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Etiquetas:   Momento de reflexión  

Padrenuestro y perdón

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 6 de julio de 2006, 01:32 h (CET)
No resulta fácil tratar el tema del terrorismo y de las víctimas que ha producido entre nosotros en un clima tan crispado como el que se da por razones políticas. Así y todo, me atreveré a dar una pincelada. El próximo 12 de julio hará nueve años que fue asesinado Miguel Ángel Blanco. Lo que me mueve a escribir este comentario son las palabras que Mari Mar Blanco, hermana del edil asesinado dirigió a los familiares de los etarras que trucaron la carrera política del concejal de Emua: “Vergüenza os tenía que dar tener un hijo asesino”, “Reíros, reíros, que más me voy a reír yo cuando vea a vuestros hijos pudriéndose en la cárcel”.

Estamos tratando los sentimientos de una persona cuyo hermano fue asesinado a sangre fría. No puede dar rienda suelta a las emociones. Debe controlarlas. En caso contrario será la primera perjudicada. Las emociones pueden ser muy sinceras, pero no siempre son inocuas: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso, ¿quién lo conocerá? Yo el Señor, que escruto la mente, que pruebo el corazón,, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras” (Jeremías, 17:9,10). La expresión natural de los sentimientos hacia los enemigos no exige esfuerzo alguno. Las enemistades, las discordias, las rivalidades, las iras y los odios, salen espontáneamente. Son el producto que el árbol malo produce espontáneamente.

Hoy, cuando he empezado a escribir el borrador del presente artículo he asistido a un entierro. El cura ha leído en voz alta el Padrenuestro. ¿Cuántas veces no lo habremos oído en los funerales a los que hemos asistido, o lo habremos leído en las esquelas que se distribuyen? El Padrenuestro lo conocen incluso quienes raramente entran en un templo cristiano. Las escenas mortuorias de las películas se encargan de hacerlo llegar hasta sus oídos. Esta oración que Jesús compartió con sus oyentes para que aprendiesen el contenido básico que habían de tener sus peticiones a Dios, forma parte del discurso que pronunció y que se conoce como el Sermón de la Montaña, dice entre otras cosas: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mateo,6:12).

Son muchas las personas que pedalean con Mari Mar Blanco subidas en el mismo tándem, cuando ante la violencia ejercida en la propia persona o en la de algún allegado, responden con odio. Quisiera no equivocarme. Pienso que la muchedumbre que asiste a las manifestaciones convocadas por los familiares de víctimas del terrorismo pidiendo a gritos que el gobierno no inicie un diálogo con ETA para acabar con el terrorismo, además de la manipulación política, se esconde el odio en las profundidades del alma.

Jesús, en el Padrenuestro, la oración modelo que debe inspirar las plegarias que brotan de nuestros corazones nos enseña a amar a nuestros enemigos. Creo que por dos motivos principales. Primero, porque odiar significa ponerse al mismo nivel de la persona que nos ha dañado: “Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable de juicio, y cualquiera que diga: Necio a su hermano, será culpable ante el concilio, y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego” (Mateo,5:22). En estas palabras, Jesús no condena hechos que puede condenar un tribunal de justicia, sino emociones y palabras que ya es más difícil que sean condenadas por un tribunal.

La otra razón por la que no es recomendable incubar sentimientos de odio es porque estas emociones nutren a unas alimañas que desgarran por dentro. No es nada bueno fomentar el odio porque el primer perjudicado es quien lo alimenta. A la persona odiada no le afectan lo más mínimo. Es una pérdida de tiempo malgastarlo en algo que no sirve para nada que no sea en perjuicio propio.

Jesús termina el Padrenuestro con unas palabras que deberían movernos a dedicarles un momento de reflexión porque tienen trascendencia eterna: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial".

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