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Opinión
Etiquetas:   Moral   Animalismo   CAza  

Vileza humana

A la caza del Oso Polar: última aventura para pudientes inquietos
Francisco J. Caparrós
miércoles, 14 de agosto de 2019, 02:36 h (CET)

No resulta sencillo dar pábulo, así como así y por las buenas, a un titular de supina extravagancia como el que subtitula estas líneas, máxime aun cuando la tribuna desde la cual su original ve la luz por vez primera resulta ser, cómo no, Internet.

Tampoco es que los vehículos de información pública considerados medianamente serios suelan abstenerse, aunque sólo sea por higiene moral y como se dice vulgarmente, de arrimar la ascua a su sardina, con el consiguiente adoctrinamiento de quienes les siguen, pero lo que ocurre en la Red no tiene parangón ni con el Nodo, aquella especie de noticiario documentado afín al régimen franquista, creado para instruir en sus directrices más rancias a la población española de la época.

Sabiendo a ciencia cierta que los osos polares se encuentran en peligro de extinción, ¿quién, con dos dedos de frente, se va al Ártico para cazarlos por placer? Que otra cosa muy distinta es hacerlo como medio de subsistencia, obviamente. Pues bien, al parecer existen empresas que se dedican a organizar incursiones por los territorios helados del Norte en busca de ese animal, cuya muerte se utiliza como divertimento para ricos que no tienen más que serrín en la cabeza.

Atesorar tanta astucia para ganar dinero, como estupidez para dilapidarlo, me da a mí que no es normal. Qué parte de la frase, el oso polar corre un serio riesgo de extinguirse por culpa de la progresiva desaparición de las zonas que constituyen su hábitat habitual a causa del deshielo, no acaban de asimilar, es una pregunta que no dejo de formularme con el ansia de encontrar, acaso en la morfología más que en cualquier otro aspecto de su gramática, la prueba fehaciente de la ligereza de tanto inconsciente como circula por determinados ámbitos sociales; y la respuesta con la que me doy de bruces, no puede ser más desalentadora: antes de tener dinero, si es que en algún momento de sus rocambolescas vidas acaso no lo tuvieron, ya eran suficientemente estúpidos.

Todo ello viene a sustentar la idea de que el hábito, tampoco en este caso concreto, hace al monje, sino que lo estigmatiza todavía más si cabe. Llevándonos a concluir que, tanto la vileza como la estupidez humana, no conocen más límites que los que quienes tienen tamaña responsabilidad, establezcan políticas integradoras que no sustenten ni alberguen en su seno semejantes disrupciones de conducta.

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