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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

La noche más larga

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 25 de junio de 2006, 23:52 h (CET)
Como cada año la noche precedente a la festividad de San Juan Bautista se convierte en la noche más larga del año. La llegada del solsticio de verano es celebrada en diversos lugares del mundo con el culto al fuego. Las playas de Catalunya y Valencia reciben a una multitud deseosa de lanzar al fuego del olvido todo aquello de durante el año ha venido siendo problemático. Saltar las hogueras y mojarse los pies justo donde rompen las olas contra la arena son los ritos más celebrados durante una noche que para muchos es mágica.

Los valencianos somos muy aficionados al fuego y con cualquier motivo festivo ya estamos encendiendo hogueras o prendiendo fuego a una traca. A principios de año y para celebrar la llegada del solsticio invernal tomamos como excusa la festividad religiosa de San Antonio Abad para encender hogueras, contra más grandes mejor, en muchos de nuestros pueblos, especialmente en poblaciones situadas en el interior de la Comunitat Valenciana. Meses después, cuando la primavera comienza a asomarse a nuestras calles, volvemos al ritual del fuego con la incineración de centenares de monumentos hechos de cartón y madera situados en todos los barrios de la ciudad de Valencia y otras poblaciones, es época de fallas. Y en el solsticio estival invadimos las playas para reunirnos alrededor de una hoguera mientras en Alicante también celebran su fiesta alrededor del fuego y la pólvora.

La celebración del solsticio de verano es, como muchas de nuestras fiestas, de raíz pagana. Antiguamente se creía que el Sol no volvería a su esplendor ya que a partir de esa fecha los días comenzaban a menguar, y por esta razón se encendían fogatas y se celebraban toda clase de rituales de fuego para simbolizar con ellos el poder del Sol. Se saltaba y danzaba alrededor de la hoguera en la creencia que esto servia para purificarse. El cristianismo hizo suyas muchas de las fiestas paganas o laicas y así fue poniendo bajo la advocación de los santos aquellos rituales que se venían celebrando. San Antón para el solsticio de invierno, San José para las fallas valencianas y San Juan para la noche del solsticio veraniego. Hasta el 1º de Mayo intentaron cristianizar poniéndolo, cuando aquí estaba prohibida dicha celebración, bajo la advocación de San José Obrero.

Hace ya muchos años que Joan Manuel Serrat y Juan y Junior cantaron a la noche de San Juan. En aquella canción titulada “Per Sant Joan” donde “un trozo de madera era un tesoro y con una mesa vieja ya éramos ricos”. Por entonces en mi ciudad, Valencia, no eran muchos los que acudían a las playas de la capital para celebrar los ritos del fuego y el agua. Es a partir de la instauración de la democracia cuando, con un paseo marítimo nuevo, las gentes acuden a la playa de La Malva-rosa. Este año se calcula que unas 250.000 personas acudieron a las orillas del mar para realizar los rituales del fuego y el agua. El ayuntamiento de la ciudad repartió treinta toneladas de leña que se agotaron en menos de una hora. Cuando el Sol comenzaba a aparecer por el horizonte los servicios de limpieza comenzaban a recoger los desperdicios originados por este macro “botellón” autorizado mientras los últimos noctámbulos iban camino de casa a cuidar la resaca. Se calcula que se han recogido cerca de cuarenta toneladas de desperdicios lo que da muestra del incivismo de muchos de mis paisanos.

Hace ya cerca de diez años que no acudo a celebrar la noche de San Juan a la playa. Tal vez es que con el paso de los años uno se va haciendo más cómodo y huye de las aglomeraciones y los atascos de tráfico. Este año he cambiado el ritual del agua y el fuego por un buen libro: “Incerta gloria” de Joan Sales, novela que leí por primera vez hace más de treinta años, un buen whisky de malta y música de jazz. A las doce de la noche subí a la terraza de la finca donde vivo para ver las estrellas pero la iluminación callejera ocultó los astros a mi vista mientras las sirenas de alguna ambulancia avisaban del traslado urgente de alguien para quien esa también iba a ser la noche más larga.

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