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Etiquetas:   Cartas al director  

Historia de Federico y Margarita

Venancio Rodríguez Sanz, Zaragoza
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viernes, 2 de agosto de 2019, 12:13 h (CET)

Conocí a Federico en una pajarería. Cantaba como Plácido Domingo. Era blanco como la bondad. Le compré la mejor vivienda que mi pobre economía me permitía. Su canto me alegraba la vida. Al salir del trabajo ansiaba volver a casa para estar con él. Un día me encontré a un gorrión hembra que se había caído del nido. Me dio pena y lo recogí. Me la llevé a casa, le puse por nombre Margarita y la coloqué en una jaula al lado de mi canario pensando que algún día me la encontraría patas arriba. La primera reacción de mi amigo fue que dejó de cantar y se mostraba nervioso. En ocasiones me escondía para observarlos y me sorprendió comprobar que Margarita comía, bebía y se daba el pico con Federico a través de los barrotes. Entonces decidí juntarlos para que intimaran más… Pasó un tiempo y como Margarita ya podía volar, pensé que ya era hora de dejarla en libertad. Llevé su jaula al balcón de mi casa, le abrí la puerta y me fui. A la media hora volví y ya no estaba. ¡Uf! Respiré de alivio al pensar que Federico volvería a cantar. En realidad estaba celoso de Margarita, me había quitado a mi amigo. Pasaron los días pero Federico no levantaba cabeza, se le notaba alicaido. A la semana, una mañana al ir a cambiarle el agua y echarle comida, me encontré a Federico patas arriba. Lo metí en una caja de zapatos y lo enterré a la orilla del Huerva. Al llegar a casa, tiré su jaula y el alpiste a la basura y me dije:”Adiós, Federico, querido amigo”…

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