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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

Verdades y convicciones

Francisco Rodríguez
Francisco Rodríguez
jueves, 22 de junio de 2006, 00:54 h (CET)
Cuando en cualquier conversación intento apoyar mis opiniones en alguna verdad transcendente, muchos de mis interlocutores me espetan de inmediato que no hay verdades absolutas, que nadie tiene la verdad. Frente a mi argumento de que si no hay verdades absolutas tampoco esta afirmación sería cierta, pues de serlo, ella sería una verdad absoluta que sería contradictoria con su afirmación, responden que ellos no entran en filosofías.

Me he puesto a reflexionar sobre lo que dicen y creen mis amigos de derecha e izquierda y me doy cuenta de que, aunque dicen eso tan relativista de que no hay verdades absolutas, ellos se mueven dentro de un amplio entramado de absolutos. Si son “progres” profesan un rígido credo por el que afirman que la moral de la izquierda es superior al de la derecha, que ellos son los demócratas y los demás fascistas, que ellos se preocupan por los trabajadores y que los empresarios los explotan, que los católicos, si quieren practicar su religión, tienen que hacerlo en privado y sólo dentro de los templos o las sacristías, que la Iglesia debe estar callada o incluso desaparecer de la vida pública, que los norteamericanos son malos y tontos, que los judíos están oprimiendo a los palestinos, que estos no son terroristas sino patriotas, que la segunda República fue un régimen estupendo, que los Reyes Católicos fueron unos malvados que expulsaron a los moros y a los judíos destruyendo una convivencia pacífica de las tres religiones (convivencia que no existió nunca, salvo alguna excepción). Estas cosas y otras muchas que podríamos añadir, (aborto, eutanasia, matrimonios gays) son creídas como verdades absolutas por los “progres”, que ni siquiera aceptan ponerlas en duda, pues cuentan con El País, su Biblia y catecismo, que las predica todos los días.

También he reflexionado sobre lo que dicen y creen mis amigos de la derecha y veo que su postura es siempre temerosa. Mientras que la gente de izquierda alardea de ello, con ocasión o sin ella, la gente de la derecha lo oculta muy a menudo, solo lo confiesa cuando creen estar seguros de que están entre correligionarios. Muchos de ellos se declaran católicos pero agregan de inmediato que no son practicantes. Parecen buscar a menudo que la izquierda los reconozca como demócratas (¡cómo si la izquierda pudiera dar a nadie acreditaciones de democracia!) Están más dispuestos a defender sus intereses que sus ideas por lo que evitan pronunciarse sobre ellas publicamente. Tampoco creen en verdades absolutas y su cristianismo no pasa la mayor parte de las veces de enviar a sus hijos a un colegio religioso, formar parte de una cofradía de Semana Santa y, quizás, poner la crucecita para la Iglesia en la Declaración de la Renta. Pero adoptar un compromiso político serio, los menos. Apenas se les oye defender la familia, exigir el derecho de los padres a la educación de los hijos, rechazar el aborto, la eutanasia, la imposición del laicismo como religión del Estado.

Qué podemos hacer los que aún creemos que hay valores morales por los que hay que luchar y que no son los que predica la izquierda, los que soñamos con un orden moral justo, con una sociedad en la que podamos todos defender nuestras convicciones sin temor, dialogar con respeto, sentirnos y ser protagonistas de nuestro futuro. Quizás tenemos que buscar denodadamente fortalecer la sociedad frente a la política del poder, de cualquier poder. Todo poder tiende al abuso porque lo que busca es permanecer en él a costa de lo que sea. A la sociedad corresponder sustituirlo cuando no cumple con su primera obligación: garantizar la convivencia en libertad.

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