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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

La felicidad

Francisco Rodríguez
Francisco Rodríguez
jueves, 6 de julio de 2006, 01:32 h (CET)
Estaremos todos de acuerdo en que el deseo de ser felices está presente en todas las personas, aunque sea más difícil determinar lo que cada uno entiende por felicidad. Unos creen que la felicidad es la salud y la ausencia de inquietudes y problemas, otros el poseer riquezas, otros el placer sin límites, otros la encontrarán en las drogas o el alcohol, otros en el poder, la fama o el éxito, otros en el amor que se da y se recibe, otros en el odio y la venganza. Pero el denominador común de todas las acciones humanas parece ser la búsqueda de la felicidad, consista ésta en una cosa u otra.

Decía Aristóteles en su Ética a Nicómaco que “la vida feliz es la que es confor- me a la virtud, vida de esfuerzo serio, y no de juego y declaramos mejores las cosas serias que las que mueven a risa y están relacionadas con el juego, y más seria la actividad de la parte mejor del hombre y del mejor hombre, y la del mejor es siempre la parte más excelente y la más feliz”. (Libro X, 6)

Examinemos lo que decía Aristóteles en el siglo IV a.C. y veamos si ello tiene validez hoy. La virtud no está de moda. Si acaso, llamamos virtuosos a los que tocan un instrumento musical: virtuosos del violín, la viola o el piano. La palabra virtud no forma parte de nuestras conversaciones habituales lo cual me parece sintomático. No apreciamos las virtudes cuando ellas deberían ser las que configuraran nuestras actividades desde lo mejor de nosotros mismos. Pero si no usamos la palabra virtud ¿por qué otra la hemos sustituido? Un instrumento se queda obsoleto cuando puede ser sustituido por otro que funcione mejor, pero en el caso de la virtud, como la forma más noble y razonable de actuar, parece que la hemos sustituido por la comodidad y el capricho que no parece que sean formas nobles ni razonables. La vida de esfuerzo serio y no de juego tampoco parece ser algo aceptado por la mayoría de las personas, que buscan obtenerlo todo con el mínimo esfuerzo y revindican constantemente el juego, la actividad lúdica, sea ésta el sexo irresponsable, el entretenimiento , la distrac- ción o al menos las vacaciones y los puentes.

Las cosas serias que Aristóteles declaraba mejores que las demás y la actividad de la parte mejor del hombre y del mejor hombre, eran las que llevaban a la intelección de lo bueno, lo bello y lo verdadero, en definitiva a la vida de contemplación, que lejos de ser una actitud pasiva es la que requiere el mayor y mejor esfuerzo del hombre, el esfuerzo de su inteligencia para buscar la verdad y vivir de acuerdo con ella. Tampoco esto está de moda. Se ha sustituido por el abandono de tal búsqueda y la aceptación de una cómoda doctrina: el relativismo. Todo es opinable y todas las opiniones son equivalentes. No hay que esforzarse en razonar sino solo en opinar o más cómodo aún: aceptar las opiniones que nos sirven los medios de comunicación. La única verdad que se acepta es la que aparece como científica, aunque las verdades científicas son siempre provisionales como explicó Popper.

En cuanto a lo que decía Aristóteles “del mejor hombre” no coincide desde luego con las actitudes actuales en las que los mejores, los que piensan en libertad y buscan la verdad, son escasamente conocidos frente a los famosos de turno tan relacionados con el juego.

¿Podemos hacer algo frente a todo esto? Pienso que utilizar la mejor parte de cada uno de nosotros: nuestra inteligencia, nuestra razón, abandonar la comodidad y llevar una vida de esfuerzo serio conforme a la virtud, para encontrar lo bueno, lo bello, lo verdadero. Por este camino podremos encontrar una felicidad más noble, más duradera, más saludable. Recordemos el título del libro de Lou Marinoff: Más Platón y menos Prozac.

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