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Atención europea sobre África

Pascual Falces
Pascual Falces
miércoles, 14 de junio de 2006, 23:20 h (CET)
Es innegable que tal atención proviene, secularmente, de una relación de vecindad geográfica. La circunvalación del continente “negro” ha sido necesaria para la mayoría de las aventuras marineras de Europa en búsqueda de la lejana Asia, hasta que se abrió el canal de Suez en 1869, evitando así, tiempo -que es dinero-, y el comprometido rodeo del Cabo de Buena Esperanza en el extremo austral de Africa.

En líneas generales, la colonización de esa inmensa porción del globo, fue realizada por distintos países europeos que vieron en sus recursos naturales, un fabuloso negocio. Básicamente, se aportó, en cambio, lo que resultaba estrictamente necesario -entre ello, la corrupción con las jerarquías autóctonas-, para la adecuada extracción de sus riquezas. La historia de África, en grandes líneas es la que está ligada a su aprovechamiento. Se colonizó, pero no se civilizó en idéntica proporción; puede ser un brutal resumen, y, haciendo honrosa excepción de la labor de los misioneros, siempre escasos y parvos de medios, que han dedicado su vida y salud a la atención directa del indígena Desde el siglo XVI, África fue el lugar de donde llevarse, contra su voluntad, a millones de hombres como esclavos para trabajar las nuevas tierras descubiertas en América, y los barcos “negreros” fletados por europeos, surcaron el Atlántico llevando sus bodegas repletas y en condiciones infrahumanas. Hasta bien avanzado el siglo XIX, sus descendientes no pudieron disfrutar de los beneficios de la abolición de la esclavitud. Un inciso, para una precisión histórica: desde siglos antes, el comercio de esclavos negros fue una bien retribuida ocupación para traficantes desaprensivos del norte de África de origen árabe y de credo musulmán.

Europa debe ayudar a África a frenar la pobreza y el subdesarrollo que están provocando la inmigración ilegal, ya que los controles por sí solos no detendrá el éxodo de africanos que buscan una vida mejor. El área africana de la Aldea es pobre, carece de infraestructuras, de salubridad, de enseñanza, y está a merced de catástrofes naturales. Salvo los que disfrutan de “safaris” en sus cotos, muy pocos quisieran vivir allí. Es lógico que con el estado actual de información y comunicación que ha alcanzado nuestra sociedad, los países desarrollado supongan una inevitable atracción para alcanzar el “sueño europeo”. Todo lo que sucede en este momento, nos muestra por qué se debe tener éxito en las medidas a aplicar para el desarrollo africano. “Hay que lidiar con estos asuntos interrelacionados de la inmigración y el desarrollo”, ha declarado, lleno de sentido común y realismo un delegado francés, en la reunión celebrada en Dakar a escala ministerial, y preparatoria de la Cumbre que tendrá lugar en Rabat el diez de julio del presente año.

La migración de “ilegales” no se detiene con vallas de alambre espinoso en los lugares de mayor concentración para salir del continente tras caminar miles de kilómetros, ni con armadas, o satélites, que patrullen los mares en búsqueda de frágiles pateras o abarrotados cayucos. Detrás de sí, estas gentes dejan muy poco, tal vez “sólo” la familia y con el deseo de llevarla consigo tan pronto se sitúen en algún lugar europeo mínimamente remunerado.

Los “planes de desarrollo” –un invento francés para mejorar la condición del cuarto sur-oriental del país, en los años cincuenta-, copiados más tarde en la España tecnocrática del tardo-franquismo, dieron resultado, hasta ser rebasados por la generosidad de los “fondos de cohesión” de la naciente Unión Europea. África necesita su particular “plan” que facilite su incorporación a los beneficios imparables de la globalización.

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