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Etiquetas:   Artículo taurino   -   Sección:   Toros

La goyesca de Ronda

Ignacio de Cossío
Ignacio de Cossío
miércoles, 18 de abril de 2007, 22:52 h (CET)
Ronda es lo Romero y lo Ordóñez. Su paisaje romántico frente a su bicentenaria plaza de piedra nos invita sumergirnos en el pasado de cada rincón de esta serranía romana, árabe y cristiana sobre la roca, siempre en actitud de suicidio ante las cálidas aguas del Tajo. Todos los años se produce un singular milagro por las fiestas septembrinas de Pedro Romero, Ronda despierta de su letargo y vuelve a nacer el recuerdo del pasado con la fuerza de lo auténtico.

Veintisiete años después de la primera corrida goyesca celebrada en Zaragoza, bajo el deseo de recaudar fondos con los que celebrar al año siguiente el centenario de la muerte del pintor maño Francisco de Goya, nace en Ronda la tradicional corrida goyesca, la más antigua y prestigiosa de España.

El cartel de aquella efeméride inaugural, en la forma de concurso de ganaderías, que homenajeará al gran Pedro Romero en el segundo centenario de su nacimiento, hace ahora más de medio siglo, lo completarían Cayetano "El niño de la Palma" (Hijo) y dos maestros ilustres de aquellos años 50, como fueron Antonio Bienvenida, encarnando la elegancia y la naturalidad del toreo; junto a un César Girón, lleno de raza y poderío.

Antes de recordar las grandes efemérides de las corridas más destacadas de este ciclo goyesco, es obligado adentrarnos en el espíritu del mismo, ya que permanece indeleble en el recuerdo una de las estirpes taurinas más importantes del toreo: la de los Romero.

El patriarca de la casa fue Francisco Romero y Acevedo que pese a nacer en Málaga el 12 de mayo de 1665, como torero se hizo en Ronda. Francisco Romero es el primer torero moderno que decide organizar las cuadrillas, utilizar el uso del estoque para matar al toro y hacerlo propio con la muleta para torear. A sus toros solía matarlos de frente dejando la espada, algo hasta ese momento increíble y revolucionario. Como antes decíamos, fue este diestro el fundador de la dinastía de los Romeros, padre de Juan, el que mantiene el pulso con Costillares y, a su vez abuelo del gran Pedro y de sus hermanos Antonio, José y Juan Gaspar. El nieto de Francisco, Pedro Romero Martínez acabó con el reinado en los ruedos de los diestros sevillanos Costillares y Pepe Hillo. Francisco Romero, oscurecido injustamente por la relevancia de su nieto Pedro, ha sido uno de los toreros más importantes que ha dado la historia del toreo formando parte decisiva del nacimiento del toreo clásico tal y como hoy se conoce.

Los inicios de Francisco Romero nos emplazan a las últimas corridas caballerescas como paje, tanto en Madrid como en Sevilla, celebradas en 1723. Su permanente lucha por la supremacía de rango frente a los picadores pareció entonces no llegar a buen cauce en muchos de los casos, pero el simple hecho de aquella pugna le convierte en el primer precedente de aquel cambio que luego se produciría inexorablemente. Francisco, siempre en contra del concepto del toreo vasco-navarro tan llenos de recortes como de quiebros frente a la cara del toro, logra años más tarde otro de sus grandes hitos, la constitución de la primera cuadrilla en donde los banderilleros asumen el papel de colaboradores del maestro. A él se le atribuye también el invento de la muleta colocando un palo a la capa, aunque otros autores se lo adjudican a Manuel Bellón "El Africano", registrándose dicho acontecimiento en la localidad gaditana de San Roque. Romero describe en su faena la idea de la lidia contemporánea dividida en tres fases: primero el encuentro del toro con las varas, luego las banderillas y finalmente darle muerte al animal.

Desgraciadamente Costillares, mucho más joven que el patriarca de los Romero, lo desplazaría años después con sus novedosas suertes, de un lado la verónica y de otro el volapié. No sería hasta la aparición del nieto del primero, Pedro Romero, que se recuperaría el legado de su abuelo apoyándose en su mayor virtud el poder, ante todos los 5600 toros que estoqueó, a excepción de aquel toro navarro en Egea de los Caballeros que según las crónicas de la época le alcanzó de tal manera que le llegó a romper incluso los calzones.

Exigió la preterición de todos los toreros en los carteles y se les respetó. Es decir, Romero se saltó a la torera -nunca mejor dicho- la antigüedad, y aún siendo más moderno que la mayoría exigió torear el primero y ser el director de lidia. Nadie se le opuso y todos sin excepción acataron su exigencia, algo que sólo lograría él y el diestro chiclanero Paquiro en toda la historia de la tauromaquia. Así le cantaba Gerardo Diego al torero rondeño:

"Dicen que hubo un torero que cuando hacía el paseíllo, el sol perdía su brillo. Se llamó Pedro Romero"

El toreo rondeño se basó durante aquella época en la sobriedad y en la efectividad, en el buscar una buena estocada y el dominio del toro más que la vistosidad de las suertes potenciada por el toreo sevillano durante aquellos años. En aquel momento el toreo era de mucho movimiento y apenas pudo existir lo que hoy conocemos por hondura. Pero esa hondura y quietud pudo venir después con Antonio Ordóñez de una forma notable. No debemos olvidar tampoco que el toreo que hoy conocemos no es otro que la fusión de la escuela rondeña con la sevillana.

El impulsor de la goyesca de Ronda fue precisamente el primogénito de Cayetano, "El niño de la Palma", que luciría su mismo nombre y apodo, hasta casi con la misma alegría, bondad y torería que desde siempre caracterizó a su antepasado. Aún se recuerda en Las Ventas una de sus valerosas tardes con salida a hombros incluida tras estoquear a un Pablo Romero en el año 58 junto a Rafael Ortega, César Girón y mi tío el rejoneador Josechu Pérez de Mendoza.

Llegado a este punto, quisiera recordar también a su padre Cayetano, íntimo de mi tío José María de Cossío, oscurecido por el alcance artístico de sus descendientes, al igual que le sucediera al patriarca de los Romero. Él crea con su irrupción en los ruedos una revolución hasta entonces desconocida. Maestro completo en el concepto más gallista del toreo, dados sus conocimientos privilegiados del toro y de las suertes, pertenecía a esa lista de maestros destacados por su empaque y elegancia ausente de dramatismos y ventajas. Pocos como él supieron aunar en sus primeros años de profesión la escuela de José y Juan, convirtiéndose en un adelantado a su tiempo, intuyendo inconscientemente la llegada del neoclasicismo en el toreo, que sí se advertiría años más tarde en su hijo Antonio, llamado a convertirse en su mejor representante.

Con Antonio Ordóñez, paladín de la pureza y el clasicismo, unido a su empaque y gallardía, se unen la corriente estética belmontista con la colocación manoletista. Muleta y capote los dominó como casi ninguno. Con el capote se hacia viva su verónica honda y profunda, llena de elegancia y rigor, con una majestuosidad increíble. La clase de su toreo es evidente en cada tarde y parece cubrirlo todo. Prueba de ello fueron sus doblones llenos de sabor con los que iniciaba las faenas. Su constante preocupación por la búsqueda de la perfección del arte de torear le convierten por sí solo uno de los grandes maestros que más regularidad adquirieron en el tiempo. Con aquel Ordóñez de los dorados años sesenta, en plenitud de facultades, haciendo con su verónica y especialmente con su toreo en redondo todo lo antiguo e inimaginable, parece que el toreo por vez primera se tome una pausa para ver fusionarse lo clásico con lo revolucionario.

Lo nuevo, lo viejo y lo desconocido le eran propios, de forma que recogía las suertes clásicas y en su interpretación las hacía más acabadas. ¡Qué grandeza la suya al pasarse al toro por delante, en el pase de pecho final! Parecía que todo quedase dormido a su alrededor, quieto y expectante. No solo fue un torero con categoría artística impar; poseyó además un descomunal valor y logró en su espléndida madurez -algo vedado a los demás hasta llegar él- aquella regularidad en la perfección más clásica, pese a sus muchísimos percances y cornadas.

Las corridas goyescas nacen y se continúan ininterrumpidamente bajo el amparo de dos generaciones de los Ordóñez, salvo un breve paréntesis de dos años, consolidándose como las más antiguas y prestigiosas de todas. Tan sólo la más moderna del país organizada por la Comunidad de Madrid para celebrar el 2 de mayo en la madrileña plaza de Las Ventas desde hace 10 años, mantiene junto a la nuestra rondeña, tan distinguida tradición.

De las corridas de la época que conocieron los Romero y que pintara Francisco de Goya, celebradas con asiduidad antes de la Guerra de la Independencia apenas queda ya nada, salvo los ternos. Aquellas se desarrollaban durante una jornada completa, participando hasta casi una veintena de reses de seis o siete años para cuatro o cinco matadores, acompañados de casi una docena de banderilleros por coleta. En los años veinte del siglo XIX esta costumbre se partiría en media jornada, tal y como hoy en día la conocemos. En éstas se podían observar muchas curiosidades, actualmente impensables con el paso de la modernidad y su evolución. Así observaríamos a los picadores con sus caballos desprovistos de petos avanzar por delante de los matadores durante el paseíllo hasta colocarse en sus terrenos para no abandonarlos durante la lidia. No sería hasta Paquiro cuando todo esto se invierte; también al final de cada faena llegaba la suelta de los perros para sujetar las embestidas de toro y se practicaba la suerte del desjarrete con la media luna para acabar reduciendo al animal. Los vestidos de los maestros, especialmente los rondeños solían ser de terciopelo y sin adornos, la corrida era interpretada como una gran fiesta de gala en donde tampoco faltaban los dominguillos y mojigangas, intentando representar una escena del Quijote con toros en medio.

La famosa corrida de toros Goyesca de Ronda, evento que organizó el maestro Antonio Ordóñez durante cuarenta y dos años consecutivos, es una parte esencial de la historia taurina de esta ciudad y de la historia de la Fiesta en general, pues su alcance internacional no conoce fronteras y son muchos los visitantes que la llenan cada tarde. Es un largo peregrinaje desde cualquier rincón del orbe mundial en busca de reencuentro con el pasado. Tras la muerte del maestro en 1998, su nieto Francisco Rivera Ordóñez tomó el relevo de su abuelo y continuó la obra, simultaneándolo con su propia carrera profesional.

Todas las corridas tuvieron y tienen algo para recordar, pues son fruto y muestra de cinco décadas del toreo capitaneadas por las máximas figuras del momento, torear en Ronda es como torear el Domingo de Resurrección en Sevilla, actuar en este coso es todo un privilegio pues no es sólo una cita con la fiesta sino también con la historia de la cultura española; junto a la presencia los dos anfitriones, Antonio Ordóñez puro clasicismo y empaque; y Francisco Rivera Ordóñez, arrojo y mando; algunos de los representantes de aquellos carteles fueron en los años 50, Julio Aparicio, largura y dominio; y César Girón, raza y poderío; en los años 60, Paco Camino inteligencia y sutileza; en los años 70, Francisco Rivera "Paquirri", casta y pundonor; y José María Manzanares, temple y compás; en los 80, Juan Antonio Ruíz "Espartaco", la profesionalidad personificada; y Paco Ojeda, el genio fugaz; en los 90, Enrique Ponce la clase y la sabiduría de un superdotado; Joselito, variedad y torería; y José Tomás, el tremendismo con clase; en el 2000 con Ponce también y Julián López "El Juli" entre el enciclopedismo y el prodigio de la casta.

Tardes para la historia de las goyescas de Ronda, fue aquella tarde de 1960 en la que nació como torero Rafael de Paula en la corrida de su alternativa teniendo a Julio Aparicio como testigo y a Antonio Ordóñez de testigo frente a los atanasios. Nunca dos verónicas tan majestuosas coincidieron antes. Hondura gitana y temple inacabable. Otra tarde imponente fue la del año 1965 en la que Antonio Ordóñez corta todo lo posible tras dos gloriosas faenas junto a Bienvenida, Corbacho y Bohórquez. No debemos olvidar la goyesca de los Núñez con Ordóñez y Camino de 1975 siempre en dura pugna; la última goyesca de Antonio junto a Paquirri, con sabor a despedida y aires gloriosos barbateños, cuatro años después sería Paquirri quién nos dejaría; o la apoteósica tarde de Paco Ojeda en solitario en 1987.

Este año dos Rivera Ordóñez se medirán en Ronda, el último de los Cayetano tomará la alternativa y todo volverá a nacer de nuevo como en aquella zapatería llamada La Palma en donde Corrochano cantó al patriarca de los Ordóñez aquello de: "Es de Ronda y se llama Cayetano.el nombre es de torero; el pueblo también. Condiciones tiene, yo las he visto".

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