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A los dioses del Olimpo nos encomendamos

Nazareth Heredia
Nazareth Heredia
jueves, 15 de junio de 2006, 21:18 h (CET)
Estas últimas semanas la historia del deporte tiene sabor del sur, aroma al Mediterráneo, color rojo y amarillo, sentimiento español. España está triunfando allá por donde va. El Olimpo se hace nuestro poquito a poco y la corona de laurel podrá descansar sobre nuestras cabezas cuando acabe 2006. Este año nuestros deportistas se merecen reinar en la historia, se merecen el beso de Zeus.

No voy a irme a comienzos de año. Simplemente voy a quedarme en el pasado sábado. Con la antorcha en la mano nos vamos a Gran Bretaña, a Silverstone. Alonso consigue la “pole”. Unas horas más tarde, la primera posición del Gran Premio. Está imparable. El asturiano coronó tierras inglesas como alma que lleva el diablo. No le importó Shumacher, ni Kimi ni nadie. Coronó “el Nano” y se llevó el oro. España no había hecho más que empezar un día de gloria.

Apenas cuatro horas más tarde, llegaba la segunda alegría para el deporte nacional. Ahora París. Aunque al principio pareció que esta vez el suizo se llevaría el partido y su primer Roland Garros, no fue así. El pequeñajo de 20 añazos consiguió su segundo “París” consecutivo y Federer, impotente, sólo pudo verlo alzándose entre los dioses de Grecia. Ni Agamenón ni Teseo cuando entraron en Troya sintieron lo que millones de españoles. Ardió Troya en la pista central de París y el caballo lo metió Rafa; de dentro salieron sus aliados, sus fuerzas, sus seguidores…la victoria.

Pues sólo hemos tenido que saltar a Alemania. Ayer España culminaba la heroica. Debutaba en el Mundial y sé que en el corazón de la mayoría de los españoles se pensaba que otra vez volverían a defraudar. Pero no fue así. Herculianamente se adelantaron a los pocos minutos de partido. Luego vino el segundo y el tercero y el cuarto. El mejor partido de lo que va de Copa, según los expertos. España fue como Aquiles, pero sin talón débil. Fue grande, fue la mejor España de los últimos tiempos.

Como aquel Edipo que se casó con su madre sin saberlo, enamorándose poco a poco de ella, ayer los españoles nos enamoramos poco a poco de la nuestra, de España. Pero a diferencia del griego, no matamos a nuestro padre, nuestro orgullo y tampoco nos arrancamos las cuencas de los ojos al enterarnos de que nuestra madre es nuestro mayor amor. Ayer las gargantas gritaron, en parte sin saber si todo aquello era o no verdad. Cuesta creerlo. Edipo y su madre se amaron más que nunca ayer y estos últimos días. La afición española amó a España más que nunca ayer y estos últimos días. Ahora sólo queda esperar, que en vez de las cuencas de los ojos, los españoles arranquemos sólo lágrimas de alegría por una épica bien lograda. A los dioses del Olimpo nos encomendamos.

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