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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

La madrina

Pepe López
Redacción
domingo, 9 de julio de 2006, 03:24 h (CET)
Así era conocida entre toda su extensa familia. Todos la llamaban la Madrina aunque no les hubiera “sacado de pila”.

Era una viejecita menuda, encorvada por el peso de sus ochenta largos años, viuda, sin hijos que vivía con su hermana Eloisa, también viuda. Tenían un pequeño patrimonio de fincas rústicas de cuyas rentas se sustentaban.

Iba a misa casi a diario, si sus achaques se lo permitían. La Madrina permanecía continuamente sentada en su sillita baja rezando interminables sartas de Rosarios y ayudando a cualquier cosa que le fuera posible en las tareas de la casa.

De vez en cuando iba a “la Sala”, una espaciosa habitación de altísimo techo, con ricos y antiguos muebles, en cuyo testero principal una enorme vitrina cobijaba una imagen del Corazón de Jesús, del tamaño de una persona normal y allí se quedaba largos ratos desgranando jaculatorias.

Por toda la casa ricos y antiguos muebles heredados de varias generaciones y un “chinero” donde se exhibían los objetos de porcelana más variados, ricos y vistosos.

Una tarde de finales de Agosto de 1936 la turba roja –que había sido rechazada a tiro limpio veinte días antes, en su intento de ocupar el pueblo- reforzada por mineros de Peñarroya y tropas de Carabineros, lograron entrar en el pueblo.

En pocas horas, cerca de dos docenas de “señoritos” (alguno simple jornalero) caían asesinados a las mismas puertas de sus casas y en presencia de sus familiares. Uno de ellos primo hermano de la Madrina y muy próximo a su casa.

La chusma empezó el saqueo de las casas de la gente de derechas o católica. La casa de la Madrina no fue una excepción. Por si su condición de católica no fuera sobradamente conocida por la gente del pueblo, lo delataba una imagen de la Inmaculada en un pequeño nicho de la fachada..

Un grupo de desalmados, acompañado de algunas “milicianas” destrozó la imagen a tiros y a continuación penetraron en la casa para saquearla.

La Madrina, aterrada, vio cómo destrozaban y robaban cuanto podían. El “Chinero” quedó hecho añicos y arrojaron al pozo medallas, rosarios, devocionarios y cuantos objetos piadosos encontraron. La pobre viejecita se refugió en “la Sala” creyendo encontrar refugio, al amparo de la imagen del Sagrado Corazón y tras ella penetraron los malvados asaltantes que, disparando sus escopetas, se ensañaron destrozando la imagen.

Aquello no lo pudo resistir la Madrina. En ese preciso momento cayó fulminada por un ataque de apoplejía y así la dejaron aquellos criminales. Perdió la movilidad y el habla y así permaneció hasta su muerte.

La recuerdo sentada en su sillita baja, rezando continuamente el Rosario y con accesos intermitentes de risa y llanto. Fue la única persona cuya agonía y muerte he presenciado. Tenía el Rosario entre las manos.

Era hermana de mi padre. Era mi tía Ascensión.

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