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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Las colinas tienen ojos': antes Nuevo Méjico, ¿después Mururoa?

Pelayo López
Pelayo López
domingo, 10 de septiembre de 2006, 19:48 h (CET)
Curiosamente, el mismo día en el que se estrena una interesante reflexión sobre el tráfico de armas -protagonizada por "el señor de la guerra" Nicolas Cage-, llega también a nuestra cartelera este remake de una cinta homónima del año ´77 dirigida, en aquel entonces, por uno de los todavía más talentosos directores del género, Wes Craven. Y es curioso, porque, aunque no lo parezca, una y otra guardan más parecido del supuesto en su crítica "subterránea" a las capacidades y cualidades armamentísticas mundiales. Y si vamos un poco más allá, esta película para estómagos duros -abundan las escenas cruentas- recuerda la esencia de obras de Goya como El sueño de la razón produce monstruos o Los desastres de la guerra. Aunque el director es el prometedor Alexandre Aja –ya lo demostró con creces con su Alta tensión-, en la producción vuelve a estar el propio Craven, suponemos que ha querido estar presente en esta nueva versión de una de sus “niñas mimadas” por lo que pudiese pasar. Y se nota.

Lo que queda claro desde el principio de la cinta, es que el joven alumno francés haber aventajado ya al veterano maestro, adquiriendo todos sus conocimientos y aplicando, además, su propia y desbordante creatividad. Eso sí, no hay que restar méritos a Craven, porque no todos saben aunar productos míticos como la saga de Elm Street con otros de consumo rápido como la de Scream. El inicio es impactante –incluidos unos títulos de crédito iniciales provistos de imágenes sobre las consecuencias del uso de las armas-, nos sacude en la butaca nada más echar a andar la historia, la cual, por otro lado, no deja de ser, a grandes rasgos, la misma que en la original. Una familia americana, durante un viaje a través del desierto, sufre un accidente. Será entonces cuando entren en juego el resto de protagonistas, unos extraños seres mutados por las pruebas radioactivas llevadas a cabo antaño en aquel lugar, una circunstancia que la aleja algo de su matriz basada en otro tipo de antropófagos. La familia está compuesta de manera soberbia, en el buen sentido de la palabra, por rostros secundarios y televisivos que le dan un aire de credibilidad a los personajes, así, por ejemplo, nos encontramos con Aaron Stanford -el Pyro de XMen-, Vinessa Shaw –una joven a la que hemos visto en títulos como Eyes Wide Shut junto a la ya rota pareja Cruise/Kidman- o Emilie de Ravin –una de las “perdidas” en la serie de televisión-.

El cine de terror parece tener un filón en los arranques tipo “road movie”, no en vano títulos también clásicos como el de Tobe Hooper La matanza de Texas –la cual, por cierto, ya tuvo también su “nueva visita” cinematográfica-, o más recientes, pero de innegable tirón, como Jeepers Creepers, así lo ponen de manifiesto. Aquí pasa lo mismo, tenemos la caravana, la gasolinera... y el desierto como un personaje más, y, como no, los omnipresentes iconos norteamericanos, la bandera de franjas y estrellas y el himno oficial pertinente. Incluso de estos “fetiches” patrióticos puede decirse que suponen el punto de inflexión en el que el personaje protagonista pasa de víctima a verdugo. Para agudizar toda esta sensación de aislamiento definitivo y letal, una banda sonora más que destacable por su condición de hipnótica y exasperante, tal como la misma arena del “desierto-cárcel”. Otros elementos que acrecentan esa sensación de ahogo opresivo son la fotografía –para la cual ha contado con su colaborador en su anterior proyecto francés- y un montaje frenético que no da tiempo a tomar aliento. Sólo hay que achacarle un defecto, por otro lado muy común en el cine en general, el de alargar en exceso los finales con sucesivos clímax, sobre todo cuando llegan a ser inverosímiles, y rompen la línea “real” del metraje, exhibiendo a gente que no acaba de morir.

Salpicando con los "necesarios" para el género ríos de hemoglobina, esta cinta ha quedado ya revitalizada para las nuevas generaciones, y nos sirve como lección “magistral” para esta nueva corriente dentro del género, donde se puede decir que contamos ya con un nuevo “niño prodigio”. Con un final abierto a posibles precuelas o secuelas, según tenga el gusto el próximo responsable, y volviendo al inicio, sólo cabe preguntarse ya si, dentro de un tiempo, habrá motivos similares para rodar otro "remake", porque, valga como ejemplo, si fue antes Nuevo Méjico, ¿después Mururoa?

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