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Etiquetas:   El mundo al revés   -   Sección:   Opinión

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José David Gálvez
Redacción
domingo, 9 de julio de 2006, 03:24 h (CET)
Cada vez más, me veo dentro de una sociedad de consumo en la cual, el fin máximo es poseer un mayor número de cosas, a cada cual mejor, que supuestamente sirven para facilitarnos la vida, aunque esto último es bastante dudoso. Pero hete aquí que existen pequeños trozos de imaginación que sólo sirven para hacernos creer que todos estos productos, son realmente útiles y necesarios para nuestra existencia: los anuncios.

Entre ellos, podemos distinguir varias clases, pero yo, personalmente, he definido un par: por un lado, tenemos aquellos anuncios insípidos que se olvidan de agradar al consumidor y que se basan totalmente en la repetición de una frase o eslogan que adula el susodicho producto; por el otro, tenemos magníficas joyas de la imaginación que agradan al consumidor, y que permanecen en la retina durante años.

No quiero dirigir mi atención sobre los primeros ya que, debido a su absurdo planteamiento casi infantil, son fútiles intentos de convencer al consumidor de que el producto es bueno a fuerza de repetir lo mismo una y otra vez, pero como sabrán, por mucho que se repita algo, no hace que se convierta en realidad.

Sobre lo que realmente quiero hablar, es sobre ésos anuncios que parecen pequeñas películas, que mantienen al espectador clavado en el sofá deseando saber qué nuevo tipo de cachivache presentan. Aquellos en los que los consumidores se fijan y olvidan la película o serie que estaban viendo para dejar paso a la imaginación de los publicistas.

En éstos, se dan magníficas historias cortas que, en algunos casos, podrían servir de inspiración para algún cortometraje o incluso para una película. Considero de éste tipo de anuncios, a aquellos que tienen un argumento, son realmente sorprendentes, o tienen de algún modo una forma de atrapar al espectador sin caer en el uso de la canción del verano.

Me vienen a la mente varios de ellos, tales como el de un coche desmontado por piezas que, golpeando unas contra otras, parecían formar una inmensa hilera de piezas de dominó. Recuerdo algunos más antiguos, como aquel en el que el demonio mismo y sus acólitos, jugaban un partido de fútbol contra las estrellas futbolísticas de la época capitaneadas por el retirado Eric Cantona. Evoco las largas conversaciones sobre aquel anuncio en el que un joven conducía llevando de copiloto a un simio amenazante que lo apuntaba con una ballesta.

Todos éstos anuncios, son bastante buenos a mi entender, pues aún permanecen en mis recuerdos, no como algo irritante cual canción pegadiza de verano, sino como gratos retazos de imaginación que llegaron a animar alguna tarde triste.

Si los publicistas se dieran cuenta de lo mucho que puede significar que un anuncio sea bueno, y actuaran en consecuencia, mucha gente preferiría ver los anuncios antes que según qué películas, pero quizá, los anuncios que ahora considero magníficos, no lo serían tanto.

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