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Etiquetas:   A pie de calle   -   Sección:   Opinión

Vuelta al origen

Paco Milla
Paco Milla
miércoles, 14 de junio de 2006, 23:20 h (CET)
Roberto esperaba en el gran hospital para hacer unas radiografías. Se lamentaba de que echaría la mañana allí, teniendo muchas cosas pendientes por hacer, pero la primera lumbociatalgia de su vida le había venido a visitar unos días antes y acudió a urgencias para decapitarla por la vía rápida. Absorto en sus pensamientos, vio aparecer ante él y por el flanco derecho, una camilla, que transportaba a una señora. Se presentó como una aparición sobre ruedas.

Se fijó en ella. Era casi octogenaria. Esto no le llamó la atención en absoluto. Solo un comentario de la enfermera que empujaba la camilla a otra compañera que percibió en su oído derecho le hizo salir de la gris y monótona mañana de otoño... "¿Qué tal, como vas?", le preguntaba una a otra. "Pues mira, bajé a hacerle una radiografía a una señora que... seguramente no llegará a esta noche…

Las enfermeras habían dejado sus “carretillas” aparcadas a cierta distancia para que los transportados en ellas no pudieran escuchar sus palabras. Pasaron a conversar sobre los horarios laborales y la huelga del personal sanitario que se avecinaba. Esta conversación fue poco a poco pasando a un segundo plano para los oídos de Roberto y se esforzó en captar el bajo volumen de las palabras de la anciana, que frente a él movía la boca, como si hablara con alguien.

Colocó sus antenas parabólicas situadas a ambos lados de su cabeza de forma adecuada y escuchó. Poco a poco el cuarentón fue palideciendo, sin apartar la mirada de la mujer. Sus ojos abiertos y lo que la oía decir le dieron a entender que en la vida, en cada día de cada uno de nosotros, hay diferentes planos, todos igual de reales, aunque no todos profundos o cruciales.

Ante él se encontraba una vida ya finalizada y este hecho era aceptado y asumido por la propietaria de aquel cuerpo. A pesar de encontrarse molesto por asistir a este momento, Roberto se permitió sonreír ante lo que escuchaba y, mirando de reojo a la enfermera, enfrascada en sus intereses personales (pensemos que esto es rutina para ellos), se permitió “un lujo”: alargó su brazo izquierdo, cogió la mano derecha de la anciana y la apretó cariñosamente.

La enferma correspondió con una gran sonrisa, una de las mas radiantes de su vida, sin duda alguna. Inmediatamente la enfermera se dio cuenta de esto y preguntó: "¿qué pasa? ¿qué hace usted?". "Nada, nada es que la conozco del barrio", se excusó Roberto. "Ah, vale, vale… bueno compañera, hasta luego, ya nos veremos".

El hombre de nuevo esperando por su radiografía, rebobinó en su cerebro el acontecimiento vivido y sobre todo lo que había escuchado en boca de la anciana:

“Madre, ¡cuánto te he echado de menos durante estos años! Ya veo tu cara. En breves horas, estaré contigo... cuanto te quiero, madre, y qué pronto me dejaste, pero ya queda poco. Espérame, ¡dame tu mano, quiero sentir tu calor!”.

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