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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El del Credo

Pepe López
Redacción
sábado, 8 de julio de 2006, 01:44 h (CET)
Le conocí personalmente en la primavera de 1937, en plena guerra civil en la zona roja. El ostentaba el pomposo título de “Presidente del Comité de Administración de Fincas Rústicas incautadas a los facciosos”. Yo –con doce años- era escribiente en dicho Comité, en el que la mayoría de los camaradas miembros eran analfabetos.

Era bajo, cetrino, ojos pequeños y vivarachos, con un enorme pistolón pendiente de una correa ceñida a su cuerpo en bandolera y un pañuelo rojo al cuello. Nunca fué al frente. Su labor estaba en la retaguardia.

Había estado en prisión unos meses porque había cometido un asesinato en los primeros años de la República. Y tan corta prisión para tan grave delito se debió a la amnistía concedida por el Frente Popular al ganar las elecciones en Febrero de 1936

Era conocido en el pueblo con el apodo de “El del Credo• porque al salir de la cárcel fué a la Parroquia con la novia y sus familiares para “tomarse de dichos”.

En aquellos tiempos en que no existían los Cursillos Prematrimoniales, el Párroco preguntaba a los novios algo de catecismo para instruir el expediente matrimonial.

La novia salió más o menos airosa del trance, pero él no supo decir el Credo. Y como el Párroco entendiera que el Credo contiene las verdades fundamentales de la fe, le pidió que volvieran a la semana siguiente con el fin de que tuviera tiempo de aprenderlo.

Los familiares le rogaron y suplicaron que lo aprendiera y no lo hizo. Era uno de los pocos anarquistas que había en el pueblo.

No obstante volvieron los novios a la Parroquia con la esperanza de que el Párroco fuera más flexible. Y, al preguntarle nuevamente el Credo, el novio contestó que “ni lo sabía ni lo quería saber”. Ante tan rotunda contestación el Párroco se negó a casarlo. Y, desde entonces, fué conocido por “El del Credo”.

Muy pocas semanas después empezó la guerra. El del Credo mostró sus sanguinarios instintos,” dando el paseo” al pobre Cura, quien seguramente fué camino del Cementerio rezando el Credo con todo fervor.

La casa en que estaba instalado el Comité, -y donde yo, a mis cortos años, era escribiente a las órdenes de aquel asesino analfabeto- era propiedad de Don Jacinto. uno de los ricos hacendados del pueblo, que tenía gravemente perturbadas sus facultades mentales.

El 25 de Agosto de 1936 los rojos ocuparon el pueblo (que fué uno de los últimos en rendirse del Valle de los Pedroches) y aquella misma tarde dieciocho desdichados fueron asesinados en las mismas calles del pueblo y la mayoría en presencia de sus aterrados familiares.

Unos días después El del Credo fué con unos “camaradas” a casa de don Jacinto con las aviesas intenciones que son de suponer y, al ver el pobre loco cómo saqueaban y destrozaban muebles, cuadros y todo cuanto encontraban, se abalanzó sobre el anarquista y a punto estuvo de estrangularlo si no lo hubieran impedido los camaradas saqueadores.

El del Credo recobró la serenidad y ordenó a sus acompañantes que dejaran tranquilo a Don Jacinto y se marcharon. Aquella misma madrugada volvieron a la casa, lo sacaron violentamente y no le dieron tiempo a llegar al cementerio.

Este relato se lo oí contar a él mismo, sin advertir que yo estaba presente.

Pues bien, al del Credo no le alcanzó la “represión franquista”. No tuvo posibilidad de huir cuando el 26 de Marzo de 1939 los soldados de Franco, bajando arrolladoramente del Puerto Calatraveño, me dieron la alegría más grande de mi vida librándonos del infierno rojo. El del Credo se aplicó, suicidándose, la pena de muerte que tenía más que merecida.

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