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Tags: Opinión · Internacional · Venezuela
Adiós a Hugo Chávez, el gran rebelde del Patio Trasero
Como eco de una maldición surgida del abismo de los siglos, la enfermedad y muerte de Hugo Chávez dejaron a Latinoamérica sin el más vigoroso adalid de la Patria Grande
Luis Agüero Wagner
@Dreyfusard
lunes, 11 de marzo de 2013, 11:22
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Quienes no simpatizamos con la derecha reaccionaria, siempre creímos que no era para tanto, hasta que el anuncio del vicepresidente Nicolás Maduro en la tarde de este martes nos golpeó contra la realidad. Confiábamos ingenuamente en que, como escribiera Hernández, era imposible tener a un rayo prisionero en una jaula, o imponer a un huracán yugos ni trabas. Parecía imposible, alguien a quien no había quien le pique adelante, ni quien le aguante la carga, como dicen los versos dedicados por el insigne poeta venezolano Andrés Eloy Blanco a Pedro Pérez Delgado, precisamente antepasado de Hugo Chávez.

En su filme Al Sur de la Frontera, el cineasta norteamericano Oliver Stone presentaba las imágenes de un senador ultraderechista vociferando en el Congreso de Washington, intentando convencer a sus pares que el líder venezolano era una amenaza a los Estados Unidos aún mayor de la que en su momento representó Fidel Castro, incluso superior a Osama Ben Laden.

Stone desmintió siempre estas versiones, afirmando que encontró a Chávez como una figura dinámica, carismática, fascinante. Y lamentó que en Estados Unidos se tengan que escuchar unos “cuentos de terror” que lo calificaban de dictador, malo de la película, una amenaza para la sociedad americana.

Los grandes momentos vividos por Chávez fueron muchos, no puede ser de otra manera, tratándose de un personaje de rasgos amerindios que tuvo la insolencia de enfrentar al rey de España, acusar a Álvaro Uribe de ser un criminal, o ser causante de una pelea entre María Conchita Alonso y Sean Penn. No hay duda que era un convencido de que a las maneras de los hombres, los hombres deben respetarlas.

Pero si tuviera que elegir un momento en la vida de Hugo Chávez Frías, me quedaría con el instante en que puso en manos del presidente Barack Obama el libro Las Venas Abiertas de América Latina, del admirado escritor uruguayo Eduardo Galeano. Precisamente ese libro de tan vasta circulación había dedicado uno de sus más sustanciosos capítulos a desentrañar la forma en que la riqueza del subsuelo era, paradójicamente, la responsable de la miseria en países como Venezuela, victimizadas por los imperios de turno. Y que la desdicha que el futuro deparaba a Latinoamérica había sido entrevista por el Libertador Simón Bolívar, quien también había profetizado que Estados Unidos contribuiría con ella en nombre de la libertad.

El escritor guatemalteco Augusto Monterroso escribió que cuando despertó Venezuela, el petróleo esta allí, y las crónicas de los primeros españoles en pisar sus sabanas lo confirman. Ya en 1535 Gonzalo Fernández de Oviedo había consignado en su Historia Natural y General de las Indias la existencia de “este betún o licor”, que parecía que “hierve, bullendo hacia arriba, y corre por la tierra adelante alguna cantidad de tierra y está muy blando entre día y pegajoso, y de noche se hiela con el fresco de la noche”. El escritor Pedro Emilio Coli, ministro de Fomento de Juan Vicente Gómez, escribía hacia 1913 que “el petróleo, ese codiciado combustible que las condiciones del progreso industrial hacen ya indispensable, ha dejado de ser tesoro escondido en las entrañas de la tierra venezolana”.

Eran los tiempos en que, como lo escribiera Galeano, los mismos centinelas habrían las puertas al despojo. Y la oligarquía empezaba a jactarse de hablar inglés. Para 1956, el francés Pierre Fontaine historiaba que el general Juan Vicente Gómez era considerado por muchos como el más cruel de los tiranos que existió en el siglo XX. Con tal de llenar sus arcas, Gómez había hecho todo lo posible para que las empresas extranjeras se llevaran el petróleo que quisieran, llegando a reducir al pueblo a la esclavitud. Se hizo rico por encima de toda imaginación, y lo testimoniaba su faraónica casa de campo en Maracay, donde falleció en 1935. Las crónicas hablan de las fastuosas fiestas que daba en ellas, donde asistía toda su corte, para disfrutar del dinero entregado como soborno por Deterding y Rockefeller. Ya por entonces proliferaban en sus alrededores los clubes de golf, y se había mandado construir una tubería de 147 kilómetros sólo para llenar una magnífica piscina.

Eso mientras los pobres debían comprar el agua de las lagunas, transportada por niños en sus espaldas como si fueran bestias de carga, en recipientes vaciados de gasolina. Un barril de esa agua tibia y aceitosa costaba entonces unos diez centavos, consignaba Fontaine. Gómez no solo se apropiaba de los impuestos recibidos por la explotación de petróleo, también de las fuertes sumas que constantemente entregaban los británicos y estadounidenses interesados en las concesiones de explotación. Los carenciados, los indígenas y los presos políticos eran utilizados como mano de obra esclava para construir largas carreteras, que facilitaban el ingreso de las petroleras a las regiones concedidas. Muchos encontraron la muerte en las malsanas selvas tropicales y terribles pantanos. Sobre esas iniquidades Venezuela se convirtió para 1929 en el segundo productor de petróleo del mundo con 138 millones de barriles. Dicen las crónicas que las fronteras del país, por entonces, solo se conocían a través de las fotos aéreas que las petroleras habían encargado a sus aviadores.

Después de este pintoresco dictador, la propiedad del petróleo y la distribución de las ganancias se mantuvieron inalterables por décadas. Recuerdo una poesía del rock Latino, refiriéndose a los conquistadores europeos que invadieron las tierras del nuevo mundo, que decía que “nos dijeron cierra los ojos, dame la tierra, toma la biblia”. Con el tiempo, la frase se convirtió en “dame el petróleo y toma el manual de USAID”. La expresión “Patrio Trasero” adjudicada a Latinoamericana se hizo tan común que hasta la secretaria de estado Hillary Clinton la utilizó en una Cumbre de las Américas, sin percatarse que se trataba de una definición peyorativa.

Según los partidarios de Hugo Chávez, recién con su llegada a la presidencia, las ganancias del petróleo pasaron a ser de verdadera utilidad pública. Pero la derecha reaccionaria nunca perdonaría a Chávez su condición de líder de izquierdas lleno de dinero, su desafío al poder mediático y lo que es peor, su tendencia a utilizarlo en programas sociales. Como lo expresara la presidenta Cristina Fernández, Venezuela tenía por primera vez un presidente que se parecía a su pueblo. Y también a su historia. Es que a Hugo Chávez la rebeldía le corría por la venas, dado que un bisabuelo suyo, que había sido oficial de Juan Vicente Gómez, desertó para iniciar actividades guerrilleras contra el gobierno de su país, por entonces abocado a entregar pozos de petróleo a empresas extranjeras. Pedro Pérez Delgado, el mítico guerrillero Mai Santa, sería hecho prisionero en 1922 y encarcelado en el Castillo de Puerto Cabello. Ahí sus enemigos lo envenenarían con vidrio molido, tal vez anticipando lo que vendría.

El tiempo dirá si el terreno ganado al imperio norteamericano en América Latina se expande o reduce, con la ausencia definitiva de un líder anti-imperialista extraordinario. Pero como dicen los versos de “El último hombre a caballo” de Eloy Blanco, se nos antoja que este adalid que el martes nos dejó “aun muriendo sigue gritando ¡Mai santa!...y que su grito de guerrillero sobre la muerte resbala, y salta del calabozo, y navega y desembarca, y se encabrita en los riscos del cerro de Guacamaya”…y como en la imagen del poema, parece que toda la sed de esta tierra se va en una fuga espantada.
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