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Etiquetas:   Crítica de cine  

'El asesinato de Richard Nixon': Sean Penn contra el mundo

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
domingo, 10 de septiembre de 2006, 19:48 h (CET)
Entre Taxi Driver, Un Día de Furia y la sección de sucesos del programa Gente, la primera película de Niels Mueller (guionista de Tadpole y Todo por nada), narra la historia de un pobre hombre que, harto de humillaciones, desdenes y pisotazos, culpa de todos sus males al presidente Richard Nixon e intenta acabar con su vida organizando un plan para estrellar un avión contra la Casa Blanca tan fallido a la postre como su propia existencia.

El proyecto, inspirado en un caso real espléndidamente documentado por Mueller, tuvo bastantes problemas para llegar a buen puerto dada su naturaleza profética, y cuando al fin lo hizo, la taquilla norteamericana le dio le espalda, recaudando tan sólo setecientos mil dólares a pesar de su evidente calidad cinematográfica, de la portentosa interpretación de Sean Penn, y de la vigencia incuestionable de las reflexiones que plantea.

Muchos fanáticos descerebrados se apresurarán a decir con la boca bien llena que los americanos no están preparados para digerir zarpazos lacerantes a los valores fundacionales de su ya mítico sueño. Puede que tengan razón. Sin embargo, El Asesinato de Richard Nixon está muy lejos de ser uno de esos panegíricos progres en contra de la administración Bush. Tanto es así que su mensaje tiene mucho más que ver con la irreductible humanidad del cine neorrealista italiano, o bien con el tono antiheroico y pesimista del mejor género negro, que con los toscos exabruptos liberales de Michael Moore y compañía.

A Mueller no le interesan los partidos polÌticos, le interesan los seres humanos, como a De Sica, y dentro de estos, los perdedores, como a Huston. Sam Bicke, el personaje interpretado por Sean Penn, responde copiosamente a todas las acepciones posibles de “pobre hombre”. Su mujer no le hace ni caso, sus superiores le han perdido el respeto, sus amigos confunden su acerada honestidad con locura o idealismo e incluso el perro le rehuye. Él se esfuerza por cambiar las tornas, pero sólo consigue perder cada día un poco más de su maltrecha dignidad. Hasta que, como es natural en estos casos, detona.

Lo que pasa a continuación apenas importa, porque el principal interés de El Asesinato de Richard Nixon no radica en su gestión del suspense, sino en su meritorio y poco habitual deseo de comprender qué tipo de proceso hace que un hombre pierda la cabeza hasta el punto de reventársela a sus semejantes. Es decir, se subvierte la lógica del noticiario sensacionalista, donde todo acto criminal es juzgado con sonrojante hipocresía en términos absolutos de cordura versus locura o normalidad versus anormalidad, y en su defecto se recurre a una lógica más racional y comprensiva según la cual existen más responsabilidades en las tragedias sangrientas que la del propio criminal.

La película, así pues, trasciende la oportunista denuncia autocomplaciente de recurrir a Richard Nixon como símbolo de una determinada ideología, para dirigir su dedo acusatorio al conjunto de la sociedad. Tan podrida, sea ésta americana, europea o africana, que a los hombres íntegros y honestos como Sam Bicke sólo le quedan dos opciones: asumir su condición de perdedores y malvivir como tales el resto de sus dÌas, o enloquecer tratando de solucionar el problema.

En otras palabras, aunque durante gran parte del film nos sintamos identificados con el pobre Sam Bicke (en realidad un peligro público de mucho cuidado) Niels Mueller nos demuestra, de una forma tremendista pero necesaria, que no somos más que un grupúsculo ignominioso de Richard Nixons. Casi nada.

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