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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los riesgos del deporte

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 9 de julio de 2006, 03:24 h (CET)
“A los penaltis que tan bien parabas
acechando tu acierto,
nadie más que la red le pone trabas,
porque nadie ha cubierto
el sitio, vivo, que has dejado, muerto”.


Miguel Hernández.

Se dice que el deporte es recreación, pasatiempo, placer y diversión. Puede que así sea para algunos deportistas y espectadores. Pero tiene otros aspectos que, cada vez, toman más protagonismo con un cariz alarmante. Él deporte siempre ha tenido, por un lado, riesgo y tragedia y, por el otro, fama y dinero. En ambos casos, sus líderes así lo pueden confirmar. Sobre todo, los que han conseguido sobrevivir. Y esta es la cuestión.

Siempre se ha dicho, pensado y visto que algunos deportes llevan implícitos el riego y la tragedia, como es el caso de las carreras automovilísticas, las de motocicletas e, incluso los ciclistas. Tristes y desgraciados ejemplos tenemos y cada vez más. Pero no era así, y pasaba lo mismo con otros deportes que, por definición, tenían menos riesgo da acabar en tragedia, casos del tenis, el patinaje, el esquí e, incluso, el fútbol. Pero esto era antes, ahora es otra historia.

Desgraciadamente hoy, el deporte, su interés, su afición y su importancia, se mide por lo que de espectáculo, tensión, atracción, audiencia, etc., tiene. Y por lo vendible que puede ser para organizadores y patrocinadores. Derivado de ello, los riesgos inherentes al puro deporte ya no son los mismos o, al menos, no son los únicos. Automovilismo, motociclismo, ciclismo, tenis y fútbol tienen todos algo de aventura y mucho de riesgo, incluso peligro o amenaza de muerte.

La muerte tiene un precio. Algo así podemos decir si hablamos de automovilismo, de las carreras de automóviles. Sin ir muy lejos –y son claros ejemplos de grandes tragedias- tenemos, en su nivel más elevado, las carreras de Fórmula1. Mientras los bólidos, día a día, se han perfeccionado para ser más rápidos, más potentes, más capaces de optimizar en pista sus posibilidades, las medidas de seguridad no sólo no se han adoptado en el mismo sentido, sino que, se han suprimido las que se llamaban “sistemas de ayuda electrónica al pilotaje”. Es decir , todo aquello como el control de frenos ABS, la suspensión inteligente, los sistemas antiderrapaje, etc., cuyo control y seguimiento podía, en la mayoría de los casos, realizarse desde los propios boxes de los pilotos. Una vez más, la tecnología y la racionalidad han perdido su batalla antes el espectáculo, y sus consecuentes negocios.

Otro espectáculo similar, el del motociclismo. Un deporte que tiene algo en común con el automovilismo. Un espectáculo, sin duda, igualmente apasionante, pero donde todavía hay menos carrocería, y donde se puede decir que los deportistas van subidos en locos cacharros, a la búsqueda del más rápido y más difícil todavía. Las velocidades que se alcanzan son mayores cada vez, y la seguridad no avanza ni puede avanzar en la misma proporción que la tecnología de esos locos cacharros de dos ruedas y poco más.

Con todo ello, parece que los riesgos y amenazas en el deporte están también en proceso peligroso de cambio, en proceso –cuando menos- de revisión, donde imponer normas y reglas técnicas de seguridad no es, ni mucho menos, suficiente. Proteger a todos y cada uno de los deportistas tampoco es posible. Pero, bien parece que ya no funciona muy correctamente lo de la deportividad; la afición y otros objetivos teóricos del deporte. Más bien, parece que en el deporte como en la guerra vale todo, con tal de defender esa nada noble -pero muy productiva , para algunos- misión de primero el dinero, después del dinero y, para finalizar el dinero. Dios salve a los verdaderos deportistas. No en vano decía Quevedo: “Pues que da y quita el dinero / y quebranta cualquier fuero / poderoso caballero / es don Dinero”.

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