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Etiquetas:   El facistol   -   Sección:   Libros

Cuentos y más cuentos (I). El cuento, esa trampa

Herme Cerezo
Herme Cerezo
martes, 3 de octubre de 2006, 00:49 h (CET)
“Todo novelista quiere escribir poesía, descubre que no puede y a continuación, intenta el cuento, y al volver a fracasar, y sólo entonces, se pone a escribir novelas”. Con estas palabras, William Faulkner dividía los géneros literarios en fáciles y difíciles. Y establecía una conclusión clara: que la novela es el más accesible de todos ellos, aunque la mayoría de escritores asaltan en primer lugar los versos o los cuentos.

Dejando a un lado la poesía, que sigue sus propias normas, entiendo que, tras un análisis frío y metódico, y en contra de lo establecido por el escritor norteamericano, parece obvio concluir que resultará más sencillo escribir una pieza corta que una larga. Es más fácil levantar una casa de dos pisos que un rascacielos. Por ello construir un relato breve, un cuento, se antoja igualmente menos complicado. Hoy en día, sin embargo, está mal visto reconocer este planteamiento entre escritores de fuste contrastado. Produce sonrojo e incluso descrédito entre el gremio. Sin embargo, estoy seguro que se da y ahí está la trampa.

Una trampa llamada cuento.

Iniciarse en la literatura a través del cuento no es un error mucho más grave que hacerlo a través de la novela. La inspiración no es mensurable. A la inspiración no le importa el número de páginas. Se transcribe de la mente al papel con mayor o menor fortuna.

Como todos los géneros, el relato breve posee una técnica, que hay que conocer, respetar y asumir. Los cuentos presentan enormes dificultades porque en pocas páginas se narran muchas cosas, al menos las indispensables, y al hacerlo hay que desestimar los superfluo, lo innecesario. La regla de la economía de medios es la ley del relato breve. No espere el lector de cuentos descomunales descripciones paisajísticas, ni de rasgos físicos o del carácter de los personajes. Cuatro palabras, una de ellas un adjetivo bien preciso, y basta.

El cuento o el relato breve encierra además una ventaja, otra trampa. El hombre del siglo XXI dispone de poco tiempo para leer. Le horroriza enfrentarse a eternos mamotretos de cuatrocientas o quinientas páginas, lo que se denominó en su día “novelas-río”. Eso aviva el interés por la escritura del relato corto. Borges, el escritor argentino, dijo sobre el cuento: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos”.

Para Ricardo Piglia, tan argentino como Borges, todo cuento encierra dos historias: una, la aparente, la que lleva la acción, la que se ve; otra, la segunda, que se oculta tras la primera y que explota al final, dando sentido y complementando a la primera. Versiones más avanzadas de su teoría trabajan las dos historias, la aparente y la oculta, sin resolverlas nunca e incluso la historia oculta es la visible desde el primer momento, sin que al autor le importe lo más mínimo esta circunstancia. Lo que sí parece claro es que de la conjunción armoniosa de las historias uno y dos surge el cuento.

Sobre el final de los cuentos hay una tendencia actual, que parece restarle importancia a su desenlace. El escritor madrileño Medardo Fraile opina que “a mí me gustan los cuentos en los que aparentemente no ocurre nada. Aparentemente. Cuando me dicen: “es que ahí no pasa nada”; digo: “Bueno, pasa lo que no pasa”. Y uno siente esa falta. Si eres muy obvio te sale un cuento decimonónico, muy atado pero sin espacio para el lector. El lector debe quedarse con la idea de que él podría acabar la historia”. A mí, sin embargo, me alegra que los cuentos escondan una sorpresa. Está bien que el lector pueda componer su propio final, pero está mejor que intuya el telón de fondo que el autor propone para sus historias. Ahí está su recompensa, la del lector.

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