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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Protecciones desprotegidas

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
lunes, 12 de junio de 2006, 22:45 h (CET)
De un tiempo a esta parte, los pobres han perdido su protectorado de hechos porque los dichos de nada sirven. Lástima que se encuentren tan divididos, los numerosos necesitados que existen y coexisten acongojados al ver que las deudas le comen el terreno de las libertades. Advierto que con la resignación no se levanta cabeza. Las bolsas de la marginalidad van a seguir creciendo por mucha autonomía e iniciativa personal que se enseñe en la fracasada educación obligatoria. El tanto tienes tanto vales es el pasaporte a los derechos. Pasemos revista, por si algún lector distraído ha pensado que los indigentes ya no habitan en la irreconocible España, donde la desigualdad es manifiesta y la antítesis ricos/pobres diferencia patente.

La protección a la salud, cuestión que compete a los poderes públicos su tutela y organización, anda por los suelos. Al personal sanitario se le ve desmotivado. El aluvión de pacientes es tan grande que no tienen manos suficientes ni recursos. Los de siempre, los pobres, soportan colas con una paciencia increíble. Cada día se muere un buen puñado de beneficiarios, de este servicio tercermundista, esperando turno en la lista de espera. Los pudientes no suelen tener este problema, la asistencia privada les redime. Estos centros hospitalarios privados si que están en desarrollo frente al abandono de los públicos. Entre otras cosas, aparte de que ofrecen mejores servicios, cuentan con profesionales altamente cualificados. Lo bochornoso del caso es que muchos provienen de la sanidad pública. Se han ido tan desesperados como los enfermos; los doctores a trabajar en mejores condiciones y los pacientes, por desgracia, en número considerable al otro barrio. Esta es la torpe realidad que soportamos.

Una cosa es lo que se legisla y otra muy distinta lo que se cumple. Aunque sea ley de leyes el que los poderes públicos dígase que están obligados a fomentar la educación sanitaria y a proteger la salud, hay gobiernos con una cara dura impresionante dispuestos a aumentar, en plan chulesco, la lista de prestaciones de la sanidad pública. Eso sí, siempre que el usuario pase por caja. Seguramente si los políticos se bajasen sus pomposos sueldos, dietas y demás complementos que rondan la línea roja por su poca transparencia, no haría falta ese desembolso. Porque al final, quién paga; el currito que tiene hipotecado de por vida el sueldo para tener un techo. El rico se va a la clínica privada y gana tiempo, pues allí todo son facilidades y nulo papeleo.

También se dice que los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia. Díganme: ¿en qué lugar se asegura ese constitucional derecho que me traslado de domicilio? No son pocas las familias que todavía viven en chabolas, con sus hijos, sin recibir ayuda alguna. La persistencia y la gravedad de la pobreza como fenómeno social y como realidad humana que sufren un importante número de personas en nuestro país, es bien palpable. Se distribuyen separaciones y divorcios a toda mecha y se entrega sin gas el mechero de las ayudas sociales para favorecer a los separados con hijos a su cargo y a las madres solteras. Qué contrariedades. Menos mal que el efecto apiñamiento de la familia aún forma parte de nuestra identidad y suple lo que el Estado no hace. Si los informes últimos sostienen que las familias en situación de riesgo de pobreza aumentan, nuestra situación es más grave que en el resto de Europa porque hay un alto porcentaje de niños criados en la auténtica pobreza. Ciertamente, algunos cambios en las estructuras familiares han puesto a muchos niños en dificultades, que va a costar reeducarlos y reinsertarlos.

En vista de tan fundamentales protecciones desprotegidas por poderes legislativo y ejecutivo, uno se interroga y no encuentra respuesta, máxime cuando consta que las gentes entregadas a la causa de la Justicia quieren hacer el mejor de los servicios. Sin embargo, el pueblo, tiene sus dudas y no se las calla. Todos queremos sentirnos arropados por esa tutela efectiva en el ejercicio de derechos e intereses legítimos. Ante tantos desbarajustes, la pregunta surge en cualquier esquina: ¿qué hacen los que han de dar protección judicial de los derechos? No podemos caer en el desánimo o en el sentimiento de indefensión, algunos-bastantes ya han caído. Por eso, yo veo bien, muy bien, que cada día más el ciudadano de a píe acuda a los tribunales para exigir que se ponga justicia en estas cuestiones de vida y convivencia básicas. Y que demande un servicio eficaz y eficiente, con todas las garantías de igual a igual ante la ley.

Unos ciudadanos que también demandan viajes baratos como es la lectura de un libro. Así, la 65 edición de la Feria del Libro de Madrid, ha sido para los organizadores como para los libreros “muy buena”, con aumento de ventas y con el éxito de autores y de público, que cada vez compra más. La escuela de Lorca, que prefería un libro antes que un trozo de pan, toma posiciones. Esto me da optimismo y, confesaré, que también me rebaja la ración de pesimismo que percibo al sentirme sin garantías protectoras. Aconsejo que tomen buena nota los poderes antes citados. Porque un pueblo cultivado es un pueblo libre que tolera mal que se le desproteja y se le desabrigue de protecciones que son conquistas de siglos. La familia desde siempre ha sido la célula de la sociedad. Una familia sana es una sociedad sana, se decía. En cuanto a la salud, me adhiero al escritor francés Bernard Le Bouvier de Fontenelle de que es la unidad que da valor a todos los ceros de la vida.

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