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Etiquetas:   El mundo al revés   -   Sección:   Opinión

Panem et circenses

José David Gálvez
Redacción
jueves, 6 de julio de 2006, 01:32 h (CET)
Nunca he conocido una manera realmente buena de comenzar un escrito. A veces, he optado por la socorrida técnica de empezar introduciendo el tema con una frase célebre que algún privilegiado usó alguna vez para explicar su estado de ánimo en ciertos momentos, y sobre diversos temas.

En éste momento, la frase que más podría coincidir con mi opinión del mundo, es una que fue pronunciada por el poeta latino Juvenal haciendo referencia a la táctica de varios emperadores romanos para mantener contento al vulgo durante cualquier época. La frase “Panem et circenses” describe, desde mi punto de vista, la mayor parte de la situación actual de la humanidad.

Desde hace mucho vengo observando que la humanidad, se encuentra inmersa en una burbuja de la que no puede escapar. Todas las personas, somos presos de las garras de ésta burbuja que nos tiene controlados, y que dirige nuestras vidas. Estamos a su merced.

La burbuja a la que me refiero, formada por todos los medios de comunicación, los rumores falsos, e incluso nuestra propia educación desde que somos pequeños, controla nuestras vidas orientándonos al consumismo y al desapego absoluto con nuestros congéneres.

El continuo bombardeo de anuncios en los que los protagonistas son personas con cuerpos perfectos, blancas sonrisas y magníficos coches, nos impulsa a fijar como objetivo de nuestras vidas el acabar teniendo ésa imagen. Nos impulsa a transformar nuestra propia individualidad en algo nimio y sin importancia, para dejar paso a la existencia superficial y a la ausencia de distinción entre las personas.

Se nos propulsa hacia un futuro en el que todos seremos literalmente iguales, olvidando todas las preocupaciones y sentimientos humanos. Se nos muestra a diario la mutilada cara de un mundo deshumanizado y se nos indica que debemos pensar que la única forma de acabar con él es precisamente convertirse en seres sin sentimientos, que no le den importancia a aquellos que nos son ajenos, a los desastres, y a las pérdidas humanas.

El circo de la guerra y las desgracias ajenas, nos mantienen ocupados mirando al exterior para no ver nuestras propias desgracias. La única diferencia con los romanos es que, ésta vez, el pan está compuesto por las baratijas de la sociedad de consumo, y lo único que alimenta es el propio ego.

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