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Etiquetas:   Religión   Reflexión   Dios  

Basuras invisibles

Por toda la basura invisible que se acumula en el corazón Dios tuvo que pagar el precio de entregar a su Hijo a morir por los que la producen
Octavi Pereña
lunes, 29 de julio de 2019, 10:16 h (CET)

Joana Bonet comienza su escrito Basuras invisibles, título que hago mío para identificar el presente, así: “La unidad de almacenaje de mi ordenador me envía alertas. Estoy a punto de agotar un espacio que no puedo ver e ignoro cuanto ocupa en metros cuadrados o cúbicos –que es como todavía contabilizo el espacio- por mucho que se me informe de las gigas y las megas. Qué aburrimiento me produce borrar, me parece un tiempo desaprovechado con un efecto del todo inmaterial bien diferente de quitar el polvo y quedarse mirando el trapo ceniciento convencida de haber hecho una cosa útil. Es cierto que cuando cruje la papelera digital, sientes la eufórica sensación no ya de la limpieza, sino de una sutil trituradora que te libera de aquello que tanto pesaba. Después de deshacerte con algunos clics de un centenar de correos basura y cincuenta promociones, y a pesar de maldecir estos roba tiempos, parece que todo está más en su lugar”. Todos los que tenemos ordenador, whatapps y otros chismes electrónicos para comunicarse, nos identificamos con la experiencia que Joana Bonet expone en su escrito.

Encontramos normal hacer sábado de nuestro ordenador para evitar la lentitud de su funcionamiento que tanto nos enoja. ¿Qué tenemos que decir del corazón, el disco duro de nuestra persona que nos causa tantos malos ratos debido a que está saturado de pensamientos negativos que lo revientan? ¿Pensamos en limpiarlo de vez en cuando de la basura que se va acumulando a lo largo de nuestra singladura? Del disco duro de nuestro ordenador conocemos perfectamente el correo basura que afecta su buen funcionamiento. Damos también por descontado que de vez en cuando tenemos que deshacernos de archivos fotográficos que en su momento consideramos que valía la pena guardarlos pero que con el paso del tiempo han perdido el valor que les dimos. ¡Cuánta basura no tenemos que eliminar de nuestro corazón para que nuestras vidas funcionen bien! ¿Lo reconocemos para que comencemos a hacer sábado y dejarlo limpio como una patena?

Por lo que hace el ordenador los virus y la basura le vienen de fuera. No los genera él. En el caso del corazón humano los virus y la basura los fabrica él mismo. Los correos basura que se introducen en nuestro ordenador llevan nombres que nos permite identificarlos. Lo malo es que tenemos ojos para ver la basura espiritual que se almacena en nuestro corazón y somos incapaces de verla.

Jesús dijo a sus oyentes: “No lo que entra por la boca contamina al hombre, mas lo que sale de la boca esto contamina al hombre” (Mateo 15:11). Los discípulos que no entienden, le dicen: “Explícanos esto” (v.15). Ante la solicitud de una aclaración les dice: “¿También vosotros sois sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo que entra en la boca va al vientre, y se echa en la letrina? Pero lo que sale de la boca del corazón sale, y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias, estas cosas son las que contaminan al hombre, pero comer con las manos sin lavar no contaminan al hombre” (vv.16-20).

Los judíos a lo largo del tiempo han confeccionado un manual de instrucciones para purificarse, que de cumplirse concienzudamente, decían que se borraba la basura invisible que genera el corazón. Ceremonialmente eran puros y en condiciones de poder asistir en los actos litúrgicos en el templo. La pureza ritual les hacía pensar que estaban en paz con Dios. Su engreimiento era tal acuden a Jesús para acusar a sus discípulos de transgredir la tradición de los ancianos “porque no se lavan las manos cuando comen pan. Respondiendo (Jesús) les dijo: ¿por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?” (vv.2,3). La verdadera religiosidad no consiste en practicar la religión y vivir como si Dios no existiese. A estas personas Jesús las llama hipócritas porque quieren hacer creer a la gente que son lo que no son. Jesús que conoce lo que hay en el corazón del hombre no se traga el anzuelo. Para denunciarlo cuenta la parábola del fariseo y del cobrador de impuestos que van al templo a adorar a Dios. El fariseo se dirige a Dios en estos términos: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este cobrador de impuestos, ayuno dos veces a la semana, doy diezmo de todo lo que gano”. La actitud del cobrador de impuestos era diametralmente opuesta: “Mas el cobrador de impuestos, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, se propicio a mi pecador” (Lucas 18: 9-14).

El veredicto que Jesús hace de la religiosidad de estos dos hombres es muy claro: “Os digo que éste (el cobrador de impuestos) descendió a su casa justificado antes que el otro, porque cualquiera que se enaltece, será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. A Jesús no se le puede dar gato por liebre.

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