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Fútbol, una especie en vías de extinción

Herme Cerezo
Herme Cerezo
domingo, 25 de junio de 2006, 23:56 h (CET)
La carne es débil y uno, en su debilidad carnal, de cuando en cuando se deja caer en el sofá. Enchufa la televisión, olvidándose del aforismo ‘apague y lea’, y se ve envuelto por el mundial de fútbol. Y, en la pantalla, se tropieza con un Argentina-México, segundo partido de octavos de final. Y digo me tropiezo, porque después de ciento veinte minutos de juego, me doy cuenta de eso, de que ha sido un tropezón. Y si antes el fútbol me apasionaba, ¿por qué ahora llego a esta conclusión?

Es inevitable echar mano de la memoria y, aunque fastidie decirlo porque a lo mejor es mentira, en el fútbol el tiempo pasado fue mejor. O me sabía mejor. Aunque ya hace muchos años que los entrenadores inventaron aquello del salario del miedo, o sea quien la pifia la paga, en los últimos tiempos rizan el rizo. Y así llego a la conclusión, triste conclusión, de que ver diez o quince minutos de un partido actual es suficiente. La cicatería, el tedio y la tacañería absorben el resto del tiempo y convierten al fútbol en una especie en vías de extinción al que se debe proteger. Los equipos sólo juegan a no perder. Y eso lo ha hecho esta noche un equipo como Argentina, al que se considera cuajadito de figuras: Aymar, Riquelme, Tévez, Ayala, Scaloni, Sorín, Hernán Crespo, Maxi Rodríguez, Saviola, Messi... ¡Qué patético! Argentina, un país que tradicionalmente ha proporcionados peloteros de relieve innegable como Di Stéfano, Sívori, Maradona, Valdano, Brindisi, Heredia, Ardiles, Kempes, Gurruchaga, Wolf, Babington, Caniggia, Passarela, Verón y muchos más, jugando a no perder, a no crear, a pillar la pifia del otro. Si ellos, que crían jugadores en los arrabales por generación espontánea, hacen esto, ya me dirán a qué se van a dedicar las demás selecciones.

Llevo vistos muchos mundiales. A mis nueve añitos acudía puntualmente al bar del pueblo donde veraneaba, para ver los partidos del mundial de Inglaterra (1966). Allí, rodeado de adultos que fumaban un puro tras otro, en blanco y negro, con la voz de Matías Prats padre que sobresalía en medio de una sonatina de cucharillas y tazas, contemplé como a Alemania le escamotearon (robar es una palabra excesivamente fuerte) el título con un gol más que dudoso. Y disfruté con equipos y jugadores inolvidables, que dejaron su sello en mi recuerdo: Bobby Charlton, Pelé (aunque en aquel mundial lo cosieron a patadas), Eusebio, Chesternev, Uwe Seeler o un tal Beckenbauer. En México 1970, los cariocas de Pelé, Rivelinho, Jairzinho, Tostao y compañía se hicieron los amos sin discusión. Pero además de ellos también hubo figuras de leyenda: Beckenbauer (otra vez), Muller, Haller, Rivera, Fachetti, Mazola, Bancks, Bobby Moore, Mazurkiewick o Teófilo Cubillas. El Mundial de 1974, para mí el de mejor sabor, dejó colgado en el ambiente la idea de que hubo dos campeones: uno, el real, Alemania, el que se llevó la Jules Rimet; y otro, que mereció campeonar pero no lo hizo: la Holanda de Cruiff, Van Haneguen, Rep, Neeskens, Krol ... Pero Alemania 74 fue mucho más: una impagable Polonia nos hizo soñar a todos con sus Lato, Szarmach, Gadocha, Deyna y Brasil, sin tener un gran equipo, también dejó buenos destellos de su clase con jugadores como Luiz Pereira o Francisco Marinho. A partir de entonces los mundiales languidecen, los recuerdos se esconden, avergonzados, por los rincones de mi mente. Tan sólo los fogonazos de Kempes, Rensenbrinck, Maradona, Rumennige, Romario, Platinni, Zidane y alguno más tienen reservado algún espacio luminoso en mi memoria.

Y Alemania 2006 lleva camino de lo mismo, de convertirse en otro mundial anónimo. No sé quién ganará al final, aunque ahora que la cosa todavía anda mediada, parece intuirse por donde irán los tiros. Pero creo que tampoco este campeonato será el de los grandes encuentros, partidos sin cuartel, luchas épicas del minuto uno al noventa o al ciento veinte (prórrogas insulsas y cobardes incluidas).

Preocupado por estos detalles, me he detenido a pensar a qué puede deberse este languidecimiento futbolero. Javier Clemente, el actual técnico del Athletic de Bilbao, lo explicó hace mucho tiempo: “se juegan demasiados partidos, los jugadores son de carne y hueso, el fútbol corre el peligro de cargarse a su gallina de los huevos de oro”. Y eso es lo que ocurre. Europa, principal foco de atracción para los futbolistas de primera fila, tiene ligas nacionales extremadamente largas. A ellas hay que añadir la ‘Champions League’, música de Haendel incluida, la Copa de la UEFA y la Intertoto. Sí ya sé que estas competiciones se juegan desde hace muchos años y que, además, antes existía la Recopa, pero las fórmulas actuales de competición acarrean muchos más partidos que antes. Antiguamente si un futbolista disputaba cincuenta o cincuenta y cinco encuentros al año, ya era mucho. Actualmente raro es el jugador de buen nivel que no roza los setenta partidos por temporada. Las famosas rotaciones en el fútbol, en otros deportes ya hace tiempo que se implantaron, obedecen a eso. Al jugador hay que dosificarlo físicamente para evitar que se rompa. Pero no acaba ahí la cosa. Aunque un futbolista no participe en todos los partidos de su equipo hay algo que no puede evitar con este ritmo competitivo tan frenético: el cansancio psicológico. La tensión emocional, juegue o no, a la que les somete la temporada les fatiga mentalmente. Si a esto le añadimos el jugar un mundial durante un mes completo, creo que tenemos la respuesta a la mediocridad del fútbol de este Alemania 2006.

Es curioso que mientras la FIFA y la UEFA abogan por una reducción, completamente lógica, de los equipos que integran las ligas de cada país, estos organismos no recortan la lista de participantes en sus competiciones. Un mundial como el actual, con 32 selecciones en liza, es excesivo. Hay muchos partidos de relleno. Sobran selecciones. Con el respeto debido a los países participantes, todos sabemos que es así. Hay combinados nacionales que no deberían andar por tierras teutonas. No hace falta citar nombres. Con la mitad habría más que suficiente, teniendo en cuenta, además, que para ser uno de los dieciséis escogidos la selección previa sería más exigente, con lo cual la calidad de los encuentros sería, teóricamente, superior.

Pero mientras tanto, mientras todo siga así, como espectadores debemos escoger cuidadosamente los partidos para no quemarnos como aficionados. Si todo continúa igual, llegará un día que comenzaremos a ver el mundial desde los cuartos de final, por aquello de que el que pierda se va a la calle. Claro que si todos los equipos afrontan esta fase con la cicatería que ha demostrado Argentina esta noche ya en los octavos, quizá debamos acudir a las semifinales. O, directamente, a la Final.

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