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Opinión

Etiquetas:   Tiempos modernos   -   Sección:   Opinión

18 de junio de 2006

Mar Berenguer
Redacción
miércoles, 21 de junio de 2006, 00:48 h (CET)
José Saramago, en su “Elogio a la lucidez”, exponía el supuesto de un pueblo que celebraba unas elecciones en las que los ciudadanos, decían que no a todas las opciones mediante el uso legítimo del voto en blanco. Los dirigentes, al día siguiente, no sabían qué hacer.

Cataluña, es hoy un lugar extraño donde los derechos de los ciudadanos se han promocionado como si de un nuevo refresco se tratase, donde el sí y el no se mezclan y se confunden; se suplican u ordenan, y, finalmente, pierden significado a golpe de grito, pedrada y totalitarismo, mientras seguimos sin saber de que hablan realmente los artífices de este Estatuto y, los votantes, ya no pueden tomarles en serio; será este el motivo de que estos hayan sido los comicios con la participación más baja de la historia de la Comunidad. Es el castigo para la clase política que los partidos mayoritarios no quieren reconocer; es la rebeldía pasiva de los ciudadanos, como la que recoge el ensayo del Nobel portugués, y sobre todo, refleja un resultado injusto con independencia del sí o del no, porque los catalanes, no se han pronunciado.

Durante apenas un año, se ha estado hablando del Estatuto catalán de una manera vaga, superficial y fragmentada, dando lugar en una tempestad política con pinceladas de opereta de segunda, donde unos y otros se han jugado el tipo por amor al escaño y al sueldo de eventuales “high profile” con cargo a presupuestos autonómicos y, que más allá del interés ciudadano, ha desembocado en unas elecciones anticipadas por culpa de los que de una manera vergonzosa, no han sabido llegar al consenso. Entonces, tras sortear un procedimiento rígido de reforma, de manera cuanto menos sorprendente, aparte de “vota sí”, “digues no”, la foto del Seat 600 y mil batallas dialécticas fuera de contexto de quienes se atreven a hablar en nombre de los catalanes, nos encontramos que ha llegado el momento de decidir sobre el futuro que según algunos, todos queremos, cuando en realidad, no sabemos ni lo que hemos o no votado, ni sus repercusiones reales, ni lo que realmente esconde esa retórica maravillosa que, en el mejor de los casos, carece de fuerza legal tal y como la entendemos.

Así pues, entre la playa, la decepción y las promesas inverosímiles, este, desde luego, no es el Estatuto de casi tres millones de ciudadanos desencantados que han olvidado ese cuaderno rojo y blanco difícil de leer en algún rincón de su casa; es, más bien y en cuanto a participación, el Estatuto de una minoría de intelectuales y de una mayoría de adictos a la opinión ajena. Confiemos en que no sea el triunfo de quienes no dicen que no por evitar parecerse a unos que están en el punto de mira de otros, o porque no comulgan con ideas que, a día 18 de Junio, no vienen al caso, porque era el día de los ciudadanos, y no el de los políticos; de los que piensan que redactar un texto como éste, justifica el trabajo de toda una legislatura, de los que tampoco han dicho que no, por no parecerse a los que defienden esta postura por llevar la contraria a los del sí, por motivos personales; de los que no han dicho que no, porque piensan que evitan un mal mayor, pero, sobre todo, esperemos que no se convierta en el Estatuto de los separatistas de corte radical; de aquellos que imponen sus ideas a golpe de abucheo y lanzamiento de piedra; ni de quienes, de manera automática, aceptan la verdad impuesta por quienes siempre han estado en el poder, delegando así sus propias decisiones sin saber la realidad extrapolítica que, a fin de cuentas, se traían entre manos.

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