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Confuso panorama electoral mexicano

Pascual Falces
Pascual Falces
lunes, 12 de junio de 2006, 22:45 h (CET)
El próximo día dos de julio el pueblo mexicano será convocado ante las urnas para designar al hombre que ha de ser Presidente del país durante los siguientes seis años. Han de buscar al más adecuado para suceder a Vicente Fox, el primer alto dignatario que rompió con la tradición, o mejor dicho, con el sistema viciado que retuvo el poder más de setenta años ininterrumpidamente, y como consecuencia de un “singular” partido capaz de prolongarse de continuo a sí mismo. Con aquel sistema, los dirigentes del Partido Revolucionario Institucional (PRI), designaban calladamente al que había de ser el siguiente presidente, y al que el ingenio mexicano vino a dar el nombre de “el tapado”, y cuya cara se descubría, sólo, al momento de ofrecer un nombre para la siguiente legislatura (sexenio), y al que la eficaz maquinaria electoral del PRI hacía que saliera elegido presidente indefectiblemente.

Aquel sistema, miembro de la Internacional Socialista, y de aspecto democrático, nació al final de la Revolución mexicana -una guerra civil que duraría alrededor de una década y costaría la vida a más de un millón de mexicanos en los comienzos del siglo XX-, y como consecuencia del idealismo de revolucionarios, como Francisco Madero y del pragmatismo de algunos militares apoyados por los EE.UU. El primero, tuvo que ser asesinado en una cruel celada en 1913 y sus ideales, en buena parte, quedaron inéditos. El PRI llegó a ser un sueño y modelo envidiado por gobernantes de otros muchos países que creían ver en él, la piedra filosofal de la permanencia indefinida, legitimada, y democrática en el poder. Lo cual no deja de ser un dudoso mérito genuino de México. Pero, quiérase o no, equivalía a un “secuestro” de la Democracia, lo que resulta antagónico con su propia esencia que es la libertad. La corrupción se hizo compañera de viaje del sistema, y ella misma dio al traste con tal “perfección del método” al ser asesinado en 1994 el propio “tapado” del próximo sexenio: Luis Donaldo Colosio. La razón evidente de este crimen residió en que algunos veían en él, un auténtico peligro para la supervivencia del sistema. Y el PRI siguió poniendo presidentes hasta que hace seis años, el sistema se quebró -bien porque los tiempos cambian en todas partes, bien porque las gruesas columnas que le sostenían estaban dañadas por la carcoma de los años, o por la razón que fuera-, y un antiguo Partido de Acción Nacional (PAN) y fundado en 1939, pudo ganar limpiamente las elecciones, más por el citado cambio de los tiempos que por las facultades del candidato: Vicente Fox Quezada. En cierta ocasión al poco de ser elegido, este columnista preguntó en su afán de pureza en el lenguaje acerca de los modismos mexicanos, cual era la palabra equivalente y usada en ese país, para lo que en España entendemos por “payaso”. Y, la respuesta fue contundente: Fox

Bien, pero esto fue sólo una opinión “a brote pronto”; para otros, ha podido ser un aceptable presidente que ha tenido que lidiar muchos problemas, como el plan Puebla-Panamá, o la tragedia de la inmigración de connacionales, y el paso a través del país de ciudadanos procedentes de la frontera sur, hacia el “sueño americano”, que es como llaman allí al hecho de buscarse la vida como emigrante “sin papeles” en los Estados Unidos de América. Fox ha tenido que lidiar con un enardecido Bush empeñado en poner “puertas al campo”, y detener por todos los medios esa inmigración, “latina” e hispanoparlante.

Con muchas anécdotas, que no son del caso, el sexenio Fox ha terminado, y tres candidatos se van a disputar en campaña electoral el glorioso mérito de sucederle. Así pues, y salvo otras improbables opciones, la situación precampaña es la siguiente: el PAN, fortalecido por el único período de poder de toda su existencia, presenta como candidato a Felipe Calderón; el viejo PRI, se ha escindido en una parte que mantiene el conservadurismo y la nostalgia, y que presenta al tabasqueño Madrazo; y otra representada por el ex alcalde de la Capital, también de origen tabasqueño, Andrés Manuel López Obrador, conocido como “López Hablador”, o por sus siglas (AMLO), y que está infiltrada del populismo que viene desarrollándose en Latinoamérica; el venezolano Chávez, el boliviano Morales, y, a cierta distancia, Tabaré en Uruguay, y Lula en Brasil. El equivalente peruano Ollanta Humala, fue derrotado la semana pasada en la segunda vuelta de los comicios presidenciales.

Este es el “suspense” que se mantendrá en México hasta que las urnas decidan entre estos tres riesgos: uno, el poco eficaz PAN (Calderón), un dinosaurio residual del viejo PRI (Madrazo), y un inquietante populista como AMLO. El panorama no está despejado, sino más bien confuso e inquietante. México no es Venezuela, y las actuaciones de Hugo Chávez, lejos de favorecer a López Obrador, le perjudican, como ha sucedido en Perú, que por no elegir a una conmilitón suyo, ha salido presidente García, uno que ya lo fue, y procesado posteriormente por corrupción manifiesta. Queda Madrazo, como representante del PRI acerca del que ya se han descubierto tantas cosas poco agradables y oxidadas que no le permiten ser un auténtico “tapado”, como lo fueran sus predecesores del partido. La confianza reside en el acierto del pueblo y en su inapelable decisión, porque los debates que llevan celebrados los candidatos no han aportado luces a las tinieblas que en estas breves consideraciones se han intentado exponer desde el respeto que merece tan significado país.

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