defendió ayer y no una vez, sino setenta y siete veces siete? ¿No lo estamos viendo? Por alcanzar el poder, y los “honorarios” que lleva implícitos, dejamos en la cuneta al que cayó en desgracia y lo dejamos, no para recluirnos en un monasterio, sino para subirnos al carro del que hoy es fuerte, ese que puede darnos prestigio y dinero. ¿Y qué? ¿Las gentes desprecian a estas personas de tan escaso valor moral? Nunca, salvo raras excepciones que no podemos dejar de admitir, le importó menos al hombre enfrentarse a las gentes para decirles hoy, que el camino que les aconsejó ayer no es el bueno y para hacerles promesas que no ha de cumplir, desdiciéndose tantas veces como sea necesario. Hoy no es París lo que bien vale una misa, esta se oye por algo más reducido y pagando el precio que sea por ello.

Pero no debemos desmoralizarnos los que somos menos aptos o incapaces para el fariseísmo de nuestro tiempo. La vergüenza se pierde una sola vez y, después, salvo algún mirlo blanco, se continúa por el mismo camino, el único que parece expedito, especialmente en la política. En última instancia deberíamos estar agradecidos a estas personas porque son el espejo en el que no nos debemos mirar, aunque nos enseñen que están en el secreto de las cosas que siempre recomiendan el camino andado, cosas que nunca se extinguen , sino que solo se abaten para incorporarse después. Se marcha el invierno, para que otro año lo devuelva, como se irá el verano para que los meses propios lo restituyan y, cada jornada, el día seguirá a la noche, como seguiremos viendo que una parte del cielo se levanta y otra se hunde con la misma periodicidad. Y como dijo el poeta: “Que te compren no me extraña, / que te vendas.. ¡esos sí!, / y lo que menos comprendo / es que no te extrañe a ti”.

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