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La segunda vuelta electoral, imprescindible para normalizar la política española

“Las promesas que hicieron ayer los políticos son los impuestos de hoy”. William L. Mackenzie King
Miguel Massanet
sábado, 13 de julio de 2019, 09:55 h (CET)

Es evidente que el empecinamiento en seguir manteniendo el sistema electoral que se viene utilizando en España para designar a nuestros gobernantes, lleva camino de convertir a nuestra nación en ingobernable, debido a la atomización que la injustificada fobia que algunos parece que han cogido al bipartidismo, un sistema que, no obstante, a lo largo de los relativamente pocos años en los que los españoles nos regimos por gobiernos democráticos, pese a los defectos del actual sistema D´Hont que se viene usando para asignar los escaños de cada formación participante en los comicios, de una manera que favorece de una forma notable, especialmente en circunscripciones pequeñas, a los partidos con mayor implantación local, respecto a los de mayor implantación nacional; han sido los que se han turnado con bastante buenos resultados en el gobierno del Estado, pese a las interferencias con las que, los que no han conseguido vencer, pero han logrado mantener una participación considerable que les haya permitido actuar de partidos bisagra en las decisiones que hayan requerido mayorías en las cámaras, les puedan haber impuesto.


La inestabilidad en la que estamos instalados los españoles, la proliferación de partidos en los que ha cristalizado el descontento de los votantes con los partidos mayoritarios, a los que han calificado, a veces con razón pero, en la mayoría de ocasiones, injustamente; de ser los responsables de los problemas que están afectando a nuestro país que, especialmente, se refieren a temas como: al problema catalán, a las situaciones de larga provisionalidad motivada por la dificultad de los partidos más votados que no han obtenido la mayoría absoluta ( algo cada vez más va a ser más difícil), al problema del desempleo y a los intentos de la extrema izquierda, hoy pasando por una crisis que les ha hecho perder escaños en los pasados comicios, que se resisten a aceptar que van perdiendo peso específico en relación con el que consiguieron en anteriores ocasiones y ahora intentan desestabilizar el país; para lo cual se ven precisados a acceder, como fuere y a pesar de todos los obstáculos que puedan surgir, de alguna manera en el Gobierno del señor Sánchez, para lo que no les vale que se les ofrezcan puestos de segunda categoría, que se les convoque a una cooperación con el gobierno socialista, un tipo de acuerdo que los sitúa, evidentemente, al margen de las grandes resoluciones de Estado.


Mientras tanto, van pasando los días y los meses sin que todavía, el señor Sánchez, haya podido cumplir el encargo del Jefe de Estado de buscar los apoyos precisos para conseguir ser investido como presidente del Gobierno. Claro que, tampoco parece que se hayan seguido, como era de esperar, los tempus con los que, en anteriores ocasiones, se han llevado a cabo los trámites que normalmente se venían siguiendo en estas ocasiones. El señor Sánchez, antes de acudir a la cita del Rey, ya había estado teniendo reuniones extraoficiales, en la Moncloa, con todos los jefes de los respectivos partidos que van a tener los votos para apoyar u oponerse a su investidura, incluso antes de que el Rey le hubiera encargado iniciar las gestiones para conseguir los soportes necesarios. Aparte de lo que se pudiera calificar como una falta de respeto hacia el monarca, en todo este largo proceso se viene notando la posición de superioridad con la que, el aspirante a la investidura, se va moviendo en sus entrevistas con los distintos líderes de la oposición y la aparente abulia con la que afronta el que, finalmente, se debiera recurrir a unas nuevas elecciones debido a que, aparte de ser las cuartas en cuatro años, la falta de acuerdos obligara a recurrir a ellas.


Lo cierto es que Sánchez parece estar confiado en que, como parece que anuncian todos los sondeos que se vienen realizando por empresas demoscópicas expertas en estos estudios, unas nuevas elecciones no harían más que incrementar el número de escaños que ha conseguido en las celebradas recientemente. Pero, sin embargo, hay algunos puntos que, el señor Tezanos del CIS, convertido en el oráculo de Delfos de las predicciones electorales, no parece estar en condiciones de precisar. Por ejemplo, se habla de que un 24% de los votantes, en los últimos comicios, estarían dispuestos a cambiar el sentido de su voto. ¿En qué dirección? Porque, si bien es cierto que quizá no perjudicara al PSOE que, incluso podría aspirar a mejorar el número actual de escaños (123), tampoco se sabe si podrían afectar a los escaños obtenidos por Ciudadanos, siempre menos de los que se imaginan. No estamos muy seguros de que, esta postura de intransigencia que viene adoptando el señor Albert Rivera, al no admitir el llegar a un acuerdo con VOX, pese a la evidencia de que, sin el apoyo de esta formación, va a ser imposible llegar a conseguir la mayoría en Murcia y Madrid; no pudiera restarle votos al partido de Ciudadanos que, con toda probabilidad pudieran regresar al PP, el único partido al que, según las encuestas, puede que le beneficiara que tuvieran lugar unas nuevas legislativas.


No hay duda de que, desde hace unos meses da la sensación de que el señor Pablo Casado ha decidido mantenerse en un plano conciliador, ha evitado declaraciones excesivamente contundentes en contra de los socialistas y, se portó con suma corrección durante la entrevista que sostuvo con Sánchez en la que, le explicó al líder del PSOE que no iba a votarle para que fuera investido pero, no obstante, le propuso un pacto de Estado que abarcara aquellas materias de trascendencia nacional ( seguramente la aprobación de los PGE, entre otras) de las que dependiera la estabilidad de la economía nacional o aquellas en las que, por la trascendencia internacional, precisaran de la unidad de todos los españolas. No sabemos si hablaron respecto a la unidad de España, pero es razonable pensar que debió ser una de las cuestiones estrella de las que se trataron. Esta postura es muy probable que tranquilizara a aquellos votantes o simpatizantes del PP que se hubieran sentido alarmados por las primeras declaraciones de Casado que les pudieran haber parecido excesivamente duras para su propia manera de pensar.


Sea como fuere no se puede ignorar, vista la rapidez con la que Grecia ha formado su nuevo gobierno a los pocos días de la victoria de Mitsotakis, el nuevo primer ministro griego, que no es posible que España se entregue, cada vez que corresponda cambiar de gobierno o celebrar un comicios de trascendencia nacional, a una maratón de convocatorias, a cual más inoportuna, que represente un retraso en la toma de decisiones importante para la nación, que cree una incertidumbre e inseguridad jurídica, entre la ciudadanía y las empresas, que les obliguen a retrasar decisiones importantes respecto a proyectos o inversiones que, en muchas ocasiones, pueden llegar a fracasar si no se toman en el momento oportuno.


Se nos ocurre que, vistos los resultados que se han dado en nuestro país, la atomización que cada vez parece que se va produciendo con mayor incidencia en el resultado total, y los efectos negativos que esta multitud de pequeños partidos, muchas veces aliados con el sólo fin de evitar que las mayorías puedan gobernar e imponer sus programas, puedan llegar a causar en la gobernabilidad de la nación; quizá fuera necesario que se procediera, cuanto antes, a poner en práctica uno de los sistemas que parecen más lógicos, efectivos, aclaratorios y sensatos, que se utilizan en bastantes naciones de nuestro entorno y que, acaba de una forma definitiva con cualquier incertidumbre, intento de retrasar la vuelta a la normalidad del país o, como sucede en España, que un partido minoritario chantajee a la nación, impidiendo que se constituya un gobierno si no se ceden a sus demandas que, evidentemente, no puedan aceptarse si los españoles, mayoritariamente, no las hubieran apoyado en su momento.


El sistema utilizado en Francia de la doble vuelta, mediante el cual los dos partidos más votados son los que pasan a la segunda vuelta y, el resto, no tienen más opción que recomendar a sus afiliados el partido, de los dos en liza, al que recomiendan votar o al que no deberían votar, de forma que la disputa queda reducida a que los ciudadanos voten, libremente, en la segunda vuelta, a aquel de los dos que se presentan, que les merezca más confianza para gobernar la nación. O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, si es que todavía queda en los ciudadanos un ápice de sentido común y un deseo de que, este enfrentamiento al que, algunos políticos, parece pretender fomentar entre los españoles, desaparezca para volver a los años en los que éramos capaces de mirar al futuro con optimismo sin que nacionalismo o comunismo se constituyeran en dos amenazas para la convivencia y la unidad de la patria española.

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