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Opinión
Etiquetas:   Valle-Inclán   Política  

Valle-Inclán y las dimisiones

Valle-Inclán podría ser un ejemplo en estos tiempos de política perlesía
Diego Vadillo López
martes, 23 de julio de 2019, 09:46 h (CET)

Si hay un heterodoxo patrio de las artes que nunca ha dejado de estar de actualidad ese es Ramón María del Valle-Inclán. Y es que su análisis de fondo de la España institucional continúa sirviendo para la hora actual. Solo hay que fijarse en el machacón tormento a que nos someten los medios a cuenta de la incapacidad de los agentes políticos para trenzar fórmulas que articulen el interés general, quedando de manifiesto que no necesariamente estarían ahí para eso la mayor parte de los que ocupan uno u otro cargo, encuadrados en unos partidos cada vez más de espaldas a ese pueblo al que dicen representar en las instituciones.

Para lo que parecen servir los partidos es para distribuir cargos entre quienes asumen los vasallajes en que se sustentan dichas organizaciones. Y debe de costar mucho hacerse con uno de esos cargos, porque una vez asidos nadie los suelta, así los maten, incluso quieren más. Ya lo contaba Javier Marías en un artículo titulado “¿Por qué quieren ser políticos?”, en el que apuntaba cómo había bofetadas por ser nombrado ministro en un ya claudicante régimen republicano, cuando las tornas pintaban bastos y podían correrse serios riesgos siendo titular de dicho cargo. Va a ser verdad que existe eso a lo que llaman erótica del poder. De hecho ese es uno de los motivos por los que está costando tanto investir Presidente a Pedro Sánchez, por unos puestos que le son solicitados a cambio de unos votos a favor tan necesarios para el candidato como encarecidos por el partido bisagra con mayor número de escaños de cuantos en su supuesta franja ideológica se hallan encuadrados. También servirían ciertas abstenciones de los partidos de la derecha. Pero ni una cosa ni la otra. Y todo porque la “Nueva Política” es, al fin, vieja politiquería, en la que las organizaciones buscan el mayor número de escaños porque eso supone mayores ingresos y un mayor número de cargos a repartir. Que cueste tanto que dialoguen los distintos agentes políticos, unos con otros, con un sentido institucional, atiende a que lo que los mueva sean otros espurios objetivos, cosa que nos pone en la pista de la obsolescencia de un sistema que pide unas reformas de las que precisamente ellos, dechado de irresponsabilidad, tienen la llave. Vamos que la “Nueva Política” lo que ha traído de nuevo es una mayor perlesía y una más acusada presencia en los medios, informativos y de comunicación en general, de una serie de personajes que largan a toda hora como cotorras sin decir nada discernible y edificante.

Pues bien, así las cosas, traíamos a colación a Valle-Inclán no solo porque este reflejara tan intemporal y certeramente la deriva política nacional, sino porque él mismo se dedicó a dimitir de todos y cada uno de los cargos que se le pusieron a tiro. Quizá por eso ya nadie dimita de nada por más inmoral que sea su conducta, porque ya Valle-Inclán dimitió de todo por todos.

El profesor Óscar Santos García, en un delicioso artículo titulado “Anecdotario de Valle-Inclán: vida y leyenda de un escritor heterodoxo”, da cuenta de lo antedicho, pues, no en vano, Valle dimitió de inspector del Ministerio de Fomento; también del puesto de profesor de Estética, dando la siguiente justificación: “porque no quería cobrar por algo que hacía gratis y a diario en las tertulias de los cafés”; asimismo hizo defección del cargo de Conservador General de Patrimonio Artístico Nacional, según apuntaba Santos García: “Al principio se tomó en serio el cargo, pero a cada una de sus propuestas se sucedía el silencio de la Administración”, por lo que, hastiado, abandonó, comentando en una entrevista que le realizaron a tal efecto: “Fui un funcionario que no tuvo función… A mí me declararon inquilino de las nubes…”. Otro cargo que ostentó-abandonó fue el de Presidente del Ateneo, siendo postulado para este por Manuel Azaña, quien corrió con los adeudos que como socio tenía Valle con la institución. Y por último acabó dejando también el cargo de Director de la Academia Española de Bellas Artes en Roma.

Queda de manifiesto que el de Valle-Inclán era un espíritu libérrimo, que, con el correr de los años, iba haciéndose acreedor de una extraña lucidez la cual se hizo sentir en su obra, un itinerario que refería magistralmente la profesora María Luisa Bruguera Nadal en un trabajo congresual: “parte de una mitificación idealizadora, se atraviesa una etapa desmitificadora y finalmente se llega a lo esperpéntico. Quizá en ese camino hacia el esperpento Valle-Inclán descubre la condición humana en lo que tiene de absurdo y […] trate de aliviar el peso de la angustia mediante la risa. El extrañamiento sería el medio para realzar la tragedia”.

Vamos, que Valle también dimitió del preciosismo literario para incursionar en otra estética con muy otras honduras, a las que se refiere Bruguera Nadal así: “dolorosos y profundos descubrimientos en los que la ruptura del ensueño modernista da paso a la lucidez paradójicamente absurda de la tragedia de la realidad española”, una tragedia que sigue muy viva hoy en muchos aspectos. Las facciones políticas parlamentarias se enconan en postulados que son mera pose pero que envilecen la convivencia patria en vez de tender puentes dado que a quienes representan es a gentes que les han votado a unos, a otros o a ninguno, pero que cohabitan y conviven a diario en los comunes espacios, por lo que han de gestionar y reforzar esa convivencia, no dinamitarla. Por ejemplo, ahora lo que los trae a maltraer es no poder imponer sus deseos, a unos y a otros (una cuestión de sillones, ojo, que no de políticas concretas a articular). Pero, ante su incapacidad negociadora, a ninguno se le ocurre decir: “¡Dimito!”, no, claro, porque sus respectivas presencias son irremplazables y ellos son líderes redentores que vienen a salvar al país, que para eso tienen a equipos de asesores de toda índole que los desnaturalizan para resultar artificial y artificiosamente naturales. Es una pena que Valle-Inclán no habite estos tiempos; sus columnas de opinión serían auténticos referentes, pero lo más interesante sería su ejemplo vital.

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