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Etiquetas:   Accidente metro Valencia   -   Sección:  

Adiós, compañeros

Herme Cerezo
Herme Cerezo
lunes, 12 de febrero de 2007, 11:08 h (CET)
Todos los días a eso de las siete de la mañana, minuto arriba, minuto abajo, como muchos otros ciudadanos, valencianos de origen o residencia, escalón arriba, escalón abajo, desciendo por la boca del metro de Jesús, la fatídica estación que hoy, a eso de la una de la tarde, ha visto sacudidas sus entrañas por el descarrilamiento de un tren de la línea 1. Al parecer, el convoy ha volcado al tomar la última curva, la misma curva que recorren sin incidencias más de cien convoyes del metro al día, desde hace casi veinte años. Según las mismas fuentes no les faltaban muchos metros para alcanzar su objetivo: el andén. Pero no han podido. Algo así como el corredor de fondo que, desfallecido, no alcanza su meta. De haberlo conseguido, de haber llegado a las letras negras sobre fondo amarillo que dicen Jesús, habrían apretado los pulsadores para abrir las puertas como cada día, habrían ganado el andén, habrían enfilado el camino que accede a las escaleras mecánicas (que por cierto llevan mucho tiempo sin techo), habrían introducido sus boletos en los tornos y habrían salido a la superficie.

Pero no ha sido así. Los supervivientes han peleado por sus vidas, evacuando los vagones yertos por sus propios medios, rompiendo a patadas los cristales de emergencia, para ganar la salvación a pie, a la palpa, a través de los sinuosos vericuetos de los túneles oscuros, donde siempre es de noche aunque sea mediodía.

Y es ahora, cuando ya han pasado más de ocho horas de la tragedia, cuando todavía no se conocen las identidades de los fallecidos, ni su número exacto, cuando se ignoran las causas del accidente (exceso de velocidad, salida de una rueda, descarrilamiento atípico... qué mas da, lo jodido es que se produjo), cuando la duda me corroe y me horroriza.

Y un baile de preguntas asalta mi mente.

¿A cuál de todos mis compañeros del viaje de las siete de la mañana no volveré a ver nunca más?

¿A la muchacha de la mochila rosa?

¿A los ecuatorianos que nos despiertan a todos con sus voces?

¿Al señor calvo, con gafas, bigote canoso y gesto serio que mira hacia ninguna parte?

¿A la peruana que dormita en el vagón, apoyada en el hombro de su pareja, mientras el metro desgrana estaciones?

¿Al hindú del turbante, barba cerrada y ojos claros?

¿A las dos chicas que, en el andén contrario, comentan los programas de la televisión de la última noche?

¿Al joven del emepetrés que zarandea cada día su cabeza al ritmo digital de sus canciones?

¿A cuál, Señor, a cuál?

Sólo dos cosas puedo hacer por ellos: entonar una plegaria y escribir para dejar constancia de su memoria anónima.

Y eso hago.

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