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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Si no me hicieses falta…

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 2 de julio de 2006, 03:51 h (CET)
Una canción de un grupo español de pop blando reza la siguiente oración en una de sus partes: ‘a veces te mataría y otras, en cambio, te quiero comer’. Esta sentencia, a simple vista, parece una experiencia personal de quien firma la letra, con la que nos podemos sentir más o menos identificados en uno de esos ataques sensibleros que (casi) todos hemos sentido en alguna ocasión.

Pero tomemos la yuxtaposición proposicional anterior y hagámosla extensiva no solamente a nuestra experiencia con relación a una persona en concreto. Tomémosla como aquello que podemos sentir a diario, esos impulsos realmente animales que nos empujan a querer acabar en algún momento de la jornada con todo aquél que tuerce lo que tendría que ser una línea recta perfecta desde el alba hasta el ocaso.

Y esta pulsión, a la que Freud llamó ‘pulsión de thanatos’ en honor a la voz griega que designa a la supresión de la actividad vital de los hombres, está compensada por aquella otra ‘pulsión de eros’ (de amor). Por la pulsión de amor no entendió solamente las expresiones referentes a la conducta sexual de los individuos, sino toda aquella expresión del comportamiento humano en la cual se ve reflejada la necesidad de contar con un número relativamente extenso de semejantes para llevar a cabo una empresa cualquiera con éxito.

Las normas sociales y su cultura represora, nos impiden satisfacer nuestros impulsos sexuales de manera indiscriminada, pero también nos empujan a establecer pactos y alianzas, tácitos o no, con el resto de la especie. Entre estos pactos están los pactos de no-agresión. Éstos hacen referencia a la conservación de la especie, y al supuesto de que nuestra muestra de no-violencia hacia los demás será reconocida con una muestra de no-violencia para con nosotros. Aún así, hay veces que la mayoría tenemos verdaderos instintos asesinos, y al minuto siguiente nuestra comunión humana es absoluta. Unas veces te mataría y otras, en cambio te quiero comer.

Esta tensión entre la necesidad de mantener las relaciones con el resto de seres humanos y nosotros mismos y el impulso que nos invita a satisfacer nuestras ansias de muerte es, grosso modo, por lo que el padre de la psicología moderna creyó que el ser humano nunca alcanzaría la felicidad y viviría en un constante malestar en la cultura. Un malestar necesario para reproducir las estructuras de relación social.

Gracias a la pulsión de amor (o libidinosa) se puede evitar que, en toda su dimensión, el hombre sea el homini lupus de Hobbes: el absoluto lobo para el hombre.

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