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Zapatero y Colau, dos seres peligrosos que van por libres

España y Cataluña les deben a ambos los problemas a los que los españoles vamos a tener que afrontar
Miguel Massanet
jueves, 27 de junio de 2019, 09:34 h (CET)

Cuando un político llega al poder de rebote, fruto de una de las peores consecuencias de una elección poco meditada por los votantes y, por azares del destino, por manipulaciones electorales, por mentir conscientemente de que lo estaban haciendo y por la habilidad que suelen tener todos estos sujetos que padecen ataques de grandeza, que viven convencidos de que han llegado a este mundo para salvar a la humanidad de sus errores y, por si faltara algo, que descienden de algún represaliado de la Guerra Civil española; corre el grave riesgo de convertirse en la mayor amenaza para quienes se van a ver obligados a depender de él, han sufrir sus delirios y sueños de grandeza y, lo que aún se puede considerar más grave, a contemplar con impotencia como se convierte en el hazmerreír del resto de mandatarios de aquellos países con los que deba tratar. Este es el caso, triste para España y los españoles, de este hombrecillo, aparentemente inofensivo, de ojos claros, pinta de despistado y, esto sí, con profundo convencimiento de que su misión en nuestra nación era implantar uno de estos regímenes made in America del Sur, aunque para ello tuviera que acudir a los medios más absurdos, irracionales y malignos, como lo demostró con motivo del atentado terrorista en la estación madrileña de Atocha, unos días antes de la fecha de las elecciones legislativas del año 2004, a las que se presentaba en nombre del PSOE.

La propaganda ignominiosa, las acusaciones infundadas, la movilización de masas de revoltosos para presentarse ante las sede del PP para protestar de lo ocurrido, como si los culpables de aquella matanza hubieran sido los populares y no un grupo terrorista que todavía, pasados los años, no ha sido posible desentrañar quienes fueron, con certeza, los que manejaron los hilos de aquel luctuoso suceso; aunque sí se supo que, quienes sacaron ventaja y beneficio de todo aquel extraño y oportuno, para algunos partidos políticos, acontecimiento inesperado que dio por resultado el que las encuestas, en sólo dos días, experimentaran un aparatoso vuelco que acabó por darle la victoria al señor J.L Rodríguez Zapatero, en perjuicio del señor Mariano Rajoy que, en principio, era el candidato favorito en todas las encuestas.

Como era de esperar el mandato del señor Zapatero fue, a larga distancia de quien le precedió en incompetencia, el peor de todos los que se fueron sucediendo a partir del restablecimiento de la democracia en España. Consiguió repetir un segundo mandato, pero le fue imposible terminarlo debido a la situación de extrema dificultad en la que colocó al ejecutivo la economía y las finanzas de nuestra nación, de tal forma que estuvimos a un tris a que nos viéramos obligados a pedir el rescate a la CE. A punto de caer en la quiebra soberana, para no tener que responder de su ruinosa gestión y acosado por la oposición, Zapatero decidió convocar elecciones para transferirles el “marrón” al señor Rajoy y sus votantes que, en aquella ocasión, consiguió la mayoría absoluta en las dos cámaras de representación popular.

Una vez derrotado por Aznar, Rodriguez Zapatero, convertido en uno de los políticos más denostados del Estado español, relegado dentro de su propia formación política y condenado al ostracismo como miembro del Consejo de Estado; sin embargo no ha entendido que su incompetencia envió al país a una situación extrema de la que aún no hemos conseguido salir del todo. Su nula visión de la difícil situación creada por el problema de las sub-prime americanas; su optimismo desmedido, fundado en falsas premisas, le hizo meter la pata ante el resto de naciones y fue la causa de que España empezara con pie cambiado su enfrentamiento con la crisis del 2008. No contento con ello se entrometió en el contencioso venezolano intentando hacer de mediador acabando por convertirse en un defensor de la causa de Maduro.

Ahora ha acabado de redondear su historial político cometiendo su enésima boutade , metiéndose en un tema que ya no le correspondía tocar por su situación de ex de la política, en pleno proceso criminal contra los presuntos delincuentes del separatismo catalán, cuando ya ha concluido el juicio y se está pendiente de la elaboración de la sentencia, una situación donde es imprescindible que se deje libertad, intimidad, plena independencia, discrecionalidad y, especialmente, tranquilidad y ausencia total de cualquier tipo de presión, influencia u opinión que pudiera, de alguna forma, intentar influir en la soberana decisión del tribunal juzgador, en este caso el TS. Con toda su cara dura, sin cortarse en lo más mínimo, el señor Rodriguez Zapatero de hoy, igual al de ayer y al antes de ayer, vuelve a cometer la torpeza de pretender influir en el juzgador para aconsejarle que la sentencia que se dicte “no pudiera interferir” en el futuro diálogo que, según su criterio, debe acabar por solucionar un tema que lleva años intentándose remediar con conversaciones y, lo único que se ha conseguido, ha sido enconarlo, aumentar la confusión, enfrentamiento entre los mismos catalanes y finalmente un intento de golpe contra el Estado español. Y, para redondear su nueva patochada, no ha dejado de insinuar que el Gobierno debería pensar en serio en indultar a los procesados catalanes en el caso de que fueran condenados Ya es hora de que alguien le diga a este señor ¡que se calle!, que no incordie más y que reflexione, si es que es capaz de hacerlo, sobre el gran mal que ha hecho a España y a los españoles durante los años en los que viene incordiando.

El otro personaje, la señora Ada Colau, es la clase de mujer con más conchas que un galápago, que ha tenido la facultad de engañar a todos los que de alguna manera se han relacionado con ella. Primero, formando parte de la nueva ola feminista y comunista aportada por la llegada de Podemos, se dio a conocer interviniendo como dirigentes de una banda que actuaba contra los desahucios hipotecarios, oponiéndose al trabajo de los agentes judiciales, interponiéndose entre las fuerzas del orden que intentaban desalojar a los ocupantes y los sujetos pasivos contra los que se pretendía actuar, formando parte de este lumpen urbano que no respetan las leyes, que pretenden estar por encima de la justicia y que no se detienen ante nadie, sabedores que a muchos políticos les cuesta mucho aceptar que alguien que no paga el alquiler sea privado del domicilio que habita (pero que no tiene en cuenta que la persona propietaria de la vivienda es posible que necesite el importe del alquiler para poder completar su pensión).

Esta señora, por aquello de las combinaciones política de izquierdas y de derechas; por saber jugar sus cartas y por desidia del resto de partidos, la mayoría enfrentados entre sí; contra todo pronóstico consiguió hacerse con la alcaldía de la segunda ciudad en importancia, después de Madrid, de la nación española, Barcelona. Carente de estudios acabados, con sus antecedentes de terrorista callejera y con frecuentes visitas a las comisarías catalanas, ha estado gobernando la ciudad como seguramente lo hubiera hecho Al Capone si le hubieran permitido ser alcalde de Chicago. Sus palabras han sido órdenes, sus intereses se han convertido en mandatos, sus amigos los manteros, los inmigrantes, los ladrones, los okupas y todos aquellos que, como ella ha dicho en varias ocasiones, entienden que las leyes están para no ser cumplidas.

Seguramente, si hubiera optado por incorporarse a la farándula hubiera conseguido triunfar porque sus facultades para la simulación, el engaño, el disimulo y la ficción han quedado demostradas sobradamente. Ha sabido representar su papel de compungida, su faceta de desolada, su facilidad para soltar la lágrima oportuna y su domino de los músculos faciales para presentar un rostro inexpresivo, a lo Mona Lisa, para inspirar lástima, provocar compasión o, incluso, pensar que su gestión, pobrecilla, no había sido tan mala como se decía. ¡Puro teatro! Ni Shakespeare hubiera sido capaz de crear un personaje tan creíble como lo ha hecho esta mujer. Apenas ha tenido atada la poltrona municipal, toda aquella pátina angelical, toda aquella expresión doliente, todas aquellas lágrimas furtivas, como por arte de magia se han transformado en risas de jolgorio, en gestos de firmeza, en órdenes precisas y, reforzada por su recién renovada alcaldía, ya ha empezado a anunciar el anticipo de lo que va a ser su nueva etapa al frente del Ayuntamiento de la ciudad Condal.

Si alguien hubiera pensado que los apuros pasados y los nervios del periodo electoral por el que ha tenido que pasar, le habían dulcificado el carácter; la habrían hecho reflexionar sobre sus excentricidades o habrían conseguido que un poco de sentido común se manifestara en sus nuevas decisiones, es evidente que estaba equivocado de cabo a rabo. La señora Colau ha entrado en la nueva etapa de su mandato como alcaldesa, con nuevos bríos, con más coraje, con renovadas ideas de su propia y exclusiva cosecha, pero, señores, sin un átomo de sentido común, con sus mismas carencias, con su desprecio por las leyes tal y como lo mantuvo en su anterior etapa al frente del consistorio. La señora Colau vuelve a las andanzas y se erige en dueña y señora de la vida de los barceloneses, con nuevas ocurrencias con las que espera incordiar a aquellos que ha decidido convertir en víctimas de sus propias veleidades. Ha decidido crear por su cuenta una “guía de lenguaje”, la imposición de una terminología izquierdista al servicio del poder.

Por falta de espacio voy a tener que esperar a un nuevo comentario para darles cumplida cuenta de aquello en qué consiste esta imposición que va a tener carácter de obligatoria para las empresas que deseen conseguir contratos con el Ayuntamiento de Barcelona y para los funcionarios públicos.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, no pasa un día sin que nos sorprendan todos estos nuevos gobernantes, a los que han entregado a España, de modo que hemos llegado al punto en el que, lo que de veras nos sorprendería, sería que no hubiera nada que nos sorprendiese.

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