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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Para llegar al otro lado

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 9 de julio de 2006, 03:24 h (CET)
Esta semana ha terminado la espera de los jóvenes aspirantes a estudiantes universitarios: aquéllos quienes han tenido que someterse a una prueba de aptitud que separa a los fuertes de los débiles, a modo de selección darwiniana. A día de hoy ya sabemos quiénes son los vencedores y quiénes los vencidos; quién cumplirá sus proyectos y quién deberá optar por el plan B.

Hoy, digo, las cosas ya están absolutamente claras. Solamente cabe esperar el momento adecuado para tramitar matrículas entre desconocidos en idéntica situación. Pero en algún momento ha habido un período en el que la situación no ha sido tan ordenada.

Recapitulemos: durante todo el curso escolar pasado, los estudiantes de segundo de bachillerato no eran más que eso. Por utilizar términos aristotélicos, no eran más que universitarios “en potencia”. Tras la selección, algunos son al fin estudiantes universitarios “en acto”. Correcto hasta aquí.

¿Alguien podría decir la condición de estos individuos durante, exactamente durante la prueba? Algunos dirían que no son ni lo que fueron, ni lo que serán. Otros profundizarían más en esta visión y, al argumento de ni esto ni aquello, dirían que, precisamente por ello, quienes hacen la prueba de acceso a la universidad no son nada. De igual manera que un hombre es soltero antes de su boda y casado tras pronunciar el “sí quiero”, y ni soltero ni casado (nada) durante el proceso.

Nada, en sentido clasificatorio. Es decir, no hay una categoría que pueda abarcarlos, más que aquélla que se utiliza para designar a todas aquellas personas que no están definidas dentro de las clasificaciones generales de la estructura de social.

Esta situación de inclasificación, de indefinición categórica, fue bautizada por Van Gennep como fase liminal. Fase liminal de un tipo específico de ritual: un rito de paso. De paso desde acá hasta allá. Desde la condición inicial hasta la condición posterior. Y tan importante se antojó la fase intermedia para Van Gennep, que ésta define las dos restantes como fase pre-liminal y fase post-liminal.

Lo gráfico de la nomenclatura es absoluto: el limen, el umbral, aquel intervalo de espacio y de tiempo a través del cual debe circular quien pretenda ondear la bandera en la otra orilla.

El período de tiempo necesario para cruzar el umbral puede ser (relativamente) breve o dilatado. Así también la localización puede darse cerca del grupo principal o en un espacio alejado del grueso de la sociedad. Como combinación de estas categorías, encontramos cuatro posibles situaciones: fase liminal cercana a la sociedad y en un largo período de tiempo; alejada de la sociedad y en un período breve de tiempo; cercana al grupo social y en un corto intervalo de tiempo; y alejada de la sociedad durante un largo tiempo.

No creamos que los ritos de paso tienen que ver con pueblos ágrafos y carentes de cultura y de ciencia. Nosotros mismos, el occidente del mundo, creamos y ejecutamos nuestros ritos de paso que demuestran, al fin y al cabo, nuestra procedencia humana. Ejemplos actuales de las cuatro categorías anteriores serían: la adolescencia para la primera; los exámenes de selectividad para la segunda; un casamiento como muestra de la tercera; y el servicio militar como ejemplo de la última.

Sea como sea, la tendencia humana por la superación de fases, tiene la construcción lógica que dice que para llegar a C desde A, es necesario pasar por B. Y, realmente, lo verdaderamente importante es el final, mas es necesario siempre afrontar la indeterminación del período intermedio.

¿Para qué cruzó la gallina la carretera? Para llegar al otro lado.

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